Otoño

El Mistral encrespa la Mar

A bordo del Lola, en la Mar; en los 41º 03’N y 002º 37’E.
A 18 de septiembre del 2011. Domingo.

    Guardia de alba. El minutero del reloj de bitácora marca poco más de las cuatro y cuarto de la madrugada. Tras gobernar a un solitario buque que venía de vuelta encontrada fui cayendo de nuevo a babor para volver a nuestro rumbo de viaje. Nos cruzamos con el pequeño carguero a unos escasos siete cables, babor con babor. Sus faroles de navegación, indicando su posición y rumbo -rojo y verde los laterales, blancos los topes y alcance- se distinguían con nitidez sobre la negra silueta que se perfilaba en el obscuro horizonte. La imagen de la silueta negra de de un barco en la noche, con sus faroles de navegación, me recuerda siempre a ciertas viñetas de las historietas de Tintín. Tras el cruce y una vez vuelto a nuestro rumbo de viaje, salí de la caseta del puente y me acodé en la regala del alerón.

    La noche era tranquila. El Xaloc de la tarde anterior había rolado a Garbí suave y la temperatura era templada y muy agradable. Sobre nosotros el cielo estaba despejado, pero hacia el Norte el horizonte estaba cubierto de espesos nubarrones obscuros, entre los cuales surgían de tanto en tanto rayos cuyos relámpagos iluminaban durante unos instantes las nubes con mortecina luz amarilla en una imagen silenciosa y fantasmagórica.

    Por el través de babor se apreciaba sobre la línea del horizonte una especie de luminosa semiesfera achatada de tenue naranja amortecido, que se asemejaba a un tétrico resplandor crepuscular en mitad de la noche. Era el resplandor de Barcelona, a 40 millas náuticas de nuestra posición.

    Así pasé un largo rato, observando la noche.

    Y, de repente, llegó el otoño. Fue con el amanecer. El viento roló súbitamente de Garbí a Gregal, refrescando rápidamente. La Mar se picó con el repentino cambio de viento, apreciándose el oleaje confuso y agitado. Nos metimos de lleno en un chubasco, los gruesos goterones golpeando contra la cubierta y los portillos, ocasionales relámpagos sesgando el gris matutino del incipiente crepúsculo, con un eléctrico y zigzagueante resplandor amarillo que se mantenía suspendido una fracción de segundo, precediendo al estampido del trueno.

Disfruté un rato del viento y la lluvia a la intemperie. Alcé mi rostro con los ojos cerrados  hacia la lluvia, y miles de gotas golpearon mi cara  y se deslizaron hacia el cuello y el pecho, a través de mi camisa entreabierta. Los truenos eran ahora bien audibles. Sonreí, saboreando el momento; era la antesala del primer temporal que disfrutaría desde principios de año. Y se me brindaba como un agradable regalo de cumpleaños.

    Cerré la puerta estanca de barlovento tras de mí cuando entré a guarecerme en el puente. Observé el termómetro, que marcaba 3ºC menos que hacía una hora. Comprobé el barómetro: 10 milibares menos que en mi última guardia. Me asomé a un portillo. El viento levantaba las olas y arrastraba las espumeantes crestas. El Lola comenzaba a cabecear y balancear. Sonreí, feliz.

-Bien. Me gusta- afirmé despacio, quedo, más para mí que para nadie.

-No sé cómo carallo te puede gustar el mal tiempo- gruñó el primer oficial cerca de mí. Su humor empeoraba de un modo inversamente proporcional a la mejora del mío, a medida que el vendaval arreciaba y la Mar se embravecía.

    No será un temporal duro. Los partes pronostican sólo fuerza nueve del Noroeste; el célebre Mistral. Pero será algo de interés para paliar la monótona rutina. Quiero ver cómo se comportan el barco y la tripulación. Tengo mucho interés en ver cómo responde la gente. Quienes se vuelven irascibles, quienes nerviosos, quienes taciturnos y callados, quienes asustados. Quienes disfrutan, quienes lo aceptan con fatalismo y quienes permanecen indiferentes a la situación.

    Dice el primer oficial que no comprende cómo me puede gustar el mal tiempo. «Nadie lo quiere», dice. Pero me gusta, y lo deseo. No todos los días, claro, pero un buen temporal de vez en cuando es tan saludable como necesario. En estos tiempos cualquier idiota puede navegar alrededor del mundo mirando pantallitas y pulsando botoncitos; pero es cuando se complican las cosas, cuando se descaralla la tecnología, cuando aparecen los imprevistos, cuando se desatan los elementos y se ve uno a la puerta del infierno salado, es entonces cuando los hombres demuestran su temple, los barcos su nobleza y los marinos su arte y oficio. O no. Y cuando un buen temporal te zurra la badana y zarandea al barco como a un dado en el cubilete del diablo y la cosa se complica de mala manera, es entonces uno de esos escasos momentos en los que uno aún se siente un marino. Los temporales lo mantienen a uno en forma. Y le recuerdan ciertas cosas que no conviene olvidar.

El primer oficial dio un sorbo a su taza de café antes de volver a la derrota, gruñendo, malhumorado, y se enfrascó de nuevo en el trabajo entre montañas de papeles y documentos, que comenzaban a deslizarse sobre la mesa de la derrota con el creciente vaivén.

Yo me acerqué a los portillos de proa en la incipiente penumbra crepuscular y me acodé, observando el horizonte. Recordé entonces aquella saludable incertidumbre que mencionaba el gran Conrad. Esa saludable incertidumbre que te mantiene alerta, en tensión, preparado; una saludable incertidumbre que te mantiene vivo. El viejo maestro sabía de lo que hablaba.

     En el pasado, en lances apurados ha habido veces que me han dado más miedo mis propios compañeros que los elementos. Su indecisión, sus reacciones o su absoluta incapacidad de hacer nada ya fuera por nervios, miedo o ignorancia.

    No voy a negar que en más de una ocasión pasé miedo, con sus cinco letras y escritas en mayúsculas. Pero eso no me importa. Y no creo que sea cosa mala. Si conoces la Mar y el oficio, entonces conoces las reglas del juego. Las acatas y haces lo que tienes que hacer, aunque a veces no es suficiente. El mal tiempo pone a prueba a barcos y personas. Pone de manifiesto quienes son hombres de una pieza. Y también quienes son marinos. Volví a recordar, entonces, aquella otra magnífica sentencia leída en El cazador de barcos, de Justin Scott, y que mencioné aquí hace sólo unos días: «En la Mar puedes hacerlo todo bien, ateniéndote estrictamente a las normas, y aún así ella te matará; pero si eres un buen navegante, al menos sabrás dónde te encuentras en el momento de morir.»

Supongo que no es ése un mal consuelo para cualquier navegante.

Aquí puede visitarse el álbum de fotografías del Lola.

2 comentarios en “Otoño

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