El eterno debate taurino

El Juli frente a su segundo toro de la tarde en la Plaza de Toros de Valencia.

Valencia, a 24 de julio de 2011. Domingo.

    El viernes pasado asistí a mi primera corrida de toros. Hacía mucho tiempo que quería ver una y el entusiasmo me acompañó desde el momento en el que decidí acudir a ésta. Se trataba de la penúltima corrida de la Feria de Valencia de este año, que decían los entendidos que presentaba el mejor cartel de la temporada: seis bravos toros, seis, para los matadores Enrique Ponce, El Juli y José María Manzanares. Estuve situado en la quinta fila del tendido, un buen lugar. Tuve la fortuna de tener a mi lado a dos veteranos taurinos, Pedro y Miguel, con los que pronto trabé conversación, y que se encargaron de explicarme cuanto iba sucediendo, con todo lujo de detalles. No pude hacer menos que invitarles a unas cañas más tarde.

Hacía, como decía, mucho tiempo que quería ver una corrida de toros en vivo. Me parecía que debía conocer y sentir una de nuestras ancestrales tradiciones, una fiesta que es parte de la esencia española en muchos aspectos, no sólo en el mero sentido del espectáculo, que lo es; ni en lo que tiene de arte, que lo tiene; no sólo por su imagen y proyección mundial. También refleja, creo, parte de nuestro carácter e historia.

Quería también vivir una para poder intentar formarme una opinión acerca del toreo, tema siempre candente y polémico sobre el que no me podía pronunciar por desconocerlo, por no haberlo visto ni vivido. En corto: No tenía opinión y quería formarme una. Qué mejor modo que viviéndolo en primera persona.

No sé si volveré a ver alguna corrida de toros en mi vida; me conmovió demasiado ver como la sangre brotaba a borbotones por el hocico del animal, aún en pie, tras la estocada. Parecía la descarga de una mortal bomba de achique que vaciaba las entrañas del animal, llevándose con la sangre el hálito de la vida. Hubo momentos de la corrida en los que sentí emoción y tensión. Instantes en los que no pude evitar ponerme en pie de un salto y ovacionar con un exaltado ‘ole’ al torero. Hubo momentos muy bellos, hermosos. Sin embargo experimenté un abrumador contraste tras cada una de las seis estocadas, asestadas con mayor o menor fortuna, por los tres diestros del cartel. Cuando la abarrotada plaza estaba entera en pie, ovacionando al matador tras la estocada, y el noble animal agonizaba, no pude evitar guardar respetuoso silencio, sintiendo pena por el bravo toro que exhalaba, aún fiero y desafiante, sus últimos estertores. Me sentí profundamente conmovido y triste. Hasta tal punto que, en uno de los descabellos en el que el puntillero, torpe, no conseguía acabar con la vida del moribundo toro tras la estocada, intentando en vano clavar un cuchillo -la puntilla- en la cerviz del animal agonizante, no pude evitar volver a levantarme fuera de mí y aullar –”¡Jodido inútil, acaba de una puta vez!”– ante los rostros de los que me rodeaban, visiblemente perplejos, aterrorizados, desaprobadores, indignados o disgustados.

Sentí, durante toda la tarde, emociones muy intensas y encontradas.

Quise compartir desde la plaza algunos momentos con mis amigos en Facebook, colgando un par de fotografías, y el clásico debate taurino no tardó en surgir. Y yo, aún sin saber si soy taurino, detractor o neutral, me siento días después a intentar hacer una reflexión y un análisis de todo este asunto.

No me meto, desde luego, en los gustos ni opiniones de nadie. Para gustos se pintan colores y para maricas, flores. Mientras no se moleste u ofenda al prójimo, cada cual que se entretenga con lo que le plazca y respete los gustos de los demás.

Hay sin embargo ciertos puntos más allá del mero gusto o pasión, aspectos que intentan justificar o detractar el toreo. El más obvio y, quizás, delicado, es el de trato al toro. A menudo se califica al toreo de bárbaro, salvaje, cruel o incivilizado.

Pero… ¿son los veinte minutos de toreo más crueles que la vida entera de, por ejemplo, una gallina ponedora en una granja industrial? En mi opinión, no. Pero nadie ve a esas gallinas y las condiciones en las que están. “Al menos no se hace de ello un espectáculo”, dirán. Cierto. Se hace un negocio; un negocio en el que todos participamos… comprando y comiendo huevos. “Pero es que son para comer, ¡eso es otra cosa!” podrán argüir. Pues sí. Pero resulta que también se comen los toros de lidia muertos en el ruedo.

Los toros de lidia son criados precisamente para eso, para ser lidiados. Igual que se crían las vacas, los gorrinos o, más lamentablemente, las martas o los visones, con un propósito. ¿No es más cruel el apaleamiento de focas? ¿No es más despiadada la caza de ballenas? ¿No es más estúpida la esquilma de caladeros de atún? ¿No es más atroz la captura de tiburones -por mal que me caigan- para cortar su aleta en vivo y luego arrojarlos de vuelta a la Mar para que mueran lentamente, indefensos y sin poder nadar, desangrándose?

O, cambiando de tercio -la expresión taurina viene al pelo-, ¿es el toreo menos humano que el boxeo? ¿Es más cruel e inhumano que la eterna guerra del Congo? ¿Es menos civilizado que un país, teóricamente primermundista, con un 21% de población parada, un 17% de funcionarios repartidos en tres administraciones -central, autonómica y municipal-, un nivel educativo que roza el del paleolítico -ver PISA–  y un coso llamado Congreso donde el arte consiste en torear al ciudadano de a pie, clavándole banderilla tras banderilla, con el sólo propósito de enriquecerse y acaparar peso en el juego del poder?

No puedo dejar de hacer una curiosa observación a los detractores del toreo, que es que no recuerdo que nadie ponga el grito en el cielo por los encierros de  los Sanfermines, cuando el objeto del encierro es, precisamente, llevar al toro al coso donde será matado a media tarde.

Hay quienes dicen que es incivilizado. Sin embargo, la civilización no es sino el conjunto o amalgama de saber, conocimiento, cultura, costumbres, civismo y evolución de una sociedad avanzada, o el estadio de evolución de dicha sociedad. No puede, por tanto, considerarse la tauromaquia como incivilizada en España, puesto que es patrimonio histórico y cultural de nuestro país, es una práctica que hunde sus raíces en tiempos inmemoriales. Desde los espectáculos con los “auroch” en la Hispania romana, los precursores aquí del asunto -aunque por lo visto la cosa ya viene de la edad de bronce-, pasando por los espectáculos taurinos del medievo hasta llegar al toreo contemporáneo, a lo largo de toda la historia de España el toreo ha estado continua e indisolublemente unido a nuestra cultura, siendo un espectáculo popular y arraigado. La tauromaquia es parte de nuestra cultura e identidad, es algo tan español como La Giralda, la paella o la envidia y la mala leche. Por ello no puede decirse que sea algo incivilizado, todo lo contrario.

Hay también quien se escandaliza cuando se habla del toreo como arte. No obstante, ciñéndonos a la definición de la Real Academia -acepciones segunda, tercera o cuarta-, el toreo sí es un arte. Un arte cruel, cierto. Pero arte.

Y está también el innegable valor del torero, que se planta gallardo, impasible -la procesión irá por dentro, supongo- ante más de media tonelada de músculo astado que embiste, viendo una y otra vez pasar la muerte en forma de pitón a centímetros del pellejo. Hay que tenerlos bien puestos. Y hay que saber lo que se hace.

El toreo es casta, valor y orgullo. Chulería. Arte, oficio, historia y cultura. El toro muere, cuando muere, de forma muy digna. En pie, luchando con bravura, sin arredrarse. Como cualquier hombre hecho y derecho podría desear morir, si tal cosa fuera posible. Con honradez, decencia y valentía. Con casta. Y teniendo la oportunidad de llevarse al torero por la proa, cosa que a veces -para mi sumo deleite (llámenme ahora salvaje o incivilizado)- sucede. O la oportunidad de ser indultado, que también a veces pasa. Eso es infinitamente más de lo que puede decirse del gorrino, la vaca, el pollo, la gallina o el visón que están irremisiblemente sentenciados y condenados desde su nacimiento a una vida cautiva y miserable, hacinados, torturados, mutilados y maltratados hasta ser sacrificados para llenar el buche de unos y el bolsillo de otros. El toro de lidia al menos vive feliz y razonablemente libre por el monte, y muere de forma digna. Cruel, pero digna. A menos que, como decía, sea indultado.

Pero, sobre todo, el toro tiene su oportunidad en el ruedo. Su oportunidad de justicia y de venganza. De meterle un cuerno por el culo al cabrón del torero, con toda su chulería, y ponerlo mirando a Triana. Eso es algo impagable, y algo que ningún otro animal criado y condenado tiene ni tendrá nunca.

Bien, ya experimenté el ver de cerca y en primera persona una corrida. En una plaza de primera y con un buen cartel, además. El mejor de la temporada, según decían los entendidos. Pude ver el desarrollo completo del espectáculo, con dos taurinos veteranos explicándome todos los entresijos, los porqués y los detalles. Pude ver como se pica, ‘abanderilla’  y apuntilla a un toro. Cómo se le da la estocada mortal, con más o menos habilidad. Cómo mana la sangre por el lomo como agua por el espiráculo de una ballena, y como brota la sangre a borbotones, a raudales, por el hocico -boca y narices- tras la certera estocada, mientras el animal resolla broncamente -el sonido es estremecedor- y, noble y valiente, observa aún desafiante a sus contrincantes, cual si pensara «como te me arrimes te ensarto por la femoral. Cabrón».

Desde el viernes a hoy maceré mucho sobre este asunto. Intenté ordenar mis emociones y pensamientos meditando acerca de lo vivido en la plaza, llamando a gente docta en la materia para entrevistarla -conocidos míos versados en el tema (detractores y defensores, escucho atentamente a todos)-;  leyendo algo, lo poco que pude conseguir, sobre el tema. Y con todo ello intentando componer esta especie de conclusión inconclusa.

Lo cierto es que me siento confuso al respecto; si tuviera que dar mi voto a favor o en contra de la abolición de las corridas, sinceramente no sabría qué hacer. Ello no significa que el asunto me resulte indiferente, todo lo contrario. Confieso que me conmovió más, mucho más, ver la muerte del toro en el ruedo que ver una muerte humana violenta, que también vi más de una. Quizás tenga que asistir a algunas otras corridas y leer y aprender más sobre todo ello, a fin de mejor comprender.

Pero tampoco pretendo llegar a conclusiones definitivas, el debate del toreo lleva siglos abierto y sería muy presuntuoso pretender alcanzar una verdad absoluta, desde mi desconocimiento en la materia, allá donde famosos defensores y detractores de la talla de Ortega y Gasset, Unamuno, García Lorca, Tierno Galván, Larra, Valle-Inclán o Moratín no lo han conseguido.

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