Andanada a un patrullero

Patrullera de Navantia para Venezuela

  A bordo del Reyes V, en la Mar.

A 15 millas al suroeste del faro de Chipiona.

A 2 de mayo del 2011. Lunes.

    Mientras recorro por enésima vez los treinta y dos pasos de la manga del puente, con las manos a la espalda y absorto en mis pensamientos, me pregunto qué me deparará el futuro. Se abre ante mí un devenir cargado de incertidumbre y sin perspectiva alguna. Aún así, si pudiera elegir, preferiría no conocerlo. Perdido en mis cavilaciones me encuentro cuando se abre la puerta y entran en el puente los dos capitanes, el aún al mando y su relevo. El primer oficial, a cuya guardia estoy agregado, traba conversación con ellos. 

Me resulta deprimente y enervante la conversación de este primer oficial -llamémosle, por ejemplo, Samuel- con el que me vi condenado a montar guardia desde mi regreso al Reyes V. Apenas habla conmigo a pesar de que compartimos ocho horas de guardia juntos en la soledad del puente de gobierno; yo soy más bien callado y reservado, siempre preferí escuchar, que algo siempre se aprende, que parlotear, que a menudo trae disgustos. «Eres esclavo de tus palabras, y dueño de lo que callas» leí alguna vez en algún sitio. O algo así. Además, fiel a las tradiciones y costumbres marineras, no dirijo la palabra al capitán ni al primer oficial a menos que él se dirija antes a mí. A no ser, por supuesto, que asuntos de la guardia o del barco lo requieran. Pero los capitanes, el de cargo y su relevo, pasan mucho tiempo en el puente y, como es natural, conversan con el primer oficial. A menudo tratan asuntos de a bordo, raras veces charla Samuel de temas cotidianos; y las más de las veces se dedica a poner verde a todo el mundo. Lo hace con énfasis, categóricamente; criticando con vehemencia a quien se le pasa por la atribulada cabeza. Habla mal de otros oficiales de este barco, de sus taras, defectos y errores; de compañeros, actualmente a bordo o desembarcados; de antiguos compañeros de tripulación; de otros capitanes, de prácticos de puerto, de navieros. Echa pestes del trabajo, de los barcos, de las personas y de las compañías. No hay nadie que valga «ni para tomar por culo», como acostumbra a decir. Todos son ineptos, maleducados y, encima, todos tienen Suerte. Y todo en este mundo es, según él, mentira. Mentiras y más mentiras.

Tras un rato escuchando su charla, que con su énfasis pronto monopoliza, acabo profundamente deprimido y me descubro considerando la posibilidad de atarme un grillete al cuello y lanzarme por la borda, dando así fin a esta existencia miserable en este odioso mundo plagado de mentiras, falsedades y traiciones y rodeado de gente perversa, inútil y suertuda.

¿Qué lleva a este hombre a hablar así? ¿Qué amargo resentimiento hacia sus compañeros, hacia el prójimo y hacia el mundo obscurece su espíritu? ¿Qué tribulaciones atormentan su mente para hacerle estallar en tan vehementes peroratas? ¿Se tratará, tal vez, de un modo de afirmarse y autojustificar sus propias y asumidas deficiencias? Un modo de aligerar su descontento consigo mismo cargando su conciencia con el lastre de desdeñosas difamaciones, ácidas calumnias y francos insultos a compañeros y jefes pasados y presentes, pero siempre ausentes. Ni una sola vez en estas dos semanas, ni una sola, le oí hablar bien de nadie.

Me pregunto cómo hablará de mí cuando yo me haya ido.

Ahora recuerdo -esbozo una cruel sonrisa- una conversación que sostuvimos uno de los primeros días. Él inquiría acerca de mi pasado, con preguntas más o menos impertinentes, que yo lidiaba con paciencia, soltando sólo lo que me parecía oportuno. Más bien poco. Respondiendo a su pregunta de por qué navieras había pasado nombré, entre muchas otras, Balearia. Me preguntó qué tal me había ido allí;  repuse que nada bien, contándole sucintamente y sin dar ni entrar en detalles lo nefasto de la experiencia y lo infame del barco, la tripulación y la naviera. Quiso por dos veces saber el nombre del capitán, y ambas veces eludí la respuesta a la gallega, con más o menos decoro. A la tercera, esa vez pregunta directa, di contundente respuesta a su impertinencia:

-No voy a decirte el nombre del pobre capitán ni de su barco; no me parece nada correcto cuando acabo de contarte lo nefasto de mi experiencia en el barco que él mandaba. Está fuera de lugar. Puede, a veces, contarse el pecado; pero está muy feo mentar al pecador.- Eso puso fin a la conversación aquella noche.

De repente alguien llama a nuestro barco a través del canal 16 de VHF, interrumpiendo mi escribir en mi cuaderno de bolsillo e interrumpiendo también -gracias a Dios- la retahíla de procaces críticas de Samuel.

Reyes V, Reyes V, aquí el buque de guerra por su través de estribor, cambio.

-Sí, aquí Reyes V, adelante- el primer oficial respondió por el aparato.

-Pasen al canal diez- fue la escueta orden que siguió.

El buque de guerra, que era una nueva construcción de los astilleros de Cádiz por encargo de la armada venezolana -manda carallo, venderle armas al apache de Chávez- nos informó de que estaba efectuando pruebas de mar; a continuación describiría a 24 nudos una curva de evolución completa hacia babor que les dejaría muy próximos a nosotros.

-Permanezcan a rumbo, y manténganse a la escucha en este canal- nos ordenó el buque de guerra a través de la radio.

-Recibido, mantenemos rumbo y nos mantenemos a la escucha en canal 10- repuso nuestro primer oficial, encogiéndose de hombros. Con menos filosofía lo encajó nuestro veterano capitán, su fiera e indignada expresión hablaba por sí sola mientras se atusaba su denso y poblado bigote húngaro. Minutos después el buque de guerra volvió a comunicar con nosotros:

Reyes V, aquí buque de guerra por su través de estribor; nuestra curva de evolución nos dejará por su proa, varíen su rumbo a babor- nos conminó por el aparato. Ya nuestro primer oficial cogía el transmisor para responder cuando el capitán, enfurecido, se lo arrebató de las manos:

-A ver, barquito de pelea, barquito de pelea, soy el capitán del Reyes V– bramó el viejo con su peculiar y característica voz -Tengo un horario que cumplir y no pienso alterar mi rumbo. Así que gobierne usted al tráfico como corresponde, o usted verá lo que hace- espetó al sin duda sorprendido interlocutor. No menos asombrados estábamos nosotros.  Tras unos tensos segundos recibimos respuesta:

-Esto no es un barquito de pelea, repito, esto no es un barquito de pelea- replicó la voz, trémula, claramente enfurecida y ofendida -Es un buque de guerra. Muy bien… hmm… (breve silencio) muy bien, ¡me tomo nota!- a bordo del Reyes V el relevo del capitán, el primer oficial y yo no pudimos evitar prorrumpir en risas ante el enfado del capitán del barco de guerra, que debía estar rojo como la grana y echando chiribitas de cólera y  rabia, tragándose lo suyo.

-Tome nota, tome- apuntilló nuestro capitán antes de colgar violentamente el aparato de radio. Y, por supuesto, no varió un ápice el rumbo.

-¡Bien dicho, capitán!- no pude evitar exclamar, vitoreando, exaltado, al veterano marino. Su relevo, el primer oficial y yo reíamos, encantados, tras la mordaz andanada con que nuestro capitán había atacado al insolente y engreído buque de guerra… que en realidad aún no era tal, pues no había sido entregado por el astillero a la armada de Venezuela y su tripulación eran marinos civiles del astillero gaditano. «Marinos mercantes de pacotilla dándose aires por estar de paseo en un patrullero -ni siquiera un buque de primera línea- pintado de gris, con un cañón inoperativo en la proa», en palabras de nuestro capitán.

Y seguimos a rumbo directo, dejando atrás al infausto patrullero en pruebas y a su enrabietado capitán, dando vueltas en círculo como una peonza a toda velocidad.

-Debe de estar tomando nota- apuntó alguien, socarrón, a lo que siguió otra carcajada.

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