Vuelta al Reyes V

A bordo del Reyes V, en la Mar.

En los 34º 29’N, 009º 12’W, rumbo a Santa Cruz de Tenerife.

A 20 de abril del 2011. Miércoles.

     Hace apenas un rato que comencé la guardia vespertina en el puente del Reyes V. Estoy en el puente con el capitán, que tuvo que pasar a encargarse de una de las guardias tras la baja del 3º piloto, que se rompió un dedo de un pie tras golpearse con un mueble de su camarote al levantarse adormilado una madrugada. Tuvo que ser desembarcado y hasta que embarque su relevo en Santa Cruz de Tenerife navegamos con un piloto de menos.

El capitán fuma en silencio en su cómodo sillón de cuero negro, firmemente anclado a cubierta frente a las pantallas de los radares. Observa el horizonte por encima de las pantallas y a través de una densa nube de humo de tabaco, con rostro cansado. Yo permanezco en pie a estribor, más allá de la mesa de cartas, repasando el Reglamento de Abordajes y con un ojo puesto  en el horizonte. 

-¡Coño!- la súbita exclamación del viejo me sobresalta y me vuelvo hacia él, expectante. Éste se levanta precipitadamente de su sillón tras el respingo inicial, atraviesa el puente a grandes y presurosas zancadas y se abalanza sobre el aparato de radio de onda media.

-¿Te sabes algún canal?- me pregunta sin volverse, mientras manipula el aparato.

-De memoria sólo el de 2182Khz…- comienzo a responder, entre sorprendido y curioso, citando la frecuencia del canal de emergencias marítimas. Entonces el viejo se vuelve por primera vez hacia mí y se ríe. Se refería, aclara, a una frecuencia de alguna emisora de radio; esta  noche se juega la final de la Copa del Rey en Valencia, entre Real Madrid y Fútbol Club Barcelona. Al poco consigue sintonizar Radio Nacional de España, faltan sólo unos minutos para que comience el partido. Suena el Himno Nacional, la Marcha de Granaderos, en Mestalla. Los micrófonos de ambiente del estadio captan algunos silbidos y abucheos de los catalanes desplazados a Valencia. El viejo pega una larga chupada a su cigarro, avivando la brasa incandescente que destaca en la creciente penumbra del anochecer, y exhala lentamente el humo.

-No le silban al Rey. Nos están silbando a nosotros. A todos.- comenta el viejo desdeñosamente mientras exhala una espesa bocanada de humo, cuyas volutas ascienden, lentas y caprichosas, entre nosotros. Yo asiento, grave. Tras unos momentos de silencio exteriorizo mi pensamiento:

-Recuerdo cuando allá por el ’96 juré bandera al ingresar en la Armada, jurando defender al país y a todos mis paisanos. Incluidos los catalanes. Y a pesar de todo, aún lo mantengo; qué le vamos a hacer, le tengo cariño a mi país…

-Pues ya ves lo que hay- apostilla, ácido, el capitán, zanjando así la conversación.

Ello me hizo recordar las pasadas semanas. Llevo día y medio a bordo del Reyes V. Desembarqué a finales de marzo para incorporarme al servicio en la Armada durante un mes -soy también marino de guerra, sirviendo en la Reserva Naval-. Durante ese tiempo viví en un entrañable ambiente de compañerismo y camaradería. Con compañeros que se preocupan por los demás, y en una piña en la que todos nos echamos un cabo cuando hace falta. Esta camaradería y compañerismo se da también en los buques civiles, pero menos. Y de otra manera. Durante ese tiempo no fui un proscrito por llevar una bandera española cosida al hombro izquierdo, parte del uniforme de faena. Todos la llevábamos, con más o menos orgullo y satisfacción, sin ser por ello fachas, ni franquistas, ni peperos. Asistiendo cada mañana, firmes con el resto de la brigada, a la solemne ceremonia de izado de la bandera, al son del Himno Nacional y con la guardia militar desfilando para rendir los preceptivos honores. Lo más normal en cualquier país del mundo, vaya, como he visto decenas o cientos de veces a lo largo de mi vida, con mis propios ojos, en tantos países de tantos continentes; la bandera representa, a fin de cuentas, al país. Al sitio en el que nací, al que quiero y del que, a pesar de todo, pese a su ingratitud, su malicia, su eterna maldición que arrastra desde siempre, un país, decía, al que quiero.

     Epílogo:

Escribo estas líneas a 23 de octubre del 2016,  más de cinco años después de haber escrito la entrada original del blog, que ahora transcribo a este nuevo sitio web. Y releer aquellas líneas me invita a la reflexión.

Llevo toda mi vida nomadeando de un lado a otro, viviendo en diferentes ciudades y países y navegando bajo diversas banderas; a veces por gusto, otras veces por necesidad, voy a ganarme la vida allá donde ésta palpita. Esta vida nómada me ha causado cierto desarraigo.  No puedo evitar que con el paso de los años, los viajes y las lecturas, vaya cambiando el modo en que veo y percibo las banderas, los sentimientos que éstas me producen, el modo en el que veo y entiendo los países, las nacionalidades, los nacionalismos y los patriotismos.

He servido bajo varias banderas y me han pagado mis servicios diferentes países en distintas monedas. Respeto a todas las banderas, por lo que representan, excepto una: la bandera pirata. Nadie que haya tenido piratas disparándole a menos de un cable a barlovento, o que haya tratado con ellos y visto cómo se las gastan, puede sentir aprecio o simpatía por ellos. Ni tan siquiera respeto. A pesar de que en cierto momento histórico sí haya habido -en casos puntuales-  algo de respetable y admirable en la Jolly Roger.

El haberme movido por el mundo me ha dado la visión de que, en cierto modo, no hay tanta diferencia de unos países a otros. Éstos están siempre habitados por humanos y éstos, en su esencia, no difieren mucho entre sí. Cambian las costumbres, la cultura, los paisajes, el clima, la arquitectura, la gastronomía, el nivel de desarrollo; pero las fronteras las trazan políticos y multinacionales y militares, son rayas que han caído en uno u otro lugar por el designio de los hombres. Y son móviles. Hoy están aquí pero mañana pueden estar allá. O no estar.

No estoy muy seguro de que mi amor por mi país pueda decirse que es un amor por España, ni que pueda llamarse patriotismo. Sé lo que amo: Amo la tierra en la que nací; amo a mi familia, que vive allí; a mis amistades, muchas de las cuales habitan allí; tengo nostalgia de personas y lugares y hechos y aventuras y desventuras que están o sucedieron allí; tengo querencia por las gentes que pueblan aquella península en la que nací, por sus costumbres, sus folclore, sus paisajes, su estilo de vida; por la fascinante y apasionante historia de aquella península. Todo ello en cierto modo es España; así que puede decirse que amo a España por todo lo anterior, pero no como entidad política. Si aquella península fuera invadida por Marruecos (o China, o Rusia, o Estados Unidos o quién sea -en realidad ya está lamentablemente invadida por Europa-) y ondeara otra bandera diferente y pasara a llamarse otra cosa, seguiría amándola.

Hay una conexión entre las personas y el lugar en el que nacen, un vínculo misterioso e inevitable. Incluso en personas tan desarraigadas como yo.

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