Último tornaviaje en el Lola

@_elnavegante_ navegando hacia el atardecer en el último tornaviaje del Lola.

A bordo del Lola, en la Mar. Aproximadamente en los 37º 35’N , 008º 30’E
A 10 de octubre del 2011. Lunes.

    Corremos de nuevo la costa de la Berbería rumbo al Estrecho de Gibraltar. Hace un rato hemos dejado por el través de babor las Îles de la Galite. Este pequeño archipiélago de origen volcánico tiene suerte de ser tunecino; de ser español, hace tiempo que habría sido recalificado, urbanizado, construido, explotado y atiborrado de ese turismo guarro y barato tan propio nuestro, consistente en guiris maleducados y borrachos con packs de oferta de agencias de viajes de ‘todo a cien’. Pero afortunadamente estas islas están lejos de las infames manos de nuestros politicastros y según el derrotero –Mediterranean Pilot, vol. I- del Almirantazgo-, sólo hay un pequeño asentamiento de la Guardia Nacional y un par de faros. También indica que, aunque deshabitadas, los habitantes originales de las islas, franco-italianos, acuden a ellas a pasar los meses de verano.

    Vamos con retraso respecto al calendario previsto. Cogimos tiempo adverso a la salida de Sfax, viento del Norte de unos cuarenta nudos y mar muy gruesa. Amén de llevar viento en contra hubimos de moderar máquina por el pequeño temporal. Pero una vez doblados Cap Bon y Cap Bizerte salimos del área de vientos fuertes, pudimos volver a dar máquina y navegamos con viento y Mar de través hacia Poniente, rumbo directo a Cabo de Gata.

    Hoy tuve un curioso pensamiento. Me pregunté, por primera vez en mi vida y de repente, como en un inesperado atisbo de lucidez, si no habría equivocado mi carrera. Si no debería haberme hecho reportero. Fue esta mañana, en cubierta. Había salido a fotografiar la Mar embravecida, y la observaba buscando adjetivos y palabras con las que poder más tarde escribir y describir lo que había visto y sentido. Fue entonces cuando pensé «quizás debería haberme hecho reportero». Y tal vez el hecho de llevar siempre en mis bolsillos una cámara de fotos y un cuaderno y un bolígrafo sea un indicio significativo. Siempre, desde pequeño, quise ser marino. Hubo, no obstante, unos años de mi infancia en los que anhelaba ser reportero, influenciado por las historietas de Tintín. Finalmente se impuso Haddock, más real y más humano que el virtuoso Tintín, y ahora surco los mares blasfemando como el viejo barbudo. O tal vez no tan viejo, pues allá donde mi barba ya luce canas -exactamente quince- la suya permanece, a pesar de los años, absolutamente negra.

   Por cierto, el origen de los inexplicables prismáticos soviéticos me fue explicado por un viejo marinero. Datan de la época de la desmembración de la Unión Soviética, a principios de los años noventa. De aquel convulso período de nuestra historia moderna, cuando la marina soviética cambió la bandera de la hoz y el martillo por la tricolor rusa -o la de la república que tocara, si es que tocaba alguna-, y las tripulaciones de los mercantes y pesqueros, a menudo abandonados o desahuciados tras la debacle, empezaron a vender hasta los clavos de los buques para subsistir. Eran tiempo duros para los eslavos. Abandonados y olvidados en puertos remotos sin ningún tipo de recurso, fueron vendiendo cuanto era vendible a quien quisiera comprarlo, a precios de auténtica ganga. Desde latas de caviar ruso -los marineros más viejos del Lola recuerdan que las vendían a doscientas o trescientas pesetas- hasta uniformes, cuadros, sextantes… o prismáticos. En el puerto de Las Palmas aún pueden verse algunos de aquellos viejos buques abandonados, atracados en apartados muelles, presos de raídas amarras, con sus cascos oxidados languideciendo en espera de tiempos mejores que ya nunca llegarán.

A bordo del Lola, en la Mar; en los 37º 15’N 004º 11’E.
A 11 de octubre del 2011. Martes.

    Guardia de alba en el puente del Lola. A los pocos minutos de tomarla sonó por la emisora de radio VHF una voz cavernosa y grave, deliberadamente enronquecida y ahuecada.

    -Banana pilot. Fuck you donkey. Donkey- y luego un prolongado “Marioooo” que alargaba la última ‘o’ hasta agotar el aliento. Y así una vez, y otra, y otra. Y otra.

    Algún ruso encharcado en vodka -supuse-, mamado a conciencia, que debía sentirse gracioso; o quizás se sentía solo, o aburrido del trabajo, la rutina o la vida. Y peligrosamente al mando de la guardia nocturna de navegación en algún buque mercante próximo. Observé el radar. Probablemente sería el piloto -por la hora que era debía ser el primer oficial y, por el acento, eslavo- de uno de los otros tres buques que había en las proximidades. En un radio de unas treinta millas detecté a otros dos barcos que seguían nuestra misma derrota, hacia el Estrecho, y uno que venía de vuelta encontrada. Convendría dar resguardo a todos ellos. Por si acaso.

    -Donkey… fuck you, fuck you. Banana pilot… Mariooo- alargando las vocales con cavernosa voz de ultratumba. Y así siguió, una y otra vez. Y otra. Una larga hora -no sé cuánto llevaría antes de que yo entrara de guardia- hasta que en un respiro sonó una vocecilla aguda y chillona, sumamente indignada:

    – Shut up you stupid idiot!- exclamó por el VHF el oficial de guardia de algún otro buque, con acento filipino. Y aunque era lo que sin dudas todos estábamos pensando, exteriorizarlo fue lo peor que pudo haber hecho porque, sintiéndose y sabiéndose escuchado, el odre eslavo redobló sus cavernosos insultos con renovado entusiasmo y energía, añadiendo a su escaso repertorio el inevitable «filipino monkey» que lleva décadas escuchándose en las ondas de las frecuencias marítimas de radio.

    Y así fue pasando la guardia, por lo demás tranquila; hasta que el borracho de las ondas se cansó, se aburrió o se quedó dormido como un tronco. «Ojalá llegue así hasta Gibraltar y se rompa los cuernos contra el peñón», pensé con algo de mala uva. 

    Resulta cuando menos inquietante pensar que un fulano empapado en alcohol, mamado como una cuba, es el responsable de un buque de miles de toneladas, de toda la carga que transporta y de las vidas de todos los tripulantes a bordo, sus compañeros, que descansan abajo en sus camarotes confiando en el piloto… o resignados a su Suerte.


A bordo del Lola, en la Mar. En los 35º 12’N  006º 51’W
Navegando aguas atlánticas rumbo a Las Palmas.
A 12 de octubre del 2011. Miércoles.

    A veces salgo al alerón y me asomo, acodado en la regala, y observo la Mar con detenimiento desde unos treinta metros de altura. Observo su voluble superficie -azul, verde, gris, negra…-. La escruto intentando en vano penetrar en sus ocultos misterios. Me pregunto qué albergará en sus profundidades, qué secretos esconderá. Qué habrá allá abajo, muy abajo, en el lecho marino; en esos obscuros y silenciosos abismos que nadie nunca ha explorado. Cómo será la vida allí, cómo los seres que la habitan, allá donde no llega la luz jamás.

    En el lecho marino descansan restos de innumerables naufragios, respuestas a enigmas no resueltos, fatales desenlaces de dramas marítimos, de despiadadas batallas o monstruosos temporales. Restos de barcos que, desprovistos de los hombres que los marinaron en vida, descansan en la obscura y serena paz de los abismos oceánicos, tripulados ahora por las extrañas y silenciosas criaturas de las profundidades.

    Quizás sea el mejor lugar para que descansen barcos y hombres en la eternidad.

   

    Navegamos a rumbo Sudoeste, recorriendo los escasos cientos de millas que nos separan de Las Palmas, donde desembarcaré para regresar a la península. Será para mí el fin de la campaña. Estaba esta tarde viendo el Sol ponerse más allá de los confines del Atlántico, como tantas otras veces, y de repente me sorprendí cantando aquella canción, que no había recordado en décadas, que entonaba Lucky Luke al final de cada historieta, cuando se alejaba cabalgando a la grupa de Jolly Jumper hacia el enorme Sol poniente: 

♪«I’m a poor lonesome cowboy… and a long way from home... »

Aquí puede visitarse el álbum de fotografías del Lola y un vídeo de producción propia.

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