La cachicuerna

Flotilla de AVEs atracados en la estación.

El Ferrol, a 9 de abril de 2011. Sábado.

    A finales del mes pasado desembarqué del Reyes V para incorporarme a la Armada, en la que sirvo como reservista. Salté a tierra en Sevilla, y alquilé una furgoneta -no quedaban coches disponibles en ninguna empresa de alquiler- con la que fui hasta la Playa de Almenara. Allí pude pasar día y medio antes de viajar hasta El Ferrol; el tiempo de cambiar el contenido del petate, descansar unas horas y poco más. El viaje lo hice en tren, puesto que la Armada me proporciona pasaporte para viajar desde mi residencia a mi unidad utilizando la red nacional de ferrocarriles. El viaje sería largo, unas catorce horas para cruzar la Península de costa a costa, pero siempre me gustó el ferrocarril y viajando de noche puedo descansar por el camino. Bueno, más o menos. O más menos que más.

La primera parte la hice en AVE, desde Valencia a la capital del Reino. Fue mi primer paseo en uno de esos trenes-bala y el nombre les va al pelo porque más que correr, vuelan. Había en mi vagón una pantallita en la que indicaba la velocidad. Atisbé puntas de 303 quilómetros por hora, inquietante. No me daba tiempo a contar los postes ni a observar los paisajes. Absorto, me descubrí intentando calcular las posibilidades de sobrevivir a un trastazo a esa velocidad. Probablemente pocas, pero siempre infinitas más que en un horrible aeroplano; cuando esos aparatos se caen no sobrevive ni el apuntador. Aún así, mejor no descarrilar. No obstante encontré muchos puntos a favor del AVE; los vagones son nuevos, cómodos y muy amplios y espaciados, punto que agradecen mis 187 centímetros de altura. La tripulación -y los empleados de tierra- son atentos y amables, no como en las aerolíneas, y el viaje es más rápido que en avión. Creo que sólo eché en falta que me ofrecieran un pinchito y un vino, aunque puedo disculparlo.

A pesar de la alta velocidad llegamos a Madrid con media hora de retraso. “Incidencia técnica”, argumentó el maquinista por el altavoz. Supongo que es lo que en mis tiempos se llamaba “avería”. O “excusa”.

El personal de tierra de RENFE en Madrid fue también muy atento y amable. Al mostrarles mi pasaporte de la Armada me facilitaron los accesos, me colaron en las colas y me embarcaron -gratis- en el tren de enlace que me llevaría de la estación de Atocha a la de Chamartín. El tren que cogí allí era más convencional, un ‘Trenhotel’; RENFE lo cataloga como de “gama alta”, pero debemos de tener una idea bastante divergente acerca de lo que eso significa. En mi opinión era un tren bastante convencional. Poco cómodo, lento, viejo y con muchas paradas durante las once horas de trayecto. La butaca era pequeña y estrecha, y mis tres hernias discales y mis rodillas se resintieron de la incómoda noche. Incapaz de estibarme en una postura cómoda y un tanto desorientado por el hecho de que el vagón fuera unas veces hacia delante y otras hacia atrás, pasé una noche larga de incómoda duermevela hasta que finalmente llegamos a mi pueblo, al Ferrol, poco después de las nueve de la mañana.

No quedaba ya mucha gente en el vagón y yo fui el último en apearme de él. Con mi petate marinero al hombro y con mal aspecto por la mala noche de viaje y duermevela caminé por el andén, agradeciendo el aire fresco de la mañana. Había cuatro policías nacionales observando con atención a los pocos pasajeros que acabábamos de llegar.

-Muy buenos días, agentes- les sonreí al pasar junto a ellos. Un par de ellos mascullaron entre dientes algo que interpreté como una respuesta. Nunca la policía del Ferrol tuvo buen nombre ni buena fama.

Salí de la estación. El día había amanecido nublado y fresco, gris, pero no parecía amenazar lluvia. Pensé en obsequiarme con un chocolate con churros en el Avenida, un café clásico de la ciudad, de  los de toda la vida. Atravesé el aparcadero de la estación y descendí la escalinata de piedra hasta la Avenida de Compostela, con sus grandes árboles meciéndose al viento. La seguí hasta desembocar en la Plaza de España, o lo que queda de ella. El atroz atentado cometido allí por algún infame concejal de urbanismo con  la connivencia de un alcalde del mismo palo destruyó buena parte de la esencia de mi ciudad -fue en esa misma plaza, por cierto, donde nací- desgraciándola irremediable e irremisiblemente. Nada queda de  los magníficos árboles centenarios y los jardines; ni de las fuentes y bancos de piedra. Nada del bullicio de los transeúntes, de las paradas de autobuses y taxis, del ir y venir del tráfico de la ciudad. Y, por supuesto, nada de la estatua ecuestre. Con la remodelación de la Plaza de España mi ciudad perdió parte de su esencia y buena parte de su vida. Y con ella se fue parte de mi niñez y juventud.

Perdido me hallaba en esos nostálgicos pensamientos, a menos de un cable del Café Avenida, cuando escuché a cierta distancia detrás de mí el ruido de varios motores rugiendo a toda velocidad. Me giré y vi a dos coches patrulla de la policía nacional desembocar en la Plaza de España por diferentes calles, metiéndose en la zona peatonal y avanzando bruscamente por ella en mi dirección. Me cercaron, deteniéndose uno delante de mí y otro detrás, las puertas abriéndose antes de haberse detenido del todo. Los cuatro agentes que había visto antes en la estación me rodearon y me conminaron a identificarme exigiéndome mi documentación. Suspiré, resignado, y respondí con amabilidad y concisión al subsiguiente interrogatorio. El escándalo de los acelerones y frenazos de los coches patrulla había alertado a los vecinos; observé que había un buen número de personas asomadas a las ventanas de los edificios próximos, observando la escena, así como transeúntes detenidos a cierta distancia y clientes del Avenida mirando desde la puerta o tras los ventanales.

Mientras proseguía el interrogatorio fui conminado a abrir mi petate y mostrar el escaso contenido a la Autoridad. De modo que mostré a los agentes y al respetable vecindario mis calzoncillos, el resto de mis mudas, un par de libros, el contenido del neceser y algunos efectos personales. A esas alturas comenzaba a sentirme bastante avergonzado, vergüenza que llegó a la humillación con el posterior cacheo y los murmullos de los corrillos de vecinos. Me encontraba tranquilo aunque molesto; nada tenía que ocultar, nada que temer y estaba terriblemente cansado del viaje nocturno en el tren. Entonces toparon con el bulto del bolsillo de mi pantalón. A requerimiento de la policía extraje mi cachicuerna y se la mostré. Me pareció interpretar  -y no creo equivocarme- en sus expresiones un gesto triunfal, de victoria por haber, por fin, encontrado algo que pudiera justificar el escándalo, la escena y la vergüenza que me estaban haciendo pasar.

-Es un arma prohibida, no puede ir con ella por la calle- dijo imperiosamente el que llevaba la voz cantante.

-Llevo años con ella en el bolsillo a diario, agente, nunca pasó nada ni se me llamó la atención en controles anteriores- contesté. Y bien cierto es: más de un control he pasado con ella sin que nadie me llamara la atención.

-Eso da igual, no puede ir con un arma en el bolsillo; la ley tal y cual lo prohibe, ¿cómo se le ocurre?- replicó, agresivo.

-Mire, buen hombre -repliqué armándome de paciencia-, soy marino mercante, ¿cuándo ha visto usted a un marino sin navaja? Es una herramienta útil para mil cosas cada día. Durante mis viajes -estoy seguro de que habrá intuido Ud. que hoy voy de viaje- me sirve para cortar el pan, queso y chorizo, o para pelar la fruta- argumenté, con santa paciencia, mostrándome comprensivo ante la falta de entendimiento del pobre agente, un rapaz que no llegaría a la treintena y que tenía toda la pinta -ojos rojos, aliento, mentón sin afeitar- de no haber pasado por la cama tras la juerga de anoche.

-Como herramienta de trabajo… quizás podría pasar, pero no es el caso, no está usted trabajando. Y viajando… podría pasar, pero tendría usted que llevarla en la mochila, ¡no en el bolsillo!- arguyó el mozo. Me repugna hacer este tipo de cosas, pero decidí cambiar el enfoque:

-Mire, agente: Soy oficial de marina mercante y también marino de guerra, militar. Vengo al Ferrol para incorporarme a la Armada, donde sirvo como reservista. Siempre llevé mi cachicuerna a mano, no sólo por lo práctico sino también porque me muevo mucho por el mundo, y es un lugar peligroso; sobre todo fuera de este rinconcito de Europa, en lugares donde mis botas valen más que mi vida. Ahora sé que esta navaja es algo más grande de lo permitido, y le doy mi palabra de honor -que lo tengo- de que en España no volverá a ir en el bolsillo. Pero le tengo mucho cariño… ¿no podríamos suponer que, en vez de en el bolsillo, iba en la mochila…? -aventuré con poquísimas esperanzas-.

-No- alzó el mentón sin afeitar con gesto altivo -Yo sólo cumplo con mi deber.

Comprendí que cualquier argumento sería inútil, por algún motivo el policía estaba determinado a requisar mi navaja. Me encogí de hombros y desvié la mirada del agente con desprecio, con gesto cansado y displicente.

Tras rellenarlo me extendió el resguardo del acta de intervención, que firmé desdeñosamente, hastiado y deseando terminar de una maldita vez con el asunto, y poco después los dos coches patrulla se alejaban, las ventanas de los edificios se cerraban y los transeuntes curiosos reanudaban su camino. Acabé de guardar mis cosas en el petate, me lo eché al hombro y, maldiciendo mi Suerte, eché a andar. Arrumbé directo a mi destino prescindiendo del chocolate con churros, maldita la gana que me quedaba de parar en el Avenida después de la escena que acababa de protagonizar delante de sus vidrieras.

Al rato pasé por delante de la comisaría de policía nacional de la Travesía de Vigo. Los coches patrulla estaban detenidos frente a ella y mi cachicuerna estaría en algún lugar en el interior de las dependencias. Me detuve frente a ella, considerando por unos instantes una idea más descabellada que intrépida, que acabé por desechar; y seguí calle abajo dejando mi navaja atrás probablemente para siempre.

Era mi navaja una clásica cachicuerna española de cinco estallos, de esas que hacen ‘clac’ cinco veces cuando las empalmas -un palmo de largo-. Cacha de asta de toro, fabricación albaceteña. Una compañera leal donde las hubo que me acompañó por cuatro continentes.

Proseguí mi camino, más triste que disgustado, añorando el tranquilizador contacto de mi navaja en el bolsillo.

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