¿Y después… ?

Jóvenes de la plataforma “¡Indignaos!” manifestándose en Madrid. EFE / MADRID Día 17/05/2011 - 18.08h ABC.es

Playa de Almenara, a 17 de mayo del 2011. Martes.

Estar de nuevo en tierra supone muchas diferencias respecto a verme rodeado durante días de océano por todas partes hasta donde la vista alcanza. Entre otras muchas cosas, no todas ellas agradables, me permite mantenerme algo más al día de lo que dicen que pasa en el mundo. Y digo dicen, porque del dicho al hecho hay un largo trecho. No nos cuentan ni la mitad, y ésta frecuentemente nos llega tan manipulada que tiene la credibilidad de un cuento chino. 

Antes de las siete de la mañana ya tengo los párpados izados, y poco después me estiro hacia el iPhone -extraña relación de amor y odio, la que mantengo con él- para echar una ojeada al mundo a través de la pantalla. Recorro las eventuales llamadas o mensajes recibidos durante la noche y compruebo la bandeja de entrada de mi buzón de correo-e; luego la inevitable incursión a Facebook. Conecto a Twitter -mi favorita- y me recorro la cronología antes de saltar a mi lista de noticias, con los titulares de las ediciones digitales de El País, El Mundo, Euronews, ABC, La Voz de Galicia, Las Provincias, El Mercantil Valenciano, El Confidencial, RTVE, BBC, CNN y varios portales de noticias marítimas.

Me encuentro con algunos viejos conocidos de hace tiempo como el Faisán, ETA, el perenne fútbol, Al Qaeda, Camps y su trama, la telaraña andaluza del PSOE y demás asuntos que llevan coleando meses. Garzoncillo haciendo de las suyas, ZP y su colla rematando al país antes de su caída -requetediós, ¡la Historia los recordará!- y Rajoy y los suyos sin hacer absolutamente nada ante el descalabro. Nada decente, me refiero. En fin, la misma basura de siempre.

Hay, sin embargo, algo que desde hace unos días se mueve en la red de redes, algo que hace vibrar las redes sociales -sobre todo Twitter-, algo que se sale de lo común. Podría tratarse de Túnez, Egipto o Siria, pero es aquí. En España. A estas alturas de martes todos, por poca atención que presten a los medios y al mundo, están al tanto de que algo está pasando. De que hay mucha gente moviéndose, echándose a las calles, concentrándose en plazas y vociferando consignas contra los políticos, los banqueros y el sistema. Ergo, son anti-sistema.

Es algo que no está exento de cierta lógica, tanta como para amparar con garantías a las mezquinas manos ocultas que tiran de los hilos, como titiriteros tras el escenario. Porque a mí, pobre diablo sin demasiados estudios ni inteligencia pero español viejo, que diría un conocido, esto me huele, me apesta, a movimiento orquestado. No sé qué o quién estará detrás, vete tú a saber; pero alguien hay. Como las meigas, que nadie las ve pero ‘haberlas hailas’. Quizás el PSOE, de nuevo, pues motivos no le faltan y con las elecciones perdidas tiene mucho que ganar, a la larga, con el follón. O tal vez la misma mano que orquestó lo de Túnez y demás países africanos. Porque la situación que vivimos en esta triste España no es nueva. Llevamos ya años de crisis. De crisis reciente, vaya, porque España lleva en crisis de uno u otro tipo prácticamente desde los tiempos de Viriato. Pero a pesar de que llevamos décadas de bipartidismo, de sucesivos desgobiernos que van de mal en peor; a pesar de que llevamos más de tres años en crisis profunda, desde el ‘crash‘ del 2008; a pesar de todos los pesares, es justamente ahora cuando por arte de birlibirloque salta la chispa, la gente va y se pone de acuerdo (fascinante, que en España alguien se ponga de acuerdo en algo) y se lanza a la calle. No fue cuando, por ejemplo, llegamos a los cuatro millones de parados. Ni fue cuando España se lanzó alegremente a la intervención militar en Libia. Ni cuando se alcanzó la escalofriante cifra de cinco millones de parados. Ni tras ninguna de las calamitosas decisiones económicas que se tomaron a lo largo de estos años de crisis. Ni con lo del Alakrana. Ni ninguna de las muchas veces que los britanos nos chulearon frente a Gibraltar últimamente, en franca burla y desafío. Ni con la subida del IVA. Ni con la reforma del mercado laboral. Ni con el aumento de la edad de jubilación. ¡Ni siquiera con la ley antitabaco! No, en ninguno de esos momentos cruciales tan susceptibles de prender la llama el pueblo hizo nada. Y ahora, de repente, sin ningún motivo aparente -aunque con todos los anteriores y más acumulados- la gente se lanza a protestar a la calle. Y todo ello a escasos días de las elecciones. Si realmente la intención fuera la de pedir, o exigir, una alternativa… ¿no es un poco tarde a tan solo unos días de los comicios? ¿No habría que haber trabajado en ello con tiempo para llegar a las urnas con alguna alternativa clara?

Desde mi punto de vista, y más de una vez lo escribí, esta situación en la que vivimos, o malvivimos, no puede durar mucho más. También en más de una ocasión afirmé creer que lo peor está por venir -y lo reafirmo, con cierta y creciente inquietud-. Pero no de esta manera.

A ver, en España las cosas nunca funcionaron así; los españoles tenemos, entre muchos otros defectos, dos características marcadas: Tragamos mucha mierda y, cuando estallamos, lo hacemos con bomba de palenque y traca final. O sea, que el español, cuando le tocan los huevos bien tocados, la lía como en el ’36, el ’23 ó el 1808. Muy mal tiene que estar la cosa para saltar, pero cuando prende mecha… tiembla Canuto.

Y perdónenme los “indignados”, que lo estarán; pero cuando veo y escucho las manifestaciones de Sol y demás plazas no veo ciudadanos de a pie cabreados, enfurecidos porque la cosa para ellos no da más de sí y dispuestos a llegar hasta el final, antorcha en mano, porque el desgobierno los llevó a una situación límite. Veo al mismo pueblo borrego de siempre, con la misma expresión con la que maldice a un árbitro en un estadio o con la que pone verde a su insoportable jefe en la tasca de la esquina. Veo una mayoría de jóvenes no tan jóvenes de la llamada ‘generación perdida’. Veo ‘ni-nis’ y veo, en general, una buena muestra de esa no tan joven juventud que tuvo la mala fortuna de formarse con una desastrosa sucesión de nefastos planes de estudio, a cual peor, diseñados con la malévola intención de arrebatar al pueblo el conocimiento, la sabiduría, la inteligencia y la capacidad de pensar y razonar, para poder garantizar su manejo con total impunidad; la misma con la que un sólo perro pastor conduce a la manada de borregos. Y bien que lo están consiguiendo. Sobre eso escribí hace meses en De libertades y PISA.

Debo confesar que tengo curiosidad por saber cómo acabará esto. Por descubrir quien maneja los hilos. Pero probablemente entonces sea ya tarde y el infame titiritero estará riendo a mandíbula batiente, cumplidos sus nefandos designios. Y, por supuesto, me pregunto qué pasará después. Después de estos días de escándalo callejero y parafernalia mediática. ¿Y después…?

Pero, sobre todo, ¿saben qué es lo que más me horroriza…? Que toda esta masa de gente, de paisanos con los que comparto país, desgracias y penurias, se lanzan a la calle, a la protesta, a la ‘revuelta’, plenamente convencidos de que lo hacen por voluntad propia. Eso, ese sutil y despiadado control que me hace componer una especie de pesadilla a caballo entre el 1984 de Orwell y la Matrix de los hermanos Wachowski, eso es lo que me causa verdadero pánico. Un control de masas capaz de propiciar una revuelta social masiva deliberadamente moderada y plenamente controlada, haciendo creer a los revoltosos que se levantan por su propia voluntad cuando no son más que títeres en un escenario, piezas de una trama de final incierto, peones sobre escaques dispuestos con orden preciso que serán sacrificados, llegado el caso, para salvaguardar al rey.

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