Una noche en Setúbal

A bordo del Cabo Cee, atracados en Setúbal.
A 2 de enero del 2012. Lunes.

    El retorno a mi puerto natal terminó en decepción; tanto es así que ni siquiera lo cuento como tal, puesto que el puerto en el que atracamos no era el de mi ciudad. Estuvo muy lejos de ser como esperaba, pero cuando uno se deja llevar por el entusiasmo corre el riesgo de sufrir este tipo de decepciones. No sólo no entramos navegando a través de la Ría de Ferrol, mi ría, entre sus agrestes montes verdes y bajo los castillos que guardan su entrada; sino que,  en lugar de dar amarras a los viejos norays de mi puerto, el de toda la vida, a los muelles de mi añorada ciudad, atracamos en esa infame aberración que es el nuevo puerto exterior de Ferrol, ubicado en el Cabo de Prioriño Chico, al socaire de Monteventoso.

    No soy, ni mucho menos, ingenioso (perdón, ¡ingeniero!) de obras y puertos; soy sólo un tipo que lleva barcos de un lado a otro y mi relación con los puertos se reduce a, por así decirlo, usarlos. Mi opinión como usuario es que el puerto exterior es un muy mal puerto; incómodo, complicado, peligroso.

    Tampoco soy político. Ni ministro, ni conselleiro, ni concejal. Pero como ciudadano y observador albergo mis dudas de que construir semejante puerto haya sido la mejor de las ideas. No sé si las dos docenas de puestos de trabajo que pueda haber creado y el medio puñado de toneladas de mercancías que se trajinan al cabo del año justifican la inversión de la construcción y el coste del mantenimiento. Pero me da que no.

    Lo que sí soy es ferrolano. Y eso, creo, me da cierto derecho a opinar acerca del puerto exterior que acabó irremisiblemente y para siempre con una costa preciosa que recorrí innumerables veces durante mi niñez y juventud temprana. Una costa verde y agreste, salvaje, que alternaba rocas escarpadas y pequeñas calas, y cuyos senderos y veredas tantas veces recorrí. Una costa dinamitada, cortada a pico y rellenada con cemento y hormigón desde la cala de Cariño hasta el mismo Prioriño Chico, cuyo faro pasó de ser figura dominante en la costa, guiando en la noche a marinos y navegantes, allá en su rocoso promontorio del cabo, a un discretísimo segundo plano, apenas distinguible entre la artificial luminaria del nuevo e inútil puerto. El mismo cabo es apenas distinguible ante la monstruosidad del nuevo puerto.

    Como nativo de aquella comarca y aquellas costas opino que el proyecto del puerto exterior podían habérselo metido, impreso en papel de lija, por cierto boquete.

    Así que corramos un tupido velo y procuremos olvidar el fiasco del retorno; descorchemos una botella de vino de mi reserva, sí, y echemos un trago entre amigos, hablando de cosas más alegres. Permítanme invitarles.

A bordo del Cabo Cee, atracados en Setúbal.
A 3 de enero del 2012. Martes.

    Anoche salí a dar una vuelta por Setúbal. En estos tiempos no todos los días se tiene la suerte de estar atracados en un muelle aledaño al centro de una ciudad. Quedé libre a las 18:00 y luego aún cené a bordo. Tras la cena subí a mi camarote para cambiarme y me serví un vaso de vino de un reserva que había yo comprado en La Coruña para estas fiestas. Sumado al vaso de vino que ya había tomado antes de bajar a cenar y al vaso de vino que me invitó el capitán cuando me vio pasar frente a su despacho, fue suficiente para hacerme sonreír sin motivo y tararear -sonaba en ese momento en mi camarote el magnífico y rítmico Instantaneous Boogie de Camille Howard, da ba dadá…– mientras me acababa de arreglar para salir a tierra. «No hay mucho arreglo posible, muchacho» me dije, sonriendo, al verme en el espejo. Pero tampoco importa.

   Descendí por la pasarela, la noche era fresca y tranquila. Caminé por el muelle mirando como las grúas descargaban las bodegas de los barcos allí atracados. Crucé un saludo silencioso con un marinero de aspecto báltico que estaba apoyado en la barandilla de la popa de un pequeño carguero; un saludo de silenciosa camaradería pues las gentes de la Mar, aún embarcados en distintos buques, estamos todos en el mismo barco.

    Poco después me encontré con nuestro primer oficial, que venía caminando de vuelta encontrada por el muelle, cargado con un par de bolsas de las que brotaba un elocuente tintineo con el movimiento. Intenté limitar el encuentro a un frío saludo pero él se detuvo a charlar amistosamente.

    Me recomendó que no parara en El choco frito, pues el vino era allí muy caro y sólo tenía que caminar un poco más hacia el centro para topar con otros bares mucho más baratos. Conseguí despedirme y continué mi camino por los muelles en los que se apilaban diversas mercancías bajo las altas grúas que cargaban o descargaban los buques.

    Salí del recinto portuario y seguí la solitaria avenida. Pasé frente a El choco frito y vi que en realidad lo de “choco frito” era sólo el anuncio de una de sus especialidades, como si pusiera, por ejemplo, pulpo á feira. De echo casi todos los bares que vi más adelante también tenían las palabras “choco frito” rotuladas en sus toldos o vidrieras.

    Dejé todos estos sitios atrás sin detenerme, ninguno me pareció sugerente. Caminaba por la avenida que bordea el largo puerto fluvial de Setúbal, la noche era fresca y solitaria. Entonces pasé frente a un callejón del que brotaba música animada. Retrocedí y miré el mal iluminado callejón de adoquines, su boca enmarcada por un arco de piedra, que se adentraba, estrecho y en leve pendiente, entre los obscuros edificios. De algún lugar indeterminado allá adelante surgía la samba. Durante un instante tuve la certeza de haber vivido una situación extraordinariamente parecida antes, en algún otro lugar.

    Avancé por el empinado callejón, espoleado a partes iguales por la música y la curiosidad, y fui a desembocar en una pequeña plazuela absolutamente asimétrica e inclinada. En ella confluían tres callejones y la mitad estaba ocupada por la elevada terraza del local del que brotaba la samba. Subí los peldaños de la terraza y sorteé la desvencijada cancela metálica que, abierta, colgaba de sus goznes. Pedía una mano de pintura. La terraza estaba vacía y su mobiliario consistía en una serie de dispares sillas y mesas de diferentes marcas de refrescos o cervezas, esparcidas por el recinto sin orden aparente. En un extremo había un destartalado futbolín de segunda división. No era tampoco la terraza más limpia que conocí. La atravesé en dirección al local; era una casa baja y antigua que mis limitadísimos conocimientos de arquitectura e ingeniería no me permiten describir con exactitud. Pero era de formas redondeadas y suaves y la fachada estaba plagada de desconchones, daba sensación de descuido y decadencia. A través de sus abiertas ventanas circulares, enrejadas, brotaban del interior la luz amarillenta y la música, que sonaba a un volumen patéticamente inapropiado en la terraza vacía aquella solitaria noche de lunes. Sobre la puerta había un toldo de descoloridas franjas verdes y blancas con el nombre del bar escrito en rojo: Roda da Rainha. Entré y me encontré con un local que, al igual que la terraza y el edificio, sin duda había conocido tiempos mejores. De pie cerca de la barra había un hombre evidentemente mamado, con pantalones de camuflaje raídos y anorak. Visera descolorida bajo la que asomaba pelo negro largo y desaliñado. Era un hombre muy flaco, chupao, de edad indeterminada y de manos nudosas. Algo en él me hizo suponerlo un pescador. Sostenía un tercio en una mano y un cigarro en la otra y permanecía absorto o pensativo. En una mesa cercana había un ceñudo negro sobrio, serio y enorme, que simplemente estaba allí. Y tras la barra, una camarera voluptuosa de ropa endiabladamente ceñida, cuyos pechos parecían a punto de salirse de un escote imposible.

    No era la parroquia más animada ni el garito más tentador, pero decidí echar un trago a pesar de todo. Quizás por esa sensación vaga e imprecisa, que aún me acompañaba, de haber vivido algo extraordinariamente parecido antes. O puede ser que, en el fondo, ese local de mala muerte tuviera cierto encanto, y que ese lugar en esa noche emanara cierto aroma a bar portuario exótico de allende los mares. Además, es en este tipo de lugares, no en los bares de diseño iluminados de las grandes avenidas, donde suceden cosas diferentes o donde se conoce a gente verdaderamente interesante.

    Atraqué en la barra y pedí a la camarera -brasileña, diría yo, lo cual no es infrecuente en Portugal- un vaso de vino. Sin una sonrisa ni una palabra cogió un vaso y se dirigió a una gran caja mugrienta de cartón, de veinte litros, con un pitorro en su parte baja. Entre varias manchas grasientas se podía leer aún: “VINHO”.

    -¡Espere… un momento… !- intenté detener a la camarera antes de que me llenara el vaso con lo que sea que contuviera aquella ignominiosa caja, pero la samba se impuso a mi voz y ahogó mis palabras y la chica volvió con el vaso lleno a rebosar.

    -¿Cánto é?

    – 50 céntimos.

    Estoy seguro de que, como forastero, me cobró más de lo normal. Aún así hacía muchísimos años que no me cobraban tan poco por un vaso de vino. O por ninguna otra cosa. No obstante, tras probar el infame brebaje que algún granuja se atreve a etiquetar y vender como vino, aún me pareció demasiado caro.

    En vista de que la parroquia no parecía la más animada ni conversadora me fui a sentar a la terraza. Al tercer intento di con una silla que no cojeaba, de ésas plásticas de chiringuito de playa, de alguna marca de cerveza que el tiempo y el uso habían convertido en ilegible. Aún me entretuve un rato leyendo o intentando descifrar las palabras escritas o rayadas en la superficie de la mesa. Me llamó la atención el rudimentario y anguloso esbozo de un corazón atravesado por una flecha y unas iniciales, grabado sobre la mesa con un objeto puntiagudo; tal vez la misma navaja con la que dos -o muchas- copas después habían asestado violentos golpes en la mesa, dejando unas profundas muescas en el corazón.

    La samba dio paso a una música melódica de ritmo más pausado, también brasileira. Sobre los edificios bajos que daban al puerto se alzaba la Luna, en cuarto creciente; junto a ella brillaba un planeta que, en esa posición y a esa hora, sólo podía ser Júpiter. El resplandor de la ciudad no permitía distinguir más astros. Al bajar la vista vi pasar un gato negro con la cola tiesa por encima del muro que había frente a mí, al otro lado de la terraza. Debía de ser su hora de ir a buscarse la cena y la vida por los callejones.

    Al rato salió el pescador con paso lento e inseguro, hablando solo; cruzó la desvencijada cancela y se perdió por un lóbrego callejón. Bebí un trago del llamado “vinho” y al posar el vaso en la mesa, tras un momento de incredulidad mirándolo, estallé en una carcajada. ¡Era un vaso de Nocilla!

    Derivé por la calles portuarias hasta ir a desembocar de nuevo a la avenida que rodea el puerto. Apenas había transeúntes y sólo de tanto en tanto algún vehículo pasaba en una u otra dirección. Fui cruzando bocas de calles estrechas y callejones empedrados, que dejaban entrever luces y sombras más o menos sugerentes o sospechosas.

    Más adelante pasé frente al ventanal de un restaurante nuevo e iluminado en la avenida. Me fijé en una cabeza rapada que estaba de espaldas a mí, sentada a una mesa, y al acercarme le vi una gran cicatriz en forma de estrella. Una cicatriz que yo conocía bien, la del botellazo que le dieron al jefe de máquinas una noche en el puerto de Algeciras. Golpeé con los nudillos en el ventanal y éste se volvió, saludándome con efusividad y haciéndome gestos para que entrara, señalándome una silla a su lado. Pero rehusé con una sonrisa, el capitán -en ese momento ausente de la mesa- esa noche sólo había invitado a cenar al jefe de máquinas, y no quise acoplarme. Seguí.

    Viré en la primera calle que encontré. Caminé por ella y fui a dar con un local del que salía buena música, indie-pop. Sólo se veía una puerta abierta, invitadora, con unos peldaños que descendían y a través de la que ascendía la música. A su lado, una ventana translucida que no permitía adivinar el interior. Entré, descendiendo por los peldaños de piedra. El local estaba vacío.

    Me acerqué a la barra, también vacía; el camarero entró en el local detrás de mí y pasó al otro lado. Le pedí vino. Resultó que sólo lo vendían por botellas, y me pareció un poco excesivo. Debo estar haciéndome mayor. Recorrí las botellas expuestas tras la barra hasta dar con la mía.

    -Un gin-tonic de Bombay azul, por favor. Vaso de tubo y un sólo hielo.

   Miré distraídamente a mi alrededor mientras el camarero me preparaba la bebida y cuando casualmente volví la vista hacia él vi que llevaba llenados tres cuartos de vaso, o más, con ginebra.

    -¡Hey, para, hombre! ¿Dónde voy a echar la tónica?

    El camarero me miró con cara inexpresiva un instante y luego cogió un pedazo de limón y me lo echó dentro, mirándome nuevamente inexpresivo, como si no hubiera entendido nada.

    Obrigado– fue cuanto pude decir.

    Pagué el importe -buen precio, tres euros- y di un sorbo a la ginebra antes de echarle el chorrito de tónica que cabía en el vaso. Al menos era Bombay de verdad. Me senté en un taburete, las piernas estiradas bajo la mesa de madera y la espada apoyada en la piedra de la pared.

    La música era estupenda, indie-pop alternativo. Las mesas eran de madera tosca y barnizada y estaban también rayadas y escritas. Los baños eran el tipo de baños que puedes esperar encontrar en un garito de la noche. Diminutos, teniendo que maniobrar y contornionarse para poder cerrar la puerta una vez dentro. Taza en estado calamitoso, sin tapas y con la cisterna inoperativa. Tabiques pintarrajeados y garabateados de arriba a abajo, con muescas de golpes y quemaduras de mechero. Yo debía de ser el primer usuario de esa noche de lunes así que estaba razonablemente limpio y aún no había el típico charco guarro que cubre los suelos de los baños de los antros. «Éste garito los findes debe ser cañero», pensé. «Pero hoy no es el día.»

    Tras apurar el último trago el camarero me orientó hacia la zona de copas de la ciudad, advirtiéndome que quizás esa noche de lunes no estuviera muy animada. Callejeé hasta ir a encontrarla. Efectivamente, había garitos y baretos; y la mayoría abiertos, con gente y música alta.

    Elegí uno y di amarras a su barra. Era un pub oscuro tenuemente iluminado por luces azuladas, con buena música y bastante gente. Pedí otro Bombay azul con tónica y lo dejé deslizarse por mi garganta mientras, apoyado en la barra, garabateaba en mi cuaderno las notas, pensamientos e impresiones de la noche, algunos de los cuales transcribo ahora aquí. Creo que tardé en enterarme de que alguien me estaba hablando. Cuando levanté la cabeza tenía a una de las camareras, la que me había servido hacía un rato, ante mí, sonriente.

    -¡Ah, un artista creativo con su Moleskin!- dijo. -¿Encontraste un momento de inspiración?

    -Bueno, la verdad es que no lo soy. Soy marino y el cuaderno es sólo un apoyo para mi memoria, que es malísima. Como un “pendrive” arcaico.

    La camarera, una portuguesa no muy alta aunque muy linda y muy agradable, se quedó un buen rato charlando conmigo hasta que tuvo que ir a atender a un grupo alegre y ruidoso. Entonces saqué el iPhone para comprobar si por casualidad habría alguna WiFi al alcance y, ¡ecco! el mismo pub tenía. Cuando la camarera, cuyo nombre no recuerdo, regresó, le pedí la clave de la WiFi. Me la anotó en un papel añadiendo debajo una extraña sucesión de números que no supe qué serían. Lo supe al día siguiente, ya a bordo del Cabo Cee, cuando vi el formato de los números de móvil portugueses en unos documentos.

    Pero antes de que consiguiera conectarme a la WiFi, de algún modo acabé charlando con el grupo que había a mi lado, también muy agradables y bulliciosos; al igual que la camarera, también me preguntaron qué me traía por Setúbal y también les pareció interesante, o extraño, que fuera marino. Me preguntaron cómo era que salía solo.

    -Bueno, somos muy pocos en el barco, y algunos trabajan esta noche. Pero además es que los otros ya van mayores para estas cosas- y todos reímos.

    Sí, como casi siempre desde que navego en la marina mercante, soy el más joven a bordo. Y con diferencia; de los demás, el más joven es nacido en el ’58. Me invitaron a unirme a ellos; ofrecí una resistencia testimonial pero antes de que pudiera impedirlo ya me habían pedido “otro de lo mismo” y me vi, Bombay en mano, entre una chica de pinta alternativa y un portugués que era idéntico a uno de los de Café Quijano, el de pelo más largo.

    En cierto momento de la noche tuve un atisbo de lucidez e, intuyendo que debía ser ya una hora poco prudente -me resistía a mirar la hora en el reloj-, decidí batirme en retirada. Se ofrecieron a llevarme al barco en coche, pero preferí caminar para ventilarme y despejarme un poco.

    Salí a las solitarias calles. Hacía un frío de carallo. Caminé y caminé hasta llegar a los muelles, aún faltaba para el alba. Tendría tiempo a descansar un rato antes de empezar la jornada.

Aquí puede visitarse el álbum de fotografías tomadas durante mi embarque en el Cabo Cee.

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