Un fin de campaña de entrañables reencuentros

A bordo del Reyes V, en la Mar

En los 34º 29’N, 009º 12’W, rumbo a Santa Cruz de Tenerife.

A 20 de abril del 2011. Miércoles.

Navego ya la última semana a bordo del Reyes V. A la vuelta de éste, mi postrero viaje, desembarcaré en Sevilla tras remontar el Guadalquivir por última vez. Luego vendrá otra semana incorporado a mi unidad de la Armada y tras ella, vuelta a casa. Luego, Dios dirá.

Poco provecho saqué de estos tres meses de prácticas de oficial en relación a mis expectativas, pero algo quedó. Particularmente satisfecho estoy con la práctica conseguida en navegación astronómica, adquirida día tras día y noche tras noche con tenaz persistencia y dedicación. Fue un camino que hube de recorrer en solitario, pues a bordo nadie practica ya los viejos usos del navegante, por no resultar imprescindibles -ni tan siquiera necesarios- en estos tiempos. En la Mar se perdió el arte y sólo queda, en parte, el oficio; un oficio desvirtuado por los tiempos y la tecnología. Fue el mío, por tanto, un aprendizaje lento y arduo, pues tuve que romperme los cuernos en solitario de cada vez que se me presentaba un problema -y fueron muchos los surgidos- con la sola ayuda de mi escasa razón y mis viejos libros. Ah, los libros; todo está en ellos.

Pero sí obtuve cierto provecho de esta campaña en muchos aspectos, al que añado la alegría que me trajeron algunos entrañables reencuentros estas últimas semanas. Hace cosa de diez o doce días tuve ocasión de reunirme con un viejo y querido amigo, un antiguo compañero de tripulación canarión. Navegamos juntos algunas campañas a principios de la década pasada, ambos fuimos marineros en cargueros de la P&O y allí -así como en las correrías en puerto- fraguamos una estrecha amistad. No puedo evitar sonreír de cada vez que recuerdo el día que nos conocimos -nunca lo olvidaré-, en el invierno del 03, o tal vez del 04. Invierno en cualquier caso, crudo y frío en el Mar de Irlanda. Yo llevaba ya algún tiempo a bordo cuando embarcó por primera vez… llamémosle, por ejemplo, Ismael; un rapaz isleño alto y muy corpulento, con el pelo amarillento típico de quien pasa muchas horas en la playa o en contacto con la Mar, quemado de salitre y sol. Debimos sentir cierta afinidad mutua porque pronto trabamos cordial trato; al poco, Ismael me preguntó si podría acompañarlo a tierra a comprar algún jersey y un abrigo. El rapaz vestía unas bermudas y un suéter fino, atuendo ciertamente chocante en aquellas latitudes y aquella época del año. Desconcertado, pregunté si le habían perdido el equipaje durante el viaje. Negó, y explicó que no había traído más abrigo que aquel suéter.

-Pero Isidro, compañero, ¿cómo se te ocurre? ¡Vienes al Atlántico Norte en pleno invierno!- observé, perplejo.

-Yayo, ya sé… pero ayer cuando salí de Las Palmas lucía un sol radiante y estábamos a 25 grados…- arguyó tímidamente a modo de excusa, como un niño pequeño que admite e intenta justificar su desliz.

Reímos juntos, ésa y muchas otras veces. Y, por supuesto, saltamos a tierra ésa y muchas otras veces. Luego la Providencia separó nuestras derrotas, aunque nunca perdimos el contacto. Él consiguió, con el tiempo, el mando de un pequeño petrolero de bunkering, y posteriormente el mando de uno de los remolcadores del puerto de Las Palmas de Gran Canaria, su ciudad. La última vez que embarcamos juntos fue allá por el 2008, cuando me acompañó en la postrera travesía del Capitán Manuel Lara, mi vieja y querida balandra, desde Cádiz hasta Valencia. Desde entonces no habíamos tenido ocasión de vernos.

Tras varios intentos frustrados en las semanas precedentes, finalmente el pasado jueves pudimos reencontrarnos y darnos un abrazo. Vino a buscarme al barco por la tarde y sin darme tiempo a cambiarme me llevó a dar una vuelta por su barrio, el barrio de La Isleta, que está asentado en una pequeña península de igual nombre. Es un barrio popular de pescadores y portuarios del puerto de La Luz -donde atraca el Reyes V-, y el haz de su faro barriendo la noche es lo primero que avistamos cuando nos aproximamos a la isla desde la Península Ibérica.

Mi amigo me mostró su barrio, encantador y castizo; recorrimos el paseo marítimo en torno a él, bajo el cual la costa alternaba la escarpada y abrupta roca negra volcánica con las playas de fina arena. Nos detuvimos en una pequeña tasca del paseo situada en La Puntilla, como un balcón, sobre la larga playa de Las Canteras, y tomamos una cerveza fresca bajo el sol, con el rumor del batir de las olas en la atestada playa y el viento atlántico acariciando nuestros pellejos. Apoyados en el parapeto, observando la playa y las olas, nos pusimos al día de novedades y rememoramos viejos tiempos y anécdotas entre sorbo y sorbo. La tarde pasó rápida, y tras un breve deambular por el barrio de La Isleta hube de regresar a bordo. Nos despedimos en el muelle con un fraternal abrazo, sin saber cuándo la Providencia volverá a cruzar nuestras derrotas.

Pero no fue ése el único reencuentro; apenas unos días más tarde, en Sevilla, recibí la visita de mis queridas primas andaluzas, a las que no veía desde hacía dos Navidades. Se acercaron al puerto hispalense a visitarme, nos reunimos con alegría y pasamos juntos la tarde. No hubo tiempo a mucho; les enseñé el barco, que es a fin de cuentas casi más un hogar que otra cosa, pues los marinos pasamos a bordo mucho más tiempo que en tierra al cabo del año. Luego dimos un paseo, fuimos hasta el Parador de Carmona y allí, acompañando la tertulia, nos obsequiamos con unos fantásticos helados de chocolate que compensaron el desabrido recibimiento que nos dispensó el camarero, reprimenda incluida cuando pretendimos, despistados por un ambiguo cartel (falto de sintaxis), acceder a la terraza para recrearnos en el espléndido paisaje que se abría a nuestros pies.

También este encuentro, emotivo, resultó efímero. Ellas debían regresar a Huelva a hora prudente al anochecer. Nos despedimos con sentidos abrazos en el muelle a la noche, junto al gigante de acero sujeto por las amarras a los norays. Observé con tristeza alejarse a mis primas, alzando una última vez mi brazo en saludo antes de perder de vista los faroles del coche cuando éste desapareció tras una montaña de contenedores apilados en el muelle de Sevilla, preguntándome una vez más cuándo mi azarosa vida, la Providencia y la Mar me permitirán volver a reencontrarme con mi familia y mis buenas y leales amistades.

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