La soledad del marino

Playa de Almenara, a 29 de mayo del 2011. Domingo.

    Tarde perezosa en la Playa de Almenara. A una mañana ociosa siguió una pantagruélica comida y, tras ella, la consecuente siesta. Subí a mi camarote y me tumbé en la cama, sobre la suave colcha beige de verano. A través de la ventana abierta llegaba el rumor de las olas batiendo en la playa,  y la brisa marina hacía ondular caprichosamente las largas cortinas de lino, a través de las cuales se filtraba la luminosidad del mediodía mediterráneo. Junto a la ventana tengo uno de esos colgantes que tintinean con el movimiento; con la brisa, los pequeños delfines metálicos que penden de sus hilos campanean con delicadeza. Es un recuerdo que traje hace años de… de algún puerto del Mediterráneo oriental, aunque no recuerdo ya cual. Quizás fuera Tesalónica, o Suda. O tal vez Antalya, o Limassol. Chi lo sa. 

Me sentí placenteramente a gusto tumbado, suspendido en ese impreciso estado de duermevela, a punto de dejarme llevar desde el viejo Mediterráneo al fascinante mundo de los sueños.

Pero los cumulonimbus que se arremolinaban a mediodía al norte acabaron por descargar los previsibles chubascos que me despertaron de la siesta; algunos goterones atrevidos mojaron mis pies, próximos a la ventana, y me despertaron recordando al Juan Sin Miedo del cuento de los Hermanos Grimm.

Me  estiré, desperezándome, y me dejé llevar por los pensamientos. La anterior claridad de la estancia había dado paso a la penumbra de los nubarrones. El suave movimento ondulante de las cortinas de lino era ahora violento, como el gualdrapeo de las velas al orzar. Los goterones repiqueteaban afuera y aún se oía el sordo rumor de la Mar en su incesante vaivén. Por lo demás, silencio. Silencio y soledad.

Y allí, en mi inmóvil camarote de tierra, la soledad del marino se cernió una vez más sobre mí.

Es creencia común entre la gente de tierra que la llamada soledad del marino es un fantasma que acecha en los barcos que surcan mares y océanos. Pero es en tierra donde este fantasma se deja sentir con más intensidad, causando estragos en hombres curtidos y arrastrando a tantos pobres diablos a la bebida. Los marinos pasan -pasamos- más tiempo en la Mar que en tierra. Mucho más. Largos meses separados de nuestros ambientes, de nuestras familias, de nuestros hogares. Durante las campañas, o mareas, los compañeros de tripulación se convierten también en familia. Y, como en todas las familias, no siempre bien avenidos; pero ése es otro cantar. Juntos arrostramos las vicisitudes de la vida marinera, los rigores de la Mar, los peligros del día a día. Viviendo a menudo con la sombra del naufragio planeando sobre nuestras cabezas, padeciendo inclemencias meteorológicas que van de los fríos polares a los calores tropicales, de las tempestades de las altas latitudes a las calmas ecuatoriales. Capeando temporales con el corazón en un puño y la incertidumbre propia de tales lances, que a la larga acaba por desarrollar en los marinos ese fatalismo tan característico como peculiar.
A pesar del compañerismo y de los fuertes lazos de amistad que se forjan en la Mar, vivimos a bordo sometidos a una jerarquía clara y definida. Aquello que yo tiendo a llamar despotismo naval, que es además, a mi juicio, el más acertado de los sistemas de gobierno y el único que lleva funcionando ininterrumpidamente desde los albores de los tiempos; desde los tiempos de Ulises, el navegante primigenio, que ya surcaba el Mediterráneo ocho siglos antes de Cristo, hasta el día de hoy. Pero sea cual sea el cargo del tripulante, todos sufrimos las incomodidades de la vida a bordo, los azares y peligros de la Mar, la lejanía del hogar y la soledad.

No obstante es en tierra, como decía al principio, donde el sentimento de soledad arrecia. Cuando llega el día de embarcar saltamos a bordo con el petate al hombro y navegamos una cantidad variable de meses, meses durante los cuales la vida en tierra continúa sin nosotros. Al regresar nos encontramos cambios, y apenas da tiempo a acoplarse a ellos durante las vacaciones cuando llega el momento de volver a hacerse a la Mar. Y así sucesivamente. Pasa el tiempo y la vida en tierra va cambiando. Unos que vienen, otros que se van. Amigos que ya no están, otros que cambiaron de grupo, o de vida, o de ciudad. Gente nueva y desconocida en la pandilla, si la conservas. Nuevas tramas en el culebrón de la vida a las que permanecías ajeno en la distancia, y en las que no acabas de integrarte por la larga ausencia. Ya nada es igual que cuando te marchaste, y el pasado no volverá. Las mujeres o novias a menudo buscan consuelo, fogosidad o ardor en otros brazos; aunque ellas, prudentes e inteligentes, lo hacen con mucha más sutileza que los hombres. Los hijos crecen sin apenas conocer a sus padres. En ocasiones llegan a olvidarlos. No puedo evitar conmoverme al recordar a aquel niño que se escondía tras las faldas de su madre, preguntándole quién era ese señor barbudo que la abrazaba -mi compañero de tripulación-, cuando bajamos al muelle del puerto del Ferrol; o al recordar aquella frase que espetó el hijo mayor de un capitán, el mayor de nueve hermanos que se había erigido, a pesar de ser apenas un adolescente, en la figura masculina del hogar, a su padre cuando éste regresó del barco en una ocasión:

-¡Tú vete a mandar al barco!

De tal modo uno acaba por sentirse un verdadero extraño, ajeno en su propia casa, desarraigado en su propio mundo, enfrentado a los fantasmas que surgen de los insondables abismos de la soledad. Y así, entre Escila y Caribdis, en ocasiones se descubre uno deseando volver a bordo, a ese mundo que conoce, ordenado y metódico, con otros hombres de su especie y condición. Como escribió en una ocasión don Arturo Pérez-Reverte, «la mar da más olvido que la muerte, nada de tierra adentro le sobrevive. Es el analgésico perfecto.» Y cada cual capea como puede; se cae entonces en los típicos tópicos tan manidos por todos, desde escritores de secano hasta contramaestres de muralla, tan veraces en unas ocasiones como falaces en otras. No es infrecuente que el marino, atenazado por su soledad, busque refugio en los brazos de queridas o entre las piernas de mujerzuelas, o se consuele buscando el olvido en la bebida. El olvido de lo que dejó atrás, o de lo que intuye pueda estar por venir. Actitudes censuradas por la gente de secano, tan humana y tan hipócrita, ajena en su ignorancia a este mundo salado de soledad tan vasta como el inmenso océano. Pero es cada palo el que aguanta su vela, y cada uno apareja sus obenques y estays  a su particular modo y manera para intentar mantener la cordura, la ilusión y las ganas; para, en definitiva, aguantar. Unos se entregan a los vicios mundanos, otros al despotismo, otros a la literatura. Y así vamos navegando, ora en bonanza, ora capeando, hasta que la inmisericorde Mar arroja a tierra nuestros despojos arrugados y envejecidos tras una vida de dedicación a ella.

Sólo un puñado de verdaderos amigos permanecen ahí; amistades francas y leales, capaces de soportar la dura prueba del inexorable tiempo gobernado despiadadamente por Chronos.  Dice una vieja frase que «quien deja de ser amigo, nunca lo fue». Afortunadamente hay amistades intensas, especiales, a las que ni el tiempo ni la distancia son capaces de hacer mella. Puedes regresar tras largos meses sin contacto y ser recibido con el mismo candor y cariño que si te hubieras despedido tras la cena de la noche anterior. Me encuentro entre los afortunados que atesoran un puñado de ellas, más de una decena; pero no a todo el mundo le sonríe igual la voluble y cruel Fortuna.

E incomparable es, en su alborozada ternura, el recibimiento que te brinda un perro, no en vano llamado el mejor amigo del hombre. Su cariño, su lealtad incondicional, su candor, enternecen al más bregado. Sus brincos descontrolados cuando te siente cerca tras meses de Mar y sus aullidos de alegría; el profundo e inmenso afecto que destilan sus ojos, profundos, nobles y leales, sus húmedos lengüetazos. Siempre me entendí mejor con los perros que con las personas.

En cierta ocasión, no muy lejana, tras una campaña en la Mar, desembarqué en puerto español. Lo hice con el capitán, marino veterano y avezado, de los de antes; un hombre de quien aprendí mucho a bordo no sólo del oficio, sino también del trato humano y la psicología marinera. Condujimos hasta Levante en un coche de alquiler, atravesando la península, y cuando recalamos en su hogar insistió para que entrara a descansar y merendar antes de proseguir mi camino. Conocí a su esposa, una verdadera dama y señora. Charlamos animadamente mientras tomamos un café y unas pastas, y culminamos la merienda con un whiskey él y ginebra con tónica yo. Aunque no exhibieron ante mí ninguna manifestación de amor o pasión exageradas, no escaparon a mi atención ciertos detalles de ternura: un leve roce, un cruce de miradas silenciosas, un gesto vago e impreciso pero cargado de significado. Mientras tomábamos los licores, la mujer posó con delicadeza su mano en el antebrazo de mi capitán, y percibí un leve apretón. Ese gesto me conmovió, en cierto modo. Tras un breve silencio no pude evitar exteriorizar mi pensamiento, con mi mirada perdida en los hielos que tintineaban en mi vaso:

-¿Cómo se consigue?- pregunté, dirigiéndome a ambos y a nadie en particular -¿Cómo se mantiene una relación y una familia a través de tantos años de Mar y de separaciones con éxito? ¿Cómo diablos se mantiene todo unido?

El viejo sonrió taimado bajo su inmenso bigote húngaro, observándome desde su sillón a través del humo de su cigarro. Su sonrisa destilaba paz y sabiduría. Años de vida. Dio una chupada a su cigarro y contestó despacio, espaciando las palabras, con serenidad infinita y aplomo:

-Hace falta una mujer muy dura… Dura y valiente, de otra madera. Una mujer muy especial. Hay muy pocas de ésas.

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