Travesía hasta Génova

Atardecer mediterráneo, fondeados en el Golfo de Génova.

A bordo del Lola , en la Mar, a 30 millas al Este-norleste de Cabo de Gata.

Navegando en demanda del  Cabo de Palos.

A 13 de agosto del 2011. Sábado.

Esta guardia de alba resultó deliciosa. Comenzó a las cuatro de la madrugada, como siempre, y a unas tres millas escasas del dispositivo de separación de tráfico de Cabo de Gata. Durante el tiempo que tardamos en atravesarlo, doblando Gata y arrumbando al Norleste hasta quedar francos de tráfico, no tuve apenas tiempo de disfrutar de la plácida noche. Mi atención estaba centrada en el paso del dispositivo y mis sentidos puestos en los barcos que iban y venían entre el Estrecho de Gibraltar y las rutas mediterráneas que confluyen en el Cabo de Gata. El tráfico no era abundante, pero sí el suficiente para pasar una primera mitad de la guardia entretenida gobernando a los diversos buques.

Una vez doblado Gata y arrumbados al Norleste, en demanda del Cabo de Palos, pude acodarme en la regala del alerón para disfrutar de una plácida, serena y hermosa noche estival mediterránea. La Luna estaba llena, radiante, y comenzaba a descender hacia el horizonte por el Suroeste. Su reflejo marcaba una estela de fulgores argénteos sobre la Mar, estela que venía a confluir en nuestra popa con aquella, lechosa, que el buque dejaba en las aguas en su incansable avance. La Mar estaba calma, apenas rizada por una templada brisa de Levante. Hacia tierra, los faros de Cabo de Gata y la Punta de la Media Naranja sesgaban la noche. El buque se deslizaba perezosamente por las obscuras y quedas aguas mediterráneas, con el monótono sonido de fondo del grave ronroneo de las máquinas.

Me apoyé en la tapa de regala del alerón, con la camisa entreabierta y las mangas arremangadas, y observé la miríada de estrellas que salpicaban el firmamento sobre mí. Repasé mentalmente los nombres y las enfilaciones de las más usadas en navegación, y me vi sorprendido por una inusual cantidad de estrellas fugaces de considerable tamaño que ofrecían un espectáculo fantástico: Eran las Lágrimas de San Lorenzo. Disfruté de la placidez y serenidad del momento. Fue uno de esos ratos en los que uno no puede evitar reconciliarse con el mundo y el Universo, por muy de malas que esté. Todo se olvida, todo parece dar igual, abandonado a un momento de serenidad y belleza tan majestuosa que hace que los asuntos de los hombres pierdan toda importancia y consideración.

La Luna apresuraba su descenso por el Oeste, adquiriendo una tonalidad que pasaba del pálido al amarillento y anaranjado a medida que se acercaba al horizonte. Simultáneamente el alba despuntaba por Levante, hasta que el Sol se alzó por el Este casi en el mismo momento que la Luna se ocultaba por el Oeste. Poco a poco las estrellas fueron desapareciendo y el mundo fue bañándose de color.

Ahora, ya cerca del cambio de guardia de las ocho, el Sol ganó cierta altura y la temperatura es francamente cálida. 28ºC. Las aguas, que se ven de ese color azul cobalto intenso tan mediterráneo, invitan a un chapuzón mañanero.

*   *   *

A bordo del Lola , en la Mar, a unas 60 millas al Sur-Surleste del Cabo San Sebastián.

A 14 de agosto del 2011. Domingo.

Esta madrugada hice mi primera observación astronómica a bordo del Lola, a pesar de llevar ya casi una semana a bordo. Al crepúsculo matutino tomé con el sextante alturas a Júpiter, Altair y Pollux, y luego me senté a hacer el cálculo astronómico para determinar la posición del buque. El resultado me dio muy fino para Júpiter y Pollux, sin embargo era poco razonable para Altair. Sospecho que me equivoqué de estrella porque en el momento de la observación el cielo estaba bastante cubierto de cúmulus, y más que asegurar se intuía que era Altair la observada, no pudiendo precisarlo por estar sus enfilaciones parcialmente ocultas por las nubes.

Más tarde, ya amanecidos, yo seguía enfrascado en mis cálculos. El primer oficial me advitió que bajaba un momento a la cámara, para que vigilara bien la proa. Me levanté para observar el horizonte y al poco descubrí un velero por nuestra amura de estribor, a unas diez millas. Lo observé atentamente a través de los prismáticos. Se trataba de un pequeño velero de unos catorce metros de eslora, aparejo de balandra. No pude distinguir su pabellón. Navegaba a un descuartelar, todo el trapo arriba, aproximadamente a rumbo noroeste. Lo busqué en el radar, descubrí su pequeño eco y lo marqué. Al poco regresó el primer oficial. Le puse al tanto de la novedad, advirtiéndole de que llevábamos rumbos convergentes y probablemente nos cruzaríamos a muy poca distancia, y ambos observamos al velero. Los datos que nos arrojó el radar nos permitieron saber que el balandro nos cortaría la proa a menos de medio cable, demasiado poco. Eso, observé, suponiendo que el débil viento no cayera o rolara, o que el patrón no se pusiera nervioso al vernos venir e hiciera alguna maniobra absurda e inesperada. El primer oficial varío nuestro rumbo tres grados a estribor a fin de dar al velero margen para que pasara con espacio y sin sobresaltos. Aun así, el radar indicaba que la balandra cortaría nuestra proa a poco más de un cable, y luego nosotros su popa a poco más de medio; que, de nuevo, podría ser mucho menos si el viento rolaba o caía. Miré de reojo al primero, que no parecía dispuesto a volver a tocar el timón, y una vez más me pregunté por qué a la mayoría de los marinos mercantes les cuesta taaaannnto variar el rumbo para gobernar al tráfico, sobre todo a veleros y pesqueros. A menudo lo hacen -cuando lo hacen- con desgana, racaneando, y tarde. Observé en voz alta que una vez que el velero nos hubiera cortado la proa pronto lo dejaríamos desventado al socaire, con lo cual perdería casi toda su velocidad y pasaríamos extremadamente cerca de él, más aún de lo que indicaba el radar -que no entiende, con toda su precisión y tecnología, de estos asuntos marineros-. El primero asintió, como considerándolo, y tras unos segundos cayó cinco grados más a estribor. Me sentí satisfecho, recordando la cantidad de veces que yo me crucé con mercantes a bordo de mi vieja balandra, la Capitán Manuel Lara. Produce cierto desasosiego ver acercarse a toda máquina un enorme buque mercante, más aún sabiendo -como yo sé- cómo se cuecen a menudo las guardias de navegación en sus puentes.

El velero al que nos aproximábamos no había variado un ápice su rumbo, no sabría decir si fue por confianza ciega en el Reglamento de abordajes y en la vigilancia del piloto del Lola , o porque ni se enteró de lo que se le venía encima por babor. En ningún momento llegué a distinguir a ningún tripulante en cubierta, lo que refuerza mi suposición de que probablemente se trataba de un patrón y tripulación excesivamente confiados y poco experimentados en un velero de lujo que no merecían. De lo que no me cupo duda fue de que el hombre al mando no era el mejor de los marinos. El velamen no iba trimado con propiedad, las escotas estaban excesivamente cazadas para la brisa que soplaba y el rumbo que llevaba el velero. De lascarlas una o dos brazas sin duda el barco haría mejor andar. Y por otro lado llevaba el chinchorro a remolque en Mar abierta y plena travesía.

Cuando dejamos al velero por nuestro través, a una media milla, y comprobé que no se trataba de un barco marinado por un buen patrón, perdí todo interés en él. Fue entonces cuando vi surgir una columna de espuma justo por nuestra proa, de origen incierto ocultado por la carga de contenedores estibados en cubierta. Creí haber visto mal, con la Mar apenas rizada era imposible que se tratara de una ola hendida por nuestra roda. Pero al rato volvió a surgir, recta, espumeante. Se alzó unas decenas de metros antes de disolverse en el aire. ¿Se trataría de una ballena? Corrí a un alerón con los prismáticos en la mano y desde allí, con mayor ángulo de visión, comprobé que efectivamente se trataba de un cetáceo. Luego, al acercarnos, descubrí que eran en realidad dos. Navegaban éstos perezosamente, sumergiéndose unos metros en las aguas azules para emerger después expulsando el chorro de agua por su espiráculo, mostrando una pequeña aleta dorsal sobre su lomo, gris y brillante.

Deseé que se apartaran de nuestra derrota, no fuéramos a llevárnoslos por la proa. No pude evitar recordar la curiosa ocasión en la que un portacontenedores de nuestra compañía entró en el puerto de Marín con una ballena de veinte toneladas ensartada en su proa. La habían atropellado días atrás, notando los pilotos una considerable reducción en la velocidad que no eran capaces de explicarse. Y navegaron con ella ensartada en la proa hasta que llegaron a puerto, donde causaron asombro y estupor a cuantos fueron testigos de la inusitada imagen.

*   *   *

A bordo del Lola , anclados en el fondeadero de Génova.

A 15 de agosto del 2011. Lunes.

Estoy de guardia en el puente. 38ºC. Sol y moscas. Nada que hacer salvo vigilar el fondeo. El Sol desciende ya por Poniente y hace refulgir el Mar de Liguria con destellos áureos. Las aguas del Golfo de Génova, apenas rizadas por una suave ventolina de levante, tienen un color azul ultramar profundo que incita al chapuzón. Pero aún no tengo confianza con el capitán para proponer el arriado de la escala para bañarnos.

Por nuestro través de estribor, a una milla, está fondeado otro portacontenedores, el Renate Schulte. Pabellón alemán; puerto de registro, Hamburgo. Es de más porte que el nuestro, a través de los prismáticos le distingo diez bahías de carga, todas a proa de la ciudadela. En cubierta lleva tres sólidos puntales; la presencia de estas grúas da a entender que el Renate Schulte toca en su ruta puertos secundarios, probablemente africanos o asiáticos, de esos tan arcaicos que aún no tienen grúas propias o apropiadas para la carga de contenedores y ésta debe llevarse a cabo con los medios del buque.

Por nuestro otro través, el de babor, está fondeado un pequeño carguero de menos de cien metros de eslora, el Dan Supporter. Está a contraluz y no consigo distinguir ni su pabellón ni su puerto de registro. Se trata de un pequeño granelero que no creo que llegue a arquear las tres mil toneladas. Se aprecia en lastre.

Los tres buques estamos anclados en el límite norte del fondeadero, en línea, buscando el veril de los 60 metros. Más hacia el Sur la sonda desciende rápidamente hasta alcanzar los cien metros en su extremo meridional. Frente a nosotros, las casas del Quinto al Mare salpican la costa, con unas vistas privilegiadas sobre el Golfo de Génova.

A lo largo de la tarde observé unos cuantos yates y lanchas navegando las aguas del Golfo de Génova. A ratos me entretenía mirándolos a través de los prismáticos, observando con ojo crítico su navegar y sus maniobras, admirando a los buenos marinos y desaprobando a los malos. Una embarcación a motor que avanzaba hacia nuestra posición desde el Surleste, a bastante distancia, llamó mi atención. Enfoqué hacia allí los prismáticos y, tras un rato durante el cual la embarcación fue aumentando en tamaño y nitidez a medida que se aproximaba, vi que se trataba de una patrullera de la Guardia di Finanza. Cuando estaba apunto de dejar los binoculares otra embarcación me llamó la atención. Se trataba de un velero de cierto porte, dos mástiles, navegando a palo seco. Surgía de detrás del Cabo di Portofino y navegaba perezosamente en nuestra dirección. Lo observé en su andar a medida que su silueta iba agrandándose poco a poco en los círculos de los prismáticos. Se trataba de una goleta de unos 25 metros de eslora, nueva; preciosa, a pesar de no ser de línea clásica. Un hombre de cierta edad, debía aproar ya a los 60 años, gobernaba la gran rueda del timón. Otro hombre al que le calculo unos cuarenta deambulaba por cubierta, ambos con el torso desnudo y enrojecido. Toda la hermosura de la contemplación de la goleta terminaba en su línea. A medida que se aproximaba y podía apreciar los detalles, empecé a menear negativamente la cabeza y a chasquear la lengua desaprobadoramente. La goleta estaba pésimamente arranchada. Cabos sin adujar, tirados en cubierta desordenadamente; las botavaras, con el velamen cargado sobre ellas de cualquier manera, estaban cazadas en ángulos diferentes; el amantillo de una de ellas exageradamente templado hacía que el extremo de ésta apuntara hacia arriba. Era, sin duda, para poder llevar en cubierta, bajo ella, una lancha neumática y una enorme moto de agua. Estaban ambas estibadas de cualquier manera, ocupando sitio necesario e impidiendo la maniobra del velamen. Ello me hizo suponer que a pesar de ser una goleta, los hombres que la tripulaban navegaban exclusivamente a motor. Llevaban aún una tercera embarcación, un chinchorro neumático que iba a remolque; quizás porque ya no quedaba en cubierta dónde meterlo, o quizás por pereza y comodidad. A menudo los domingueros de la Mar navegan remolcando los chinchorros durante las travesías. Observé el pabellón. Inglés. «Menuda vergüenza, navegar así» pensé horrorizado ante la visión. Con la tradición y solera marinera que tienen los ingleses. El primer oficial se había acercado al alerón, a mi lado, a ver pasar la goleta que estaba ya a un cable, o menos, de nosotros.

-Un barco así bien me valía a mí…- comentó, y alzó la mano para saludar a los ingleses. Éstos, contentos por nuestra atención, sonrieron y agitaron sus brazos en nuestra dirección. Yo no me digné a devolverles el saludo a semejantes marineros de agua dulce, encima ingleses. Continué observándolos a través de los prismáticos, agitando desaprobadoramente mi cabeza ante el espectáculo y esperando que notaran mi gesto de disgusto.

 

Aquí puede visitarse el álbum de fotografías del Lola.

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