El polizón

Uno de los estibadores tumbado en el muelle a la sombra del Lola. En África, las cosas se toman con calma.

A bordo del Lola, en la Mar, en los 35º…N y 006º…W. Navegando en demanda del Estrecho de Gibraltar. A 12 de agosto del 2011. Viernes.

Recalamos en Casablanca a media mañana, hora del reloj de bitácora, pero recibimos orden de fondear. Estamos en el mes de Ramadán, festividad religiosa musulmana durante la cual los fieles -y no tan fieles- no pueden comer ni beber durante el día, y es probablemente por ello que reducen considerablemente sus jornadas de trabajo. Sólo trabajan unas horas determinadas durante el día, una especie de servicios mínimos.

Apenas una hora después de haber anclado nos dieron orden de levantar el fondeo y proceder a puerto. Justo a nuestra hora de comer, por supuesto. Siempre sucede así.

Al acercarnos a la boya de recalada fui yo el encargado de ir a recibir al práctico, que llegó a bordo de la pilotina. Se trataba de un moro sorprendentemente joven -para ser práctico- y un tanto vanidoso. Lo conduje al puente y comenzó la maniobra de entrada en puerto y atraque, que a punto estuvo de acabar en desgracia. Para atracar el barco hubo que revirarlo dentro del puerto, para meterlo de popa en la dársena de su muelle. A la entrada de la dársena había fondeada una draga del estilo que cabe esperar en un puerto como Casablanca, vieja y ruinosa. A medida que el barco reviraba la popa iba cayendo sobre la draga con rapidez. El práctico no parecía darle importancia, muy tranquilo y seguro de sí mismo. Sin embargo nuestro capitán se mostraba primero inquieto, luego nervioso y al final visiblemente alarmado. Desde el alerón del puente daba la sensación de que el Lola terminaba tras los contenedores apilados en la cubierta seis, justo tras el puente; sin embargo la popa se prolongaba veinticinco metros más, un espacio que quedaba oculto a la visión tras los contenedores de la cubertada. El capitán advirtió al práctico varias veces, con creciente alarma, del hecho. El moro pareció ignorarlo con desdén. A través de la radio llegó la voz del primer oficial desde toldilla avisando de que no libraríamos la draga, nos abalanzábamos sobre ella. El Lola continuó cayendo con velocidad, los nervios crispados tanto a bordo como en la draga, donde un solitario tripulante se alejó a la carrera de la zona sobre la que el Lola se cernía. Y finalmente… libramos la draga. Por dos palmos, según nos dijeron luego los hombres que estaban en popa. Dos malditos palmos. No nos quedó claro si el práctico no era consciente de la verdadera eslora del buque y libramos de pura chiripa, si el rapaz era un auténtico -y temerario- artista, o si lo que pretendía era que mandáramos a pique la miserable draga para que nuestro seguro les pagara una nueva.

Amarramos en una nueva terminal de contenedores de Casablanca, que no recuerdo que existiera la última vez que atraqué en este puerto, allá por los años noventa. Ésta parecía estar desierta bajo el Sol de mediodía y el polvo africano, pero poco a poco fueron apareciendo los moros. Primero las autoridades, con su codiciosa sonrisa de escualo y sus mochilas vacías que luego, al desembarcar, irían llenas de whisky y tabaco. Después fueron asomando algunos estibadores, que poco a poco se fueron poniendo al tajo con poco entusiasmo. También recibimos a un “wachtman”, una especie de guarda jurado que nos ayudaría -en teoría- a vigilar las más que probables tentativas de saltar a bordo de polizones. Era un hombre mayor, probablemente de más de cincuenta años. El pelo canoso asomaba ensortijado y muy corto bajo su visera. Su tez era muy morena y llevaba barba larga y canosa de típico corte musulmán. A pesar del calor llevaba puesta una pesada zamarra de camuflaje. Era un hombre escuálido y de mirada ausente tras sus gafas, que transmitía más bien poca confianza como vigilante. Se instaló en el portalón, dejando una raída mochila en cubierta. Parecía un hombre reservado, hosco, taciturno. Probé a comunicarme con él; me aproximé con un cordial «la Paz sea contigo, hermano», que no fue tan bien recibido como podía caber esperar. No hablaba español ni gallego, y mi árabe es francamente limitado. Pero pudimos entendernos razonablemente bien en ese típico inglés portuario, rústico, mal hablado y bien entendido en todos los puertos y barcos del mundo. El hombre se llamaba Abdul Kharim; poco a poco fue abriéndose y entablamos una extraña conversación. Al rato mis deberes me llevaron a otra parte, a proa, a donde me acerqué para intentar averiguar por qué demonios la descarga se había detenido nada más comenzar. Cuando regresé al portalón me encontré a Abdul en proceso de sacar de su andrajosa mochila una especie de esterilla vieja y raída bordada con motivos religiosos. Observó al cielo y los edificios con ojo experto, y la extendió sobre cubierta orientada hacia La Meca. Se postró, y oró con admirable devoción.

Me alejé respetuosamente, no queriendo molestarle. Descendí la escala hasta tierra y avancé por el muelle. Las operaciones habían comenzado un rato atrás. Se habían descargado dos contenedores y luego, con un contenedor colgando de la grúa a varias decenas de metros sobre el barco, todo se había detenido. Caminé por tierra hacia proa y allí, hablando con el capataz de tierra, me enteré de lo que pasaba: la grúa se había escacharrado. En fin, las cosas de Marruecos.

Con el contenedor suspendido sobre cubierta y la única grúa disponible averiada, la operativa se detuvo… indefinidamente. Algunos moros subían y bajaban por las escaleras de la grúa sin demasiada prisa, trepando hasta la caja de mecanismos y la cabina de control, y de tanto en tanto oían ruidos metálicos, golpes y chasquidos provenientes de allá arriba.

Regresé al portalón, donde Abdul Kharim había finalizado sus rezos. Estaba sentado sobre uno de los respiros de los tanques que asoman en cubierta, recostado contra la barandilla. Su cabeza caía sobre el pecho, arrugando las barbas. Me pregunté, con cierta alarma, si le habría dado un patatús al anciano vigilante y me acerqué con cautela mientras pensaba «al menos la habrá palmado en Paz con su Dios, tuvo tiempo de rezar». Lo observé de cerca, vi subir y bajar su pecho levemente al compás de los ligeros y agudos ronquidos que sus ancianos pulmones emitían. «En paz está, de eso no cabe duda» pensé.

Me acodé en la barandilla a tiempo de ver acercarse a la escala a otro moro, cargado con grandes bolsas de basura. «A ver éste qué carallo quiere», pensé entre mí. Subió trabajosamente por la escala, cargado con sus voluminosas bolsas; debía pasar de los cuarenta años, bajito, tez muy morena, pelo entrecano y mostacho. Lo intercepté en cuanto pisó cubierta. Iba a tirar a saludarle y preguntarle qué le traía por aquí cuando, soltando los bultos, sonrió de oreja a oreja y me saludó en español con una cordialidad que rozaba el íntimo colegueo.

-¡Hooolaaa amigooo!- exclamó, abriendo los brazos de tal modo que temí que fuera a darme un abrazo y unas palmadas en la espalda, lo que me hizo retroceder instintivamente dos pasos. Iba a aclararle que se equivocaba de fulano, que no era yo el amigo que creía cuando, aún sin haber yo tenido tiempo ni de decir ‘hola’ continuó parloteando -Españaaa… ¡aaah, maravilla, maravilla! ¡Bienvenido, amigo! ¿Cómo estás?

-Pues francamente desconcertado, buen hombre. A ver, ¿qué le trae por aquí?- pregunté alternando mi mirada entre el pequeño hombre y los sacos que descansaban a su lado, que no dejaban de causarme cierto recelo.

-¡Mira, mira, amigo mío! ¡Las cosas fantásticas que traigo!- exclamó echando mano a las bolsas. Abrió la primera y comenzó a extraer de su interior una colección de sombreros de piel de diversos cortes, otra de camellos hechos igualmente en piel, con sus bridas, alforjas y demás accesorios, mientras exaltaba la belleza y virtudes de sus productos típicos artesanales. En apenas unos minutos había desplegado en cubierta todo un muestrario de diversas cosas echas en piel, con más o menos gracia, mientras no cesaba en su parloteo en el que alternaba halagos a España y a mi persona, y halagos a sus mercadurías. «Dios mío, ¡es el señor Oliveira da Figueira en moro!» pensé con terror, recordando al pintoresco mercader portugués amigo de Tintín y el capitán Haddock. Hasta el mostachito era parecido.

-No, mire, verá….- intentaba yo cortar, inútilmente, la charla de Omar, que así se había presentado- Si es que no… que no, se lo agradezco…

-¡Pero tú mira, amigo mío! ¿Verdad que es precioso? ¡Mira el camellito…!

-Que no, de verdad, caramba. Se lo agradezco pero…

-¡Esto no vas a encontrar por ahí, todo bueno, todo artesano! ¡Piel de verdad, a mano!- continuó Omar con entusiasmo, sin dejarse vencer por mis negativas. Puso uno de esos camellitos en mis manos, obligándome a cogerlo.

-Mire, buen hombre, si es que no tengo dinero…

-¡Tú tranquilo, no importa dinero! Primero tú deja que yo enseña, luego sentamos a hablar de negocios… ¡ya pagarás! Si no hoy, cuando tú vuelves otro viaje.

En ese momento apareció el primer oficial, saliendo a cubierta con el mal humor que le caracteriza durante las estancias en puerto y las operaciones de carga.

-¡Primero!- grité, llamando su atención. Volviéndome a Omar le guiñé un ojo y le dije por lo bajo -Te voy a presentar al primer oficial, es un buen hombre, muy amable, y le encantan estas cosas… ¡seguro que te compra algo!

Me acerqué al primero, que ya venía hacia nosotros, y cogiéndolo amablemente del brazo lo conduje hasta Omar, que sonreía encantado ante la perspectiva de nuevos clientes.

-Te presento a Omar…  Omar, nuestro primer oficial- los presenté maliciosamente- No sé qué dice de… en fin, ¡que te explique él!

Y me apresuré a alejarme, escurriendo el bulto y sonriendo malévolamente tras encasquetarle el pesado vendedor al primer oficial, escuchando como Omar comenzaba de nuevo a exaltar las virtudes de los camellitos y los sombreros con renovados ánimos y ese fraternal colegueo suyo.

-¡Que no, coño, a tomar por culo!- fue lo último que escuché gritar al malhumorado primero a mis espaldas antes de doblar la esquina apresuradamente y perderlos de vista y oído, riéndome yo ya a mandíbula batiente.

Finalmente, media hora después, la grúa comenzó a moverse nuevamente… aunque por poco tiempo. Se echó encima la hora de detener el trabajo por causa del Ramadán, y el muelle quedó desierto durante horas. A las ocho de la tarde finalizó mi guardia y, antes de retirarme, me acerqué a la banda de estribor, la opuesta a la del muelle, para observar el iluminado minarete de la gran mezquita Hassan II -el templo más alto del mundo y el segundo más grande-  y el potente rayo láser que brota de su cima apuntando con precisión a La Meca.

Allí estaba, apoyado en la barandilla, meditando en la curiosa concesión a la modernidad que había hecho una sociedad tan conservadora y tradicionalista como la musulmana al instalar un potente rayo láser verde en una mezquita, cuando oí a nuestro contramaestre dar gritos desde la popa.

Acudí a toldilla corriendo, llegando prácticamente a la vez que el engrasador y un marinero. El contramaestre señaló a las piedras de la escollera a popa del Lola y ordenó al marinero ir a avisar al vigilante moro que teníamos en el portalón. Miré en la dirección que indicaba el contramaestre y vi a un muchacho joven y ágil saltando por las piedras, con una pequeña mochila a la espalda. Era un polizón.

Llegó el vigilante moro desde el portalón, haciendo sonar su potente silbato sin parar, resonando su estridente pitido en la tranquilidad de la dársena. El muchacho, sabiéndose descubierto, se agazapó entre las piedras como una animal huidizo y asustado. Se alzó de nuevo y saltó de piedra en piedra, buscando una escapatoria o un refugio, resistiéndose a perder la esperanza; pero dio un resbalón en los húmedos escollos y se pegó un terrible batacazo en las rocas. No tardó en ponerse de nuevo en cuclillas, observando asustado a todas partes mientras seguían resonando, fatídicos e incansables, los estridentes pitidos del silbato del vigilante. Por el muelle más allá de la escollera vimos acercarse a la carrera a una escuadra de policías moros, alertados por las señales de nuestro vigía. La Suerte del polizón estaba echada. Aún intentó, en vano, con desesperación, correr por las húmedas rocas, ora saltando por las piedras ora agazapándose entre ellas, como un animalillo aterrado que nota a su depredador muy cerca, cerniéndose implacable sobre él. Los policías llegaron a la escollera y gritaron algo al joven moro de la mochila que, viéndose irremisiblemente perdido, trepó despacio por las piedras hasta el muelle en el que lo esperaban los guardias con sus largas varas.

Lo agarraron y zarandearon, y se lo llevaron poco menos que a rastras. «Mala Suerte, muchacho» murmuré con cierta tristeza. Los policías se cuidaron de golpear al desdichado polizón delante de nosotros, pero probablemente esa noche le habrán dado lo suyo.  Es costumbre, cuando atrapan a algún polizón, golpearles los pies con las varas hasta romperles los huesos. Probablemente les golpeen sistemáticamente, con crueldad, con la sangre fría del verdugo profesional, conocedor del oficio, que golpea al muchacho quebrando metódicamente los huesos de sus pies.

A menudo son niños los que se rifan la vida para intentar saltar a bordo como polizones, aunque éste debía de estar ya cerca de la veintena. Muy mal lo tienen que pasar en su país, los pobres diablos, para jugarse el pellejo en una aventura así. Saben lo que se juegan, no hay engaño; a veces, pocas, algunos ganan. Las más, pierden. Como poco la oportunidad, sino también la vida. Conocen las reglas, las aceptan y asumen el riesgo.

Esta noche, a este muchacho le vinieron mal dadas.

 

Aquí puede visitarse el álbum de fotografías del Lola.

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