Un día en Génova

(...) También había buen número de madonnas en aparatosas y recargadas hornacinas de piedra situadas en esquinas de edificios, vírgenes consagradas tal vez a marinos y navegantes, o quizás a mercaderes o soldados.

A bordo del Lola, en la mar, en los 41º 04’N y 010º 17’E.
Navegando en demanda de Cap Bon.
A 6 de septiembre del 2011. Martes.

     Ayer pasé el día en la ciudad. Habíamos zarpado de Livorno a primera hora de la mañana del sábado. Las operaciones de carga habían finalizado poco antes de las cuatro de la mañana, pero como los servicios de practicaje y amarradores son más caros en horario nocturno esperamos a las ocho de la mañana para largar amarras, ahorrando así algunos costes. La navegación fue corta y sencilla, buen tiempo y ninguna incidencia. Recalamos en  Génova en torno al mediodía y fondeamos en la profunda rada de su golfo, prácticamente en el mismo lugar que en el anterior viaje.

     A las cuatro de la tarde, anclados frente a Génova, entré de guardia. El atardecer y su crepúsculo fueron grises. Había nubes bajas que se despenachaban entre los montes ligures. Fue un crepúsculo en el que diversos tonos de grises se superponían y entremezclaban: gris claro, gris celeste, gris lechoso, gris azulado, gris plomizo. Apenas soplaba una brisa, el ambiente era de recalmón. Poco a poco se fueron encendiendo las luces de Génova y alrededores, salpicando la línea de la costa y las laderas de los montes con lucecitas titilantes. Por alguna extraña asociación de ideas la imagen me recordaba a un cuento.

Al poco tiempo de comenzar la guardia sonó en el canal 16 de VHF la estación de  Génova Tráfico anunciando un aviso a los navegantes. Me acerqué al aparato de radio, en babor, para sintonizar uno de los canales indicados y escucharlo. Era una aviso de temporal para el Mar Tirreno, Mar de Liguria y los estrechos que dan acceso a ellos -Bonifacio, Messina, Canal de Sicilia…-. Vientos del Sur de fuerza siete. Poca cosa, no era un verdadero temporal, pero podría comprometernos en un fondeadero tan inapropiado. Es muy profundo y vamos muy justos de grilletes para fondear como Dios manda en tanta sonda. Y es un fondeadero vulnerable a los vientos del segundo y tercer cuadrante, a los que está completamente abierto.

Pero por el momento reinaba casi la calma chicha, y tampoco es que hubiera nada que hacer salvo esperar y ver cómo se desarrollaban los acontecimientos. Y nada varió en las siguientes veinticuatro horas.

La siguiente guardia vespertina, la tarde del domingo, aún anclados en el fondeadero, se anunciaba tranquila. Pero a media guardia el viento roló y refrescó. La brisa de Levante roló de Poniente a Mediodía y arreció, parecía que llegaba la periferia del temporal anunciado. En mi interior me alegré, me gusta el tiempo bravo y las complicaciones en la Mar. El barco borneó, las olas grises fueron alargándose y cimándose de borreguillos de espuma blanca arrastrada por el ventarrón. Pero el viento y la Mar no fueron a más, y sobrevino el crepúsculo.

El viento amainó algo y la noche transcurrió sin incidentes. A las tres y media de la madrugada del domingo al lunes nos levantamos para levar anclas y entrar en puerto. Una vez atracados en la terminal de contenedores de Génova, cuyos muelles llevan nombres de las antiguas colonias italianas en África -Eritrea, Libia Etiopía, Somalia…-, sólo me quedó hacer una hora de guardia mientras comenzaba la descarga. Nada más acabar mi guardia, a las ocho de la mañana, corrí a mi camarote y me duché, preparé mi mochila y salté a tierra, cansado aunque contento y feliz como una perdiz.

Nada más salir del recinto portuario me encontré en una gran avenida densamente transitada. Hacia el Este, en dirección a la parte vieja de la ciudad, la avenida parecía convertirse en una especie de travesía muy poco indicada para ser recorrida a pie. Enfrente de mí había edificios, así que decidí cruzar para intentar ganar el casco antiguo caminando por lugares más apropiados para un peatón. Me acerqué a un semáforo y esperé pacientemente a que se pusiera en verde. Me llevó más de cinco minutos darme cuenta de que era de ésos en los que hay que pulsar un botón para detener el tráfico.

Llevaba un mapa del centro de Génova, pero éste no alcanzaba a la parte de la ciudad aledaña a la terminal en la que habíamos atracado, por lo que hube de recorrer intuitivamente el espacio desconocido hasta meterme en el mapa. Entré en una cafetería a comprar una botella de agua, el Sol lucía de nuevo tras el fin de semana nuboso y el calor apretaba de lo lindo. Aproveché para preguntar al camarero y asegurarme de que iba en la dirección correcta y por el camino más corto. Me indicó muy amablemente y proseguí mi camino, que siguiendo una travesía poco concurrida me llevó a un larguísimo túnel de aceras muy estrechas atravesado por no menos de cuatro carriles destinados a vehículos. Afortunadamente no había mucho tránsito. Saliendo por la boca opuesta me encontré ya en una zona que se parecía menos a un área industrial y más a una ciudad. Al doblar una curva de la vía Albertazzi descubrí el paseo que, saliendo hacia la Mar y girando tras unos edificios, llevaba a La Lanterna, el faro de Génova. Como está razonablemente cerca del muelle y, en cualquier caso, sólo abre los fines de semana y festivos -y estábamos a lunes laborable-, decidí postergar su visita a otra ocasión.

Continué mi camino por la vía Milano, descendiendo un promontorio desde el que se veía buena parte del puerto antiguo. Observé la gran cantidad de buques de pasaje que había atracados. Génova tiene dos terminales de cruceros y otras dos de ferrys. Observé los grandes buques blancos de pasaje, cuyas chimeneas, con las contraseñas de sus navieras armadoras pintados en vivos colores, emanaban volutas de humo al cielo celeste. «Muy mediterráneo», pensé, siguiendo mi camino cuesta abajo. Caminé bordeando constantemente el enorme puerto, siguiendo las vías que lo rodean y deteniéndome frecuentemente para observar detalles, edificios, barcos, personas o escenas enteras. A lo largo de mi andar me debatí constantemente en la disyuntiva entre ceder a mi instinto natural que me lleva invariablemente, en cualquier ciudad, a los muelles, que se extendían a mi derecha; o sucumbir a mi curiosidad y gusto hacia las ciudades antiguas, sus edificios, tiendas y transeúntes, que se extendían a mi izquierda. Continué a rumbo entre ambas opciones, el Porto Antigo por estribor y la città por babor. Los edificios de las avenidas que bordeaban el puerto eran típicamente italianos, fachadas de colores pastel con las inevitables contras verdes, la mayoría cerradas sobre las ventanas para proteger las viviendas del deslumbrante Sol matutino.

Fui dejando atrás algunos lugares prometedores y potencialmente interesantes, pero cuya visita me habría robado demasiado tiempo. Pasé frente al Museo del Mare, junto al que tienen atracado el Sommergibile Nazario Sauro, un submarino considerable y que creo que también se puede visitar. El Acquario, cuya fama parecían avalar las largas colas de visitantes que esperaban en las taquillas o su turno de entrada. También pasé frente a un recargado galeón que, según indicaba un cartel, había sido el utilizado en el rodaje de la película Piratas de Roman Polanski. Era ciertamente vistoso, aunque muy poco riguroso históricamente. El aparatoso y exagerado mascarón de proa, que se cernía sobre el paseo marítimo, era casi del tamaño del trinquete.

Me veía preso durante el paseo de esa impaciencia y ansia característica de quien desea verlo todo sabiéndose con tiempo limitado, y ello me impidió disfrutar de la jornada plenamente.

Llegué, por fin, al casco viejo de la antigua capital de la opulenta y poderosa república marinera de Génova. Allí me abandoné a un paso más lento y deambulatorio. Crucé la Piazza Caricamento y me adentré en los estrechos y sinuosos callejones típicamente italianos y mediterráneos, cercados por altos edificios de colores pálidos, contras verdes y manchas de humedad. Algunos pasajes atravesaban los bajos de los edificios por medio de túneles o pasadizos obscuros con arcos elegantes. A veces algunos callejones eran tan estrechos que costaba cruzarse con otra persona. Había abundantes pendientes, unas suaves y otras más empinadas, a veces incluso con escalinatas de piedra. También había buen número de madonnas en aparatosas y recargadas hornacinas de piedra situadas en esquinas de edificios, vírgenes consagradas tal vez a marinos y navegantes, o quizás a mercaderes o soldados.

Encontré una calle en la que había puestos callejeros de libros antiguos, no puede evitar detenerme a curiosear. En cierto modo me sentí aliviado al comprobar que eran libros de escaso valor e interés, y relativamente actuales. Sentí el impulso de preguntar dónde encontrar algún librero anticuario, pero supe y pude contenerme: podría perder el día entero allí. Podría perder hasta el barco. Y gastar un dinero que no puedo, pues en una ciudad como Génova sin duda habría interesantísimos libros de temas marítimos e históricos.

Sí me compré en una librería “normal” un diccionario italiano-spagnolo de bolsillo. Más tarde, a lo largo de la jornada, lamentaría no haberlo mirado bien antes de adquirirlo al comprobar lo limitado que es.

Caminé y caminé por calles y callejones, y acabé por regresar a la avenida que rodea el puerto.  Paseé bajo las arcadas de los edificios, estrechas y llenas de puestos callejeros. Los establecimientos eran principalmente restaurantes, muchos de ellos adornados con motivos marineros y exhibiendo langostas y otros productos de la Mar en vitrinas y peceras.

Huyendo de la tentación gastronómica volví a adentrarme en las calles aledañas, busqué entonces un ciber-café. Pero para mi sorpresa no conseguía encontrar ninguno, nadie sabía tampoco indicarme. Sólo pudieron referirme a algún “Internet point”, una especie de locutorios de la Western Union. No era lo que yo buscaba, desde luego. Pero mi búsqueda obtuvo finalmente recompensa y di con un pequeño bar-restaurante en una callejuela que disponía de wifi. Era pequeño y sin decoración especial, nada que llamara la atención o invitara a entrar al viajero. Un hombre grande y amable que parecía ser el dueño me ofreció una pequeña mesa justo bajo el router, que estaba fijo a una pared, en el fondo del local. Pedí una bicchiere de vino rosado fresco, y puse mi Mac a descargar y enviar los correos-e escritos durante la pasada semana. Mientras el programa andaba a lo suyo, con la escasa colaboración de una conexión que a veces se interrumpía -ya el dueño, Mario, me había advertido que esa mañana fallaba un poco- pedí una segunda bicchiere de vino rosado fresco. Elegí un plato de la carta, prosciutto parmesano con melone. Y otra bicchiere.

Tras el postre –tortino di frutto di bosco– me levanté para pagar. Mario estaba fuera, en la puerta del local cuyo único cliente ya, a esas horas de la tarde temprana, era yo. Mario y las camareras se despidieron con mucha cordialidad, y abandoné el local.

Al salir a la calle y comenzar a andar rumbo al barco -a las cuatro de la tarde entraba de guardia- noté los efectos de las bicchieres di vino rossato; me sentía con ganas de comenzar a cantar. Una ópera, o algo igualmente apropiado. El trayecto de regreso, ya conocido el camino y sin pararme en mil distracciones, resultó bastante más corto, poco más de media hora. Al verme cerca del muelle aminoré el paso, tampoco tenía excesiva prisa por regresar a bordo. Cuando franqueé el acceso al recinto tuve un pequeño sobresalto, pues no veía la chimenea y el puente del Lola allá donde debía estar atracado. «Como se haya marchado sin mí la llevo clara», pensé, no muy en serio, pues estaba convencido de que era imposible que hubieran terminado la carga con tanta antelación sobre el horario previsto. Pero el barco seguía atracado donde lo había dejado, detrás de las montañas de contenedores apilados en el muelle. Cuando lo vi, entre un hueco entre dos cimas de contenedores, me pareció que las grúas no estaban trabajando, que se encontraban detenidas. No di mucha importancia al hecho, achacándolo a que probablemente los estibadores estarían cambiando de turno. Caminé entre camiones y contenedores y poco antes de alcanzar el muelle del Lola descubrí una pequeña taberna portuaria. No necesité más de un segundo para variar mi derrota y arrumbar directo a ella. Me quedaban aún una monedas en el bolsillo, media hora por la proa antes de entrar de guardia, y el barco estaba a unos cinco minutos a pie, a buen paso, tras todos aquellos contenedores.

Era una de esos típicos bares que puedes encontrar en cualquier puerto del mundo. Pequeño, sucio y descuidado. Baldosas de diseño antiguo, barra de zinc, mesas sencillas de formica. Tras la barra, una colección de botellas de licores fuertes colocadas en repisas tras las cuales había un espejo. El inevitable reloj de pared de propaganda -Cinzano-, un calendario y poca más decoración. Los clientes, cerca de una decena, eran estibadores, amarradores o portuarios, con sus llamativas ropas de trabajo. Sólo me quedaban unos dos euros y medio en el monedero, que calculé más que suficientes para tomar una cerveza fresca, quizás dos, para paliar el calor de la tarde temprana.

-Una birra a la spina, per favore- pedí al hombre tras la barra, que parecía el dueño. Era fornido y alto, más que yo, y de una edad indeterminada que calculo debía superar los cincuenta. La banda de pelo en torno a su cabeza era de un blanco níveo, su calva sólo era surcada por escasos pelos igualmente blancos, que estaban cuidadosamente peinados en líneas rectas pero que ni tan siquiera disimulaban su brillante calva. Sus ojos eran de un azul turquesa intenso, y su mirada muy viva aunque inusualmente serena. Era una mirada inteligente, sagaz. Según supe después, se llamaba Aldo.

Me sirvió una Nastro Azzurro fresca de barril en una jarra grande; dejé mi inseparable mochila en una silla y me instalé en la barra. Entraron unos policías de aspecto típicamente italiano; patillas y perilla cuidadísima uno de ellos, el pelo largo y repeinadísimo hacia atrás con brillantina el otro, ambos con medio kilo de gomina apelmazando sus cabellos. Pidieron sendos espressos, y mientras uno de ellos se retiraba a un aparte para un sospechoso trajín de una especie de vales bonificados con Aldo, el otro charlaba con la camarera que completaba la tripulación del bar. Era ésta una chica menuda, de pelo rubio corto y liso que asomaba bajo la pañoleta anudada en su cabeza. Ojos claros y labios finos, vivaracha y activa. Estaba tatuada, la tinta verdosa recorría su piel mostrando dibujos sencillos aunque esmerados en sus brazos y torso.

El local fue quedando vacío y al poco me vi sólo con la camarera y Aldo, con quienes había trabado ya animada conversación. Pasaban de las cuatro menos diez cuando pregunté cuánto debía, sintiendo tener que regresar a bordo. Me quedé patidifuso cuando Aldo me dijo que eran tres euros. ¡Menudo precio para una birra en un bar cutre de puerto! El gran cartel tras la barra, que informaba que no se aceptaban ni tarjetas ni deudas, no daba más opciones que la de pagar al momento en moneda contante y sonante.

-¿Tres euros…?- pregunté mientras rebuscaba inexistentes monedas en mi mochila.

Aldo me preguntó si esa exclamación era porque me parecía caro o barato. Le respondí que caro, algo caro para una cerveza de barril. Rebusqué en mi monedero, sacando cuanta chatarra tenía y consiguiendo reunir entre todas mis monedas 2,58€. Terriblemente azorado y avergonzado intenté explicar que llevaba el día en la ciudad y sólo me quedaban esas monedas, que creía que me llegarían para una cerveza… Entre la bebida y mi agitación mezclaba español, italiano, gallego y valenciano sin orden ni concierto. Encima, a punto de entrar de guardia y a un par de horas de zarpar, no tenía modo de ir a un cajero o pedir unas monedas a bordo para pagar el precio completo de mi bebida. La chica se había quitado de en medio, dando la espalda mientras arranchaba una de las neveras de bebidas, y yo trataba con Aldo que, sentado en una mesa, recontaba vales acumulados en una caja de cartón clasificándolos en varios montones. Se detuvo un breve instante al oír mis explicaciones, observándome por encima de unas gafas que mantenía apoyadas en la misma punta de su nariz con esa mirada profunda y tranquila suya, cargada de inteligencia, como evaluándome. Volvió a centrarse en sus vales y me dijo que no importaba; que ya la pagaría en otra ocasión, al siguiente viaje. Me deshice en excusas, terriblemente avergonzado, que Aldo aceptó con amabilidad. Hasta la chica, al verme tan azorado, terció para tranquilizarme.

-Tranquillo, ragazzo, nessuno problema- me sonreía, aparentemente divertida.

Salí, pues, del bar del puerto, muerto de vergüenza y con la promesa de regresar al siguiente viaje. A escasos metros recordé que hacía algún tiempo se me había vaciado el monedero en uno de los compartimentos de la mochila y nunca me había molestado en rebuscar todas las monedas esparcidas por él. Me detuve; conseguí reunir veinte céntimos más. Regresé al trote al bar y los añadí a la montañita de monedas con las que había pagado y que aún seguían sobre la barra.

-Incontrare 20cts. piu, ¡ciò fa 2,78 euri!- añadí, y Aldo y la camarera rieron bondadosamente.

-Ciao, ragazzo, ¡bon voyage!- se despidieron, y me encaminé al Lola.

Cuando doblé el último grupo de contenedores y enfilé el largo muelle vi que, aparentemente, las operaciones de carga debían de haber terminado. Las grúas seguían paradas y el muelle estaba desierto. «Ostras, ¡espero que no hayan acabado y estén esperando por mí!» pensé mientras apuraba el paso.  Entonces vi al primer oficial que regresaba corriendo -bueno, lo suyo no es exactamente correr- por el muelle desde la proa del barco. Estaba mirando los calados. Se cruzó conmigo casi a la altura de la pasarela y no se detuvo en su trotar hacia popa, aunque me dijo:

-Ya están llamados los prácticos.

Rediós. Por poco me quedo en tierra. El capitán me interceptó cuando subí la pasarela y estuve a bordo. No parecía enfadado, pero tampoco estaba para bromas. Me dijo lo que suponía: que habían acabado con la carga mucho antes y que el práctico venía ya para el barco.

-Llegaste a tiempo porque tenías que entrar ahora a las cuatro de guardia, que si no quedas en tierra- me dijo -Cuando vayas a tierra tienes que llevar siempre, siempre el teléfono móvil contigo- añadió con su marcado acento gallego.

Asentí con gesto grave, sin abrir la boca. No quería que mi aliento delatara el vino y cerveza que había trasegado. Lo que faltaba. Me cambié y me incorporé a la guardia, comenzando a preparar el puente para hacernos a la Mar.

Cogí el barco por los pelos. Faltó muy poco poco para que el Lola se hiciera a la Mar sin mí mientras yo bebía alegremente una cerveza que no podía pagar en el bar oculto tras las pilas de contenedores amontonados en el muelle, a sólo unos cientos de metros. Habría tenido gracia, la cosa. Pero cosas más absurdas me han pasado ya en la vida. Aunque por otro lado, quince días en Génova hasta que el barco regresara en el siguiente viaje tampoco estarían nada mal, de no ser por lo que me iban a costar.

 

Aquí puede visitarse el álbum de fotografías del Lola.

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