Esto se acaba, piloto

A bordo del Reyes V, en la Mar.

En los 30º 47’N 012º 43’W, rumbo a Sevilla.

A 30 de abril del 2011. Sábado.

     Hace unas horas largamos amarras del puerto de Santa Cruz, arrumbando al Norleste en demanda del faro de Chipiona, en la desembocadura del río Guadalquivir. Es ése mi singular punto de vista en un barco y unos tiempos en los que los marinos siguen derrotas en cartas electrónicas y navegan en demanda del último waypoint marcado en el potente y preciso receptor GPS, substituyendo los prismáticos por eficaces radares y los timoneles por infatigables pilotos automáticos. Unos tiempos en los que las máquinas navegan por nosotros. 

Escribo la que probablemente será la última entrada de este blog durante mi campaña de agregado a bordo del Reyes V. Estoy sentado a la mesa de mi camarote, bajo el portillo. Al otro lado se extiende la inmensidad del Océano Atlántico, hoy agitado por viento del oeste cuarta al norte, unos veinticinco nudos a ojo -brisa fuerte, fuerza 6 según la Escala de Beaufort-. Las aguas están teñidas de gris pizarra, las olas rompientes caóticamente cimadas por la blanca espuma; chubascos ocasionales lanzan goterones que golpetean contra el vidrio reforzado de mi portillo y el arco del horizonte se aprecia difuso y próximo a causa de las nubes bajas. Albergaba la esperanza de poder tomar algunas alturas a los astros en estos últimos dos días, navegando astronómicamente, pero atravesamos una borrasca y una zona de bajas presiones que dan al traste con ella.

✽     ✽     ✽

    Habitualmente los últimos días de una campaña se hacen largos, eternos. El momento de bajar la pasarela y saltar a tierra con el petate al hombro parece no llegar nunca, y se antoja que el tiempo discurre, ineluctable, a otra velocidad, exasperantemente lenta. Así me sucedió siempre, o casi, durante mis largos años enrolando de marinero y contramaestre, antes de alcanzar la cámara de oficiales. Sin embargo en esta ocasión no me sucede así. Ni el largo tiempo alejado de casa, ni mi poco entusiasmo por este tipo de barcos -rolones-, ni mi paupérrima “gratificación” de unos cientos de euros mensuales por jornadas de trabajo que van de las ocho a las dieciocho horas diarias; nada de eso me hace anhelar con impaciencia que llegue el momento de dar amarras a los muelles hispalenses.

Todo lo contrario.

Comienza a embargarme cierta nostalgia anticipada. A veces observo la Mar allá abajo, desde el puente, deslizarse a lo largo de los costados del buque con un susurro o con un bramido, formando bigotes allá donde la proa hiende las aguas. Observo la Mar extenderse en todas las direcciones hasta el horizonte. Observo el firmamento, a veces la esfera celeste diurna con más o menos formaciones nubosas que presagian esto o aquello. Otras veces el cielo estrellado donde se citan, como cada noche, las viejas compañeras de viaje de tantos y tantos navegantes: la gran Osa, el León, los gemelos de Géminis; el Can Mayor con la brillante Sirius en su pecho, siguiendo a Orión, el gran cazador -mi favorita-, que se enfrenta al Toro en cuyo ojo refulge, amenazadora, Aldebarán;  Cassiopea, tranquilamente sentada enfrentándose a su belleza y a su destino; las Pléyades, el Pegaso, la Andrómeda, Perseo y tantas otras. Observo, también, el Reloj de Bitácora, con sus características marcas rojas y verdes indicando los períodos de silencio y escucha, vestigio de tiempos pasados, cuyas agujas gobiernan la vida a bordo y cuyo debil latido, tic-tac, tic-tac, me detengo a veces a escuchar amparado en la obscuridad de la guardia de noche. La vida de un pequeño mundo que fue el mío durante unos meses y que dentro de apenas un día abandonaré para regresar a otro mundo más grande, más inhóspito, más hostil. Un mundo vasto, impredecible y desagradecido donde miríadas de problemas y complicaciones acechan, como afiladas rocas negras a flor de agua prestas a rajar el casco y enviar el buque a pique. El mundo de secano es un mundo complicado. Y en tierra sólo hay problemas.

Sé que echaré esto de menos. Más porque no tengo ni la más remota idea de cuándo volveré a embarcar; me veré varado en tierra, languideciendo a la espera de un embarque que sólo Dios sabe cuándo llegará. Vivimos tiempos difíciles, en plena recesión, y creo que lo peor aún está por venir. Hay miles de marinos en tierra a la espera de un barco, son tiempos muy malos para embarcar sin un padrino. Y yo no tengo ninguno. Ni lo aceptaría. En tierra, por lo que dicen, la cosa tampoco está nada fácil. Ni para recoger naranjas en la huerta valenciana. Quizás, llegado el punto, liaré mi petate y me iré. Allá iremos, una vez más, mi vida y yo; errantes, viajeros, vagabundos, desarraigados. Mi vida liada en un petate marinero, ambos sin más sustento que la tablazón que, oscilante, nos mantiene a flote y nos separa -apenas unos benditos centímetros- del abismo. Sin destino más lejano que el difuso e inalcanzable horizonte que se extiende ante la vista. Quizás, entonces, arrumbe al norte de Europa. A Rotterdam, Hamburgo, o Amberes. Allí la cosa no está tan fea, dicen, y entre tantos buques y navieras malo será que no parezca algún embarque. Si no como patrón ni piloto, como contramaestre, marinero o mozo de cubierta. A fin de cuentas así empecé a navegar hace ya quince años, como sencillo marinero, cuando siendo un mozo aún casi imberbe salí de mi casa allá en las verdes Rías Altas con el petate al hombro -el mismo petate de lona encerada con el que aún hoy viajo- cargado de ganas e ilusiones.

Pero eso será cuando el hambre apriete y no queden ya agujeros en el cinturón. En el entretanto procuraré disfrutar de ese lugar que tengo por hogar, en esa encantadora y tranquila villa a orillas del Mediterráneo. Podré entregarme a la lectura y escritura, y quizás volver a abordar algún proyecto otrora abandonado.

Sí, sé que echaré esto de menos, y por eso no tengo prisa por llegar a puerto ni prisa por desembarcar.

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