Llegada al Lola

Llegada al Lola, atracado en el puerto de Las Palmas. En este buque navegaré durante los próximos meses.

A bordo del Lola, fondeados frente a Casablanca, Marruecos.

A 11 de agosto del 2011. Jueves.

Aprovecho el primer rato libre que tengo desde que llegué a bordo para sentarme a escribir, y lo hago rememorando los sucesos que me trajeron hasta aquí, hasta el Lola, y hasta las costas africanas. Me encontraba hace una semana languideciendo en la Playa de Almenara a la espera de la llamada que me confirmaría mi próximo embarque. Eran tres las navieras que habían mostrado interés en enrolarme, pero cansado de esperar en tierra decidí aceptar la primera de las llamadas, fuera cual fuera. Ésta resultó ser la de la Naviera Valenciana, con la que ya embarqué a principios de este año en otro de sus buques, el Reyes. A pesar de que la compañía no pasa por sus mejores momentos me gusta por diversos motivos. Se trata de una naviera valenciana, de las tierras en las que resido, y embarcar con ellos me produce una cierta sensación de estar más cerca de casa. Además, como decía, ya trabajé con ellos en el pasado y la experiencia fue buena.

Recibí la primera noticia de mi embarque en el Lola el jueves 28; se daba por hecho aunque quedaba a espera de la confirmación, de la aceptación por parte del capitán y de recibir los detalles del viaje y del embarque. Todo ello me llegó una semana más tarde, al siguiente jueves, junto con la fecha y puerto en el que saltar a bordo: En Las Palmas, el lunes 8. Sólo cuatro días después, y con un fin de semana de por medio.

Habitualmente no necesito más de veinte minutos para liar mi petate con lo necesario para una marea de varios meses pero en esta ocasión necesitaba, además, zanjar un importante asunto en tierra antes de hacerme a la Mar: gestionarme un seguro. Dediqué la siguiente mañana, la del viernes, a intentar subscribir el susodicho seguro para poder embarcar. Rodé durante seis horas por diferentes agencias y corredurías del centro de la ciudad -Valencia- y telefoneé a cuantas aseguradoras conozco y pude localizar en Internet, sin éxito alguno: O no sabían de qué tipo de seguro se trataba, o no sabían qué opciones marcar en el sistema o cómo hacerlo, o tendrían que enviarlo a revisar o aprobar y tardaría días, o la persona encargada no estaba, o sencillamente no les daba la gana de trabajar y me remitían a otra aseguradora mientras mordisqueaban una rosquilleta con indiferencia. En fin; siendo viernes, siendo agosto y siendo España…  ¿qué otra cosa podía esperar?

A las cuatro de la tarde arrojé la toalla, descorazonado, y me fui a comer a una céntrica taberna, La Taberna de la Reina. Sin embargo a la mañana siguiente, sábado, recordé que El Corte Inglés, de quien soy cliente, tiene una agencia de seguros. Acudí presto a quemar el último cartucho y allí fui atendido de maravilla, como siempre. Con rapidez, eficacia, profesionalidad y amabilidad. Una hora más tarde salía del centro con mis pólizas bajo el brazo y me sentaba en una terraza del casco viejo a obsequiarme una tabla de jamón y una botella de vino.
Temprano en la mañana del lunes cogí en Manises el aeroplano que me llevó hasta Las Palmas. Fue la primera vez en mucho tiempo, más del que alcanzo a recordar, que no tuve ningún tipo de problema en un aeropuerto antes de subir al aparato: Ni en facturación, ni en los irracionales controles de seguridad, ni en el embarque. Los viajes en avión y yo no nos llevamos nada bien. Fui de los últimos en embarcar y cuando me acercaba a la puerta indicada en los paneles me atendió una azafata que me pidió carnet y billete.

-¿Es esa avioneta…?- pregunté a la azafata mientras le extendía el billete, señalando a un solitario aparato fondeado en la pista cercana. Uno de esos pequeñitos, con hélices en las alas, que me recuerdan siempre a las películas de Indiana Jones y que destilan emoción y aventura.

-Es un “avión”- repuso la azafata, muy seria y seca, como ofendida. -Sí, es ése. Ese avión.

-”Avión”. Ya. Muchas gracias.

Me encaminé al pequeño aparato, subí con recelo tras santiguarme y encomendarme a Dios y al Diablo, y ocupé mi asiento -en primera fila- tras golpearme la cabeza tres o cuatro veces en el minúsculo compartimento. Me recordaba a una de esas casetas de tortura en las que el suplicio consiste en que el prisionero es absolutamente incapaz de estar estirado en ninguna postura: Ni en pie, ni tumbado, ni en modo alguno. En eso meditaba cuando tuvo lugar una extraña situación que no llegué a entender del todo bien. Se ve que un grupo de viajeros estaban esperando a que llegáramos los ocupantes de las últimas dos butacas que quedaban libres para hacer un cambio de sitio múltiple. Esperaron a que yo estuviera sentado para preguntarme si no tendría inconveniente.

-Faltaría más, señora- respondí mientras me levantaba, golpeando nuevamente mi cabeza al incorporarme y enredándome un pie en una de las correas de mi mochila. A la vista del cambio que estábamos haciendo y de la nueva configuración, otros pasajeros de las butacas de detrás nos preguntaron si no nos importaría…

-Claro, claro, cómo no-. Y entonces tuvo lugar una extraña y rocambolesca escena que parecía una mezcla del “Enredos” (o “Twister”), las sillas musicales y el camarote de los Hermanos Marx. Siete pasajeros, creo -no era fácil contar cuántos estábamos trepando unos sobre otros-, intentando reubicarse en un espacio tan reducido en el que apenas dos se podían cruzar, todos pidiendo mil excusas por un pisotón o codazo, ninguno sabiendo muy bien dónde esperaban los demás que nos colocáramos y todos procurando llevar con nosotros nuestros equipajes de mano.

Al final, tras cinco ridículos minutos de rozamientos, pisotones, disculpas e incertidumbre, todos acabamos nuevamente sentados. Observé con suspicacia que dos de las personas que habían entrado en el juego volvían a estar sentadas en el mismo lugar que antes del cambio, y me pregunté si no nos habrían tomado el pelo.

Por fin el aviador hizo girar las hélices y, entre meneos y traqueteos muy poco tranquilizadores, el aparato despegó. (Recuérdese mi aversión a volar, en Esos locos inconscientes en sus aparatos voladores)
Tres angustiosas horas después tomábamos tierra en Las Palmas. Durante el trayecto pude ver, creo que por primera vez en mi vida, el Estrecho de Gibraltar desde los cielos. Fue una visión muy bonita e interesante que se prolongó más de diez minutos durante los cuales observé y reconocí los cabos y las puntas tantas veces marcados desde a bordo a través de las lidadas. Camarinal, Cires, Punta Europa… En los próximos meses yo cruzaría ese mismo estrecho dos veces por viaje, igual que esos barcos mercantes que se divisaban allá abajo, siguiendo sus derrotas sobre una Mar azul sesgada de estelas blancas.

Desde el aeródromo cogí una guagua en la que recorrí los treinta quilómetros que me separaban de la ciudad. En la estación de autobuses tomé un taxi que me llevó hasta la terminal de contenedores del puerto de Las Palmas. Una vez en el puerto fuimos buscando el barco, con poco éxito en principio. Tras rodar por la Terminal de La Luz un buen rato a la busca del Lola, conseguí descubrir entre dos enormes montañas de contenedores apilados una chimenea roja con la contraseña de la Naviera Valenciana pintada en blanco. ¡Ahí estaba! El taxi frenó en seco y maniobró para dirigirse a ella.

Pero cuando arrumbábamos en su dirección llegamos al acceso del muelle y un guarda jurado nos detuvo. Le expliqué que yo era tripulante del Lola y que iba a enrolar, cargado con mi equipaje. Fue inflexible, y prohibió al taxi que continuara más allá.

Resignado, pagué el importe de la carrera y continué a pie. Avancé entre pilas de contenedores unos cientos de metros, petate al hombro, en dirección a la chimenea roja antes avistada. Y cuando sorteé la última hilera de contenedores me encontré con que… no era el Lola. Se trataba del Vero, también de la Naviera Valenciana. El resto del larguísimo muelle estaba absolutamente vacío, ningún otro buque atracado. Me sentí preso de la desazón. Caminé hasta un grupo de operarios que había allí cerca, frente al Vero. Uno impartía órdenes a los otros dos, señalando autoritariamente con su brazo mientras consultaba unos impresos. Les pregunté si tenían idea de dónde demonios estaba atracado el Lola, pero no lo sabían. Uno de ellos tuvo la idea de sugerir que quizás fuese un barco que estaba amarrado al final del muelle, tras el recodo de la cabecera. Recordaba haber visto allí un buque esa mañana. Por desgracia era imposible divisarlo tras las montañas de contenedores que, apilados ordenadamente, poblaban los muelles en prácticamente toda su extensión.

Exhalé un resignado suspiro mientras observé el larguísimo, eterno, muelle. Me eché el petate al hombro, lastrado con el peso del montón de libros que me traje para la campaña, y comencé a caminar bajo el infernal sol que, cayendo a plomo en pleno mediodía de primeros de agosto, abrasaba el puerto de Las Palmas.

Recorrí el larguísimo muelle sudando la gota gorda y respiré aliviado cuando, tras superar la última hilera de contenedores, vi ante mí una popa azul en cuyo espejo se leía en grandes letras blancas el nombre del buque: Lola. Me senté unos minutos a recobrar aire y pulso, maldiciendo una vez más al guarda que impidió el paso a mi taxi, y enjugué el sudor de mi frente. Con mis constantes vitales restablecidas subí la escala del Lola y me presenté a bordo.
Luego todo sucedió muy rápido. El primer oficial me mostró mi camarote, donde dejar mi petate, y la cámara de oficiales, donde conocí al resto de oficiales y al capitán y comí con fruición en un ambiente agradable; y antes de que me diera cuenta ya estaba inmerso en la rutina de a bordo. Continuaron las operaciones de carga aunque no largamos amarras a su conclusión. Había una avería en el eje de cola que nos mantuvo amarrados en Las Palmas un día más, y aproveché para recorrer el buque para conocerlo y familiarizarme con él.

Al día siguiente, con las reparaciones finalizadas, largamos cabos en demanda del puerto de Casablanca, frente al cual estamos ahora fondeados. Es el mes de Ramadán y durante este período los puertos musulmanes trabajan en servicios mínimos, si trabajan; sólo funcionan en determinadas franjas horarias durante el día. Por ello nos hemos visto obligados a anclar frente al puerto a la espera de que se reanuden en él las operaciones y la Autoridad nos dé permiso de entrada. Y así, aprovecho estos momentos de calma para escribir, sentado frente a la mesa de mi camarote -el más amplio, con mucha diferencia, que jamás he tenido- inundado por la intensa y cálida luminosidad del atardecer africano, y mecido por la mar de leva atlántica, en su incesante vaivén. 

 

Aquí puede visitarse el álbum de fotografías del Lola.

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