Regreso a mi ría

El Forte de Outão, guardando la entrada al estuario del Sado

A bordo del Cabo Cee, en la Mar, en los
A 28 de diciembre del 2011. Miércoles.

    Me siento ante el escritorio de mi camarote para intentar relatarles lo poco sucedido desde que zarpamos de Agadir en el escaso tiempo que me queda antes de entrar de guardia. Y las condiciones no son las más favorables; hay viento del Norte y algo de marejada que hace que el buque se balancee algo más de lo habitual, y por ello me veo obligado a sujetar el ordenador mientras escribo para evitar que salga despedido con los bandazos. Mantengo el escritorio -y demás maderas del camarote- pulcramente limpio con O’Cedar, pero como consecuencia su superficie es bastante más resbaladiza y los objetos se deslizan con demasiada facilidad con los vaivenes.

    Hace algo más de diez días zarpamos del puerto africano y arrumbamos al Norte, en demanda de La Coruña. Durante la tarde de la primera singladura, rebasados los 32º de latitud Norte, el viento arreció y fue refrescando hasta alcanzar fuerza ocho. El bóreas soplaba y levantaba las olas que barrían la cubierta, el Cabo Cee ascendía y descendía encapillando golpes de mar y las tapas de las bodegas crujían y rechinaban con la torsión del buque, sonido que resonaba entre cavernoso y estridente en el interior de las lóbregas bodegas… pues ahí me encontraba yo, con el contramaestre y los marineros, dedicados a la nada agradable tarea de limpieza de bodegas, necesaria antes de embarcar la próxima carga. Doblado San Vicente el tiempo amainó y se mantuvo apacible durante el resto de la travesía.

    El martes 20 recalamos en La Coruña al anochecer. Había sido un día largo, diversos asuntos me habían tenido ocupado toda la jornada, desde la madrugada. A las diez y media, próximos al punto de recalada de La Coruña, salimos a cubierta para preparar la maniobra.

    Hacía horas que la noche había cerrado. Una noche calma, para ser finales de diciembre en las Rías Altas. Soplaba una brisa leve y fresca y a ratos lloviznaba, el cielo estaba encapotado con nubes bajas, cúmulus, y la Mar tranquila, con olas pequeñas del Norte que balanceaban al Cabo Cee suave y lentamente. Por la amura de estribor se divisaba la Torre de Hércules, sesgando la noche con sus destellos, encaramada sobre el obscuro promontorio de la costa en el que lleva casi dos milenios firmemente asentada. Tras ella, las luces de La Coruña. Por la amura de babor se divisaban a unas seis o siete millas las luces de la entrada a mi ría, la Ría de Ferrol. «Algún día volveré», pensé, «y entraré de nuevo navegando en mi ría y daré amarras a los norays de la ciudad que me vio nacer. Algún día.»

    Preparamos la escala de práctico por la banda designada, estribor, y el contramaestre y yo nos fuimos al castillo de proa a preparar las anclas y la maniobra de amarre. A la escasa luz del farol de proa destrincamos las anclas y extendimos las estachas, adujándolas a la guacaresca. El barco estaba casi detenido, navegaba a la velocidad mínima para ser gobernado, apenas un par de nudos. Luego supe que los prácticos nos habían hecho moderar máquinas y esperar para atracar antes a otro buque -el Iolcos Glory, granelero con bandera del Panamá, de la Iolcos Hellenic Maritime- cuyo capitán era la primera vez que entraba en La Coruña y, temeroso, hizo salir a los prácticos hasta lejísimos para coger el barco y luego hizo la entrada con exasperante lentitud y prudencia; aunque de la prudencia raras veces se puede decir que sea excesiva en ningún contexto de la vida.

    Permanecíamos en el entretanto prácticamente al pairo. Parecía que la cosa iba para largo. Iba a ser una noche larga. Me senté en cubierta, apoyado contra el frío y húmedo acero de la amurada por el que chorreaban goterones, y eché una cabezada. Al rato -no sabría decir cuánto- desperté aterido por el frío y empapado por la pertinaz llovizna. Alcé la cabeza por encima de la amurada y vi que la Torre de Hércules estaba ya por el través y que el buque avanzaba con algo más de máquina. Parecía que ya íbamos para adentro. Me estiré y traté de desentumecer los miembros. Poco después vi a la pilotina -luz blanca sobre roja, todo horizonte- salir por la bocana y poner proa al Cabo Cee. Evolucionó al llegar a nuestra altura y el patrón maniobró hábilmente, apoyando su amura en el costado del carguero a la altura de la escala que previamente habíamos preparado. Desde el castillo de proa miré como tres personas se encaramaban por ella y eran recibidas en cubierta por el segundo oficial. Con el práctico de servicio venía un compañero que acababa de sacarse su plaza y venía en prácticas. La tercera figura era la de nuestro nuevo jefe de máquinas, que enrolaba en aquel puerto, y que venía para estar presente en la maniobra de entrada.

    El Cabo Cee entró en el puerto pasada la medianoche y se adentró en la dársena del Muelle de San Diego. Allí evolucionó sobre estribor para dar la vuelta y atracar en el vacío muelle pero para nuestra sorpresa el barco viró en redondo y salió de la dársena por donde había entrado. El contramaestre y yo nos miramos desconcertados. ¿Volvíamos a hacernos a la Mar? ¿Qué habría pasado? ¿Alguna avería crítica que comprometía la maniobra? ¿Algún imprevisto de ultimísima hora por el cual no atracaríamos esa noche?

    El buque se deslizaba por las quedas aguas del puerto coruñés y, doblando la cabeza del Muelle del Centenario, se adentró en la otra dársena. Lo único que había sucedido era que ¡se habían equivocado de muelle de atraque! Los prácticos nos iban a amarrar a un lugar equivocado y el agente, que lo vio desde tierra, telefoneó a bordo para avisarnos. En el atraque en el que finalmente íbamos a dar amarras, en vez de disponer de un largo muelle vacío, tuvimos que meternos con calzador entre otros dos buques -uno de ellos el que se habían empeñado en meter antes que a nosotros-. Al final, entre pitos y flautas, la maniobra acabó cerca de las tres de la madrugada.

    A la mañana siguiente no pude disponer de tiempo para visitar a mis buenas amistades de La Coruña, había trabajo a bordo. Sin embargo sí salté a tierra; el capitán me llamó a su despacho, me invitó a tomar asiento y extendiéndome un folio y un bolígrafo comenzó a dictarme la lista de la provisión. Luego me dio una considerable suma de dinero de la caja y me envió de compras a la ciudad en taxi. A eso se redujo mi paso por la ciudad.

    Esa misma noche largamos cabos y nos hicimos a la Mar. La travesía resultó tranquila, con inusual buen tiempo para esta época del año. Recalamos en la Barra de Setúbal dos días después, el 23 de diciembre, y anclamos en el estuario del río Sado, en su último meandro, justo frente a la ciudad. Es filosofía de esta naviera que los barcos pasen las fechas señaladas -Navidad, Nochevieja, etcétera- en la Mar o fondeados, pero nunca atracados, si es posible. Se sigue esta costumbre para evitar que los tripulantes pierdan los papeles, haya bares destruídos, peleas, gente arrestada, deserciones u otros diversos cruces de cables.

    En la mañana del 26 levamos anclas y remontamos el Sado hasta el muelle carbonero. La entrada hasta el puerto fue bonita. Enfilamos el Canal Sul del río dejando la larga y arenosa Península de Troia por estribor, y la ciudad y diversos muelles, terminales y astilleros por babor. Nosotros íbamos a la última terminal de todas, la del carbón, que distaba doce quilómetros de la ciudad.  Demasiado lejos para ir a visitarla o a tomar unos vinos. Sin embargo sí pisé suelo portugués más allá de los muelles, de nuevo enviado por el capitán a comprar la provisión del buque. De modo que durante la estadía puedo decir que visité… un hipermercado.

    La tarde del día siguiente, 27, con todo el coque descargado y las bodegas limpias, largamos amarras del muelle. Descendimos el río y enfilamos la barra pasando frente a las fortalezas de São Felipe y Outão, desembocando en el Océano Atlántico al anochecer. Y pusimos proa al Norte. Nuestro siguiente puerto de destino era El Ferrol.

    La travesía resultó de nuevo inusualmente tranquila. En esta época del año el Atlántico suele estar más agitado y bravo. Pero esta noche, acercándonos ya a Finisterre y al final del viaje, hay algo más de movimiento; marejada y viento del Noroeste. Dentro de unos minutos cogeré la guardia de navegación en el puente y mañana, si Dios quiere, amaneceremos frente a la Ría de Ferrol.

    Parece que la Providencia escuchó mis pensamientos aquella noche frente a la Torre de Hércules y en su capricho decidió llevarme de nuevo a mi ría. Una ría por la que hace más de diez años que no entro navegando para regresar a mi puerto y a mi ciudad. Volveré, como Ulises retornando a Ítaca tras su larga y penosa odisea, navegando entre los castillos de San Felipe y La Palma, y daré amarras a los norays de los muelles de mi vieja ciudad.

Aquí puede visitarse el álbum de fotografías tomadas durante mi embarque en el Cabo Cee.

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