Largando amarras de Valencia

Chimena del Cabo Cee y contraseña de la naviera armadora

    Como pasa a veces en este gremio, un buen día suena el teléfono y dos días más tarde -a veces sólo dos minutos más tarde- te encuentras liando el petate para volver a embarcar en algún puerto del globo. Así sucedió a principios de este mes; una buena mañana de diciembre recibí la llamada, inesperada de tan esperada que había sido, y dos días después estaba liando el petate. He liado el petate tantas veces en mi vida que no me lleva demasiado tiempo -apenas veinte minutos- ni trabajo. Excepto con los libros. Escoger lectura para los próximos meses es algo que siempre me cuesta mucho. Esta vez me traje veintiún libros seleccionados de mi biblioteca; siete de ellos libros técnicos profesionales y los otros catorce literatura. Sólo repito dos autores -Conrad y Homero-, el resto son de escritores variados. Desde hacía unos años me había acostumbrado a sólo traerme a los barcos libros que tuvieran que ver con la Mar, siendo el resto de temáticas proscritas durante mis embarques. Pero esta vez hago una concesión a los autores de secano y más de la mitad son de otros géneros y temas variados. Exceptuando los libros, viajo ligero; todo lo que necesito para meses navegando y viajando cabe en medio petate, mi viejo petate marinero de lona encerada con el que llevo navegando desde el ’96. El otro medio lo relleno con libros. Y es que me resisto a esa moda -quiero pensar que será sólo una moda pasajera- de los e-books y las tabletas, a las que sólo veo la ventaja del volumen y el peso frente a una inmensa lista de desventajas. Pero sobre eso ya escribiré, quizás, otro día; es un tema que da mucho de sí.

    El barco en el que enrolé es un pequeño buque mercante de carga general. Sin embargo, en estos tiempos en los que el tráfico mercante está dominado por los contenedores, la llamada ‘carga general’ se reduce a poco más que mercancías secas a granel: minerales, grano, maderas, etcétera. El barco se llama Cabo Cee. Los armadores -una pequeña naviera familiar gallega que en la actualidad opera tres buques propios y otros tres fletados- rinden tributo al Cabo Cée, allá en la Costa de la Muerte de mi vieja Galicia. El Cabo Cee es un tramp, voz inglesa que significa ‘vagabundo’ y con la que se designa a los buques mercantes que no tienen ruta fija, es decir, que navegan allá a donde les sale el flete. Hoy aquí, mañana allá, pasado acullá. Resulta bastante más interesante y ameno que navegar siempre la misma ruta, en estos buques nunca sabes a dónde irás.

    El barco fue construído en Estambul en el 2008, encargado por un armador turco que posee también metalúrgicas. Suministró él mismo el acero para su construcción, que fue a medida y por encargo, y desde luego no escatimó en metal: el Cabo Cee desplaza en rosca 2278 toneladas en sus 118 metros de eslora. En mayo de este año (2011) el barco fue comprado por sus actuales armadores, abanderado en España y rebautizado con su actual nombre.

    Se dio la casualidad de que el Cabo Cee iba precisamente a Valencia, así que esta vez no hubo necesidad de subir a ningún avión ni viajar a ninguna parte del planeta para llegar a bordo. La llegada estaba prevista para las dos de la tarde, hora en la que llegué al puerto. Pero el Cabo Cee se retrasó y no dio amarras al muelle de la Xitá hasta las cinco de la tarde. Me senté en la cafetería de la terminal marítima y pedí un bocata y un vaso de vino. Era la tarde de un sábado y la terminal estaba desierta. Me senté en una de las mesas junto al gran ventanal que da a la dársena de pasaje y ro-ro y la terminal polivalente de contenedores. Sólo había allí un buque atracado, el Verónica B, un portacontenedores de mi anterior naviera. Observé un rato cómo las grúas cargaban contenedores en el barco antes de que mi memoria viajara hasta el Lola y el Reyes, los últimos barcos en los que enrolé. Pero habían soplado vientos de cambio desde entonces y ya no navego con ellos. Recorrí con la mirada la larga hilera de norays solitarios del vacío muelle, que tantos barcos vieron llegar y zarpar. A veces me recuerdan a ancianos marinos sentados en los muelles viendo ir y venir los barcos, los tiempos y la vida, y recordando tiempos pasados.

    Al poco llegó un buen amigo que se acercó a despedirse, un viejo compañero de tripulación de los años que pasé en la pesca, un buen hombre y un marino extraordinario. De los de antes. Charlamos un rato hasta que fue la hora de embarcar y me acercó en su coche hasta el lejano muelle de la Xitá. El Cabo Cee se encontraba ya allí, recién atracado. Me gustó. Me despedí de mi amigo con un abrazo y subí la pasarela con mi petate al hombro.

    Luego todo fue bastante rápido. Me presenté al capitán, el segundo oficial me mostró mi camarote y tras limpiarlo, deshacer el petate e instalarme me incorporé al trabajo. Las bodegas del buque pronto quedaron vacías. El Cabo Cee había traído una carga de coque -carbón hecho con residuos de petróleo- procedente del puerto de Huelva, pero no cargaría nada en Valencia. El capitán decidió no zarpar hasta por la mañana, para alegría de la tripulación, así que poco después de la una de la madrugada, tras acabar de llenar los tanques de lastre, nos retiramos a descansar. Nos levantamos a las seis y largamos amarras sin más novedad. 

    Al retirarme a mi camarote esa noche a descansar me asomé al portillo, con mi cara apoyada en el grueso cristal miré a través de él. Se veían los otros buques atracados, las luces del puerto reflejándose en las negras aguas portuarias; y más allá las luces de la ciudad, de Valencia. Sentí una extraña congoja. Esta vez no me apetecía nada hacerme a la Mar.

    La travesía fue tranquila, tres singladuras con buen tiempo y escasas complicaciones. Recalamos en la barra de Huelva en la mañana del martes. Al amanecer se levantó una niebla muy espesa que impidió que entráramos en puerto. Pero no tardó en disiparse, poco más de una hora de espera, y entonces arrumbamos a la desembocadura de los ríos Tinto y Odiel, recogimos al práctico y remontamos el río hasta nuestro atraque, en el Muelle Ciudad de Palos.

        La guardia de esa tarde transcurrió sin novedad. El muelle estaba casi desierto pero aunque era festivo se desarrollaban operaciones de carga y descarga en algunos otros buques atracados a proa o popa de nosotros. Nuestro primer oficial se encargaba de deslastrar los tanques, que es algo que lleva muchísimo tiempo en este barco, y yo le ayudaba de vez en cuando sondando éste o aquél.

    A las ocho de la tarde terminé mi guardia, me duché y esperé a una de mis primas andaluzas, que vendría a recogerme a bordo. La ducha fue accidentada; mientras me la daba cayó la planta del barco cuatro o cinco veces, dejándome sumido en obscuridad absoluta en mitad de la faena, a veces durante minutos. Finalmente los maquinistas consiguieron estabilizar la cosa y pude acabar de ducharme y vestirme  sin más complicaciones.

    Mi prima me recogió en el muelle y juntos fuimos a donde había quedado con los demás primos, una cervecería en Huelva. Allí estaban ya algunos de los otros y al poco rato llegaron los que faltaban. Tomamos unas cañas, contándonos y poniéndonos al día, y luego fuimos a cenar. Fue una noche bonita y entrañable, fue estupendo poderme reunir con ellos y agradecí que se hubieran acercado todos.

    Al día siguiente se completó la carga de pirita y al anochecer largamos amarras del puerto de Huelva, descendimos por el río y pusimos rumbo directo a nuestro destino: Agadir.

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