Al garete

Los estibadores sevillanos estiban los contenedores sobre sus plataformas en la bodega principal del barco.

A bordo del Reyes V, en la Mar.

En los 34º ’ de latitud norte, 006º ’ de longitud oeste,rumbo a Santa Cruz

A 23 de marzo del 2011. Miércoles.

 

Anoche descendimos el río Guadalquivir, desembocando en el Océano Atlántico poco antes del comienzo de mi guardia nocturna. Salidos de la barra del río viramos a babor fijando rumbo suroeste, directo a Santa Cruz. El viento, Levante frescachón, refrescaba a medida que nos alejábamos de costa y perdíamos el socaire de tierra. La Mar también se encrespaba; el viento de levante se enfrentaba a la corriente del oeste que discurre hacia, y a través de, el Estrecho de Gibraltar, levantando fuerte marejada que nos incidía por la aleta de babor zarandeando al Reyes V, barco muy poco marinero, con un molesto y acusado balanceo lateral.

A las diez de la noche di mi habitual ronda por todo el barco. Entre el balance y el viento costaba trabajo caminar por cubierta.  Al inspeccionar las bodegas de carga observé que algunos contenedores se habían movido un poco. De hecho, cuando el barco escoraba, se desplazaban unos centímetros sobre las plataformas en las que los habían depositado. Literalmente depositado; los estibadores sevillanos no habían trincado los contenedores a las plataformas, se habían limitado a posarlos sobre ellas. Las plataformas –”roll-trailers”, técnicamente- sí habían sido bien trincadas a cubierta por nuestro eficiente contramaestre y sus hombres, pero no así los grandes contenedores de 49’.  Regresé al puente y advertí al primer oficial, comunicándole la preocupante novedad y recomendando que se trincaran con ganchos de cadena los tres contenedores. Éste, marino competente, seleccionó en la pantalla del circuito interno de televisión la imagen de la cámara de seguridad que vigila la bodega en cuestión. Permaneció observando atento, brazos cruzados y piernas abiertas para compensar las escoras provocadas por la marejada, el rostro iluminado por la pantalla. En esto llegó al puente el tercer oficial, que se había equivocado al poner el despertador y se había levantado una hora antes. Aprovechando su presencia en el puente el primer oficial bajó a la bodega, despertando al contramaestre por el camino, para asegurar la carga.

Mi descubrimiento resultó providencial; aunque ninguno de esos tres contenedores llegó a causar problema ni estropicio alguno, pues fueron asegurados a tiempo, en el lapso que el primer oficial tardó en despertar al contramaestre y encaminarse con él a la bodega sucedió el desastre: Las trincas de cadena de uno de los extremos de un roll-trailer se zafaron, y éste, con su contenedor encima, comenzó a deslizarse de un lado a otro con cada golpe de mar, dando latigazos con cada bandazo, y embistiendo alternativamente contra el contenedor que tenía a un lado -cuyas cadenas, afortunadamente, resistieron los embates- y las bulárcamas que tenía al otro, afortunadamente también, pues de haber estado en la zona de intemperie el contenedor probablemente se habría ido a la Mar. Tanto el 3º como yo permanecíamos en el puente ajenos a esta nueva situación. La potente voz del primer oficial, con su cerrado acento “andalú”, llegó a nosotros a través de la radio ordenando que cambiáramos el rumbo para aproar el barco a la Mar y evitar que éste escorara, a fin de poder volver a trincar la carga suelta con el mínimo riesgo. Que no sería poco. Antes de ponerme al gobernalle observé por la pantalla del circuito de televisión. Se me heló la sangre en las venas cuando vi la imagen: un contenedor de acero de treinta toneladas deslizándose por la bodega con cada bandazo, golpeando con violencia y amenazando con romper las trincas de otros contenedores y causar un auténtico desastre.

Corrí al gobernalle, desconecté el piloto automático y agarré el timón.

-¡Poned proa a la Mar y avisadme cuando esté fijado el rumbo!- la voz del primero llegó a nosotros a través de la radio. Se asomó el 3º a los portillos del puente un instante, observando la Mar en la obscuridad de la noche.

-Hmmm… ¿De dónde viene la Mar, Gonzalo?- Preguntó. «Dios mío, estamos bien» pensé para mis adentros. No necesité hacer una segunda comprobación para responder con seguridad que del Este, una o dos cuartas al Sur. -Vale, pues eso: pon proa a la Mar- ordenó el 3º sin mucha convicción.

Metí la barra a babor y el buque comenzó a caer a esa banda. Me esmeré en intentar gobernar a las olas de modo que su efecto se notara lo menos posible en el barco. Cuando tuve la proa a la Mar el 3º lo comunicó al 1º, y abajo en la bodega los hombres se jugaron el pellejo para trincar los contenedores. Ya habían mandado avisar a otros dos marineros, hombres de Mar veteranos, de confianza; y entre todos lograron asegurar la carga.

En el entretanto el capitán apareció en el puente. Había notado que cambiaba el rumbo significativamente, y se había levantado para subir al puente a ver qué demonios pasaba. Cuando el tercero lo informó, el viejo montó en cólera.

-¿¡No os leéis las órdenes que os dejo en el libro de órdenes o qué!? ¿¡No os dije que a la mínima novedad me avisarais!? ¿¡¿Pero qué coño tiene que pasar, tiene que dar la vuelta el barco para que me aviséis o qué?!?- Cuando el primer oficial regresó al puente la bronca, que hasta entonces encajaba el 3º oficial en solitario, se extendió también a él, aunque ya amaniada a una suave reprimenda. No en vano el viejo y el 1º son viejos compañeros y amigos. Yo, en el entretanto, gobernaba el timón volviendo al rumbo de viaje. En ese momento llegó la medianoche y el cambio de guardia, y con el permiso del primer oficial me retiré a mi camarote a descansar.

Contenedor trincado
Contenedor trincado

✽     ✽     ✽

Volví a despertar, sobresaltado, en mitad de la noche. Las máquinas se habían parado. Ya no se oía su lejano trepidar, sólo el ulular del viento afuera y el crujir y golpetear de decenas, centenas de elementos con cada bandazo del barco, que ahora escoraba mucho más a cada banda con cada golpe de Mar. Salté de mi litera y me puse pantalón de lona y mi jersey de cuello vuelto azul, apoyando mi trasero en un mamparo durante la maniobra para no salir despedido con el balance. Esta vez no cometí el error del fondeadero de Huelva, y me calcé calcetines y botas antes de salir al corredor y subir al puente a ver qué ocurría.

Manuel, el marinero de guardia, estaba al timón. También estaban allí el tercer oficial -de guardia-, el primer oficial y el capitán. Las máquinas se habían detenido súbitamente y el barco había quedado al garete, atravesándose a la tempestuosa Mar que a esas alturas era ya muy gruesa. Eché un vistazo al anemómetro: Entre 35 y 40 nudos (unos 70km/h), fuerza ocho en la Escala de Beaufort. No era demasiado, gracias a Dios. Pero podía empeorar. Al quedar sin propulsión el Reyes V se atravesó a la Mar, quedando a la deriva y escorando peligrosamente. El contramaestre y uno de sus hombres estaban en las bodegas comprobando que la carga permanecía trincada y segura. En el puente, una vez encendidos en el palo los dos faroles rojos, todo horizonte, que indican que el buque está sin gobierno, poco podíamos hacer salvo esperar a que los maquinistas, allá abajo, consiguieran arrancar las máquinas.

Los minutos se sucedían lentos, tensa la espera. Ni una voz en el puente. Los golpes de Mar se sucedían, uno tras otro; el primer oficial y yo observábamos en la pantalla del circuito  cerrado de televisión las cámaras de las diferentes bodegas de carga, con el corazón en un puño ante la perspectiva de un corrimiento de carga con las terribles consecuencias que podría acarrear. A veces cruzaba la pantalla la silueta del veterano contramaestre, alto y flaco, que recorría las bodegas con precaución. El capitán llamaba de tanto en tanto a la cámara de máquinas por el teléfono, para ver qué pasaba, qué hacían y para meterles prisa. Los nervios aumentaban, y el capitán llegó a perderlos en una de las llamadas:

-¡Por lo que más quieras, arranca de una **** vez, que vamos a perder la carga!- gritó al jefe de máquinas través del auricular, voz trémula, fuera de sí. Una escena nada tranquilizadora para los que la presenciamos. A esas alturas parecía que hubiera pasado un tornado por el interior del puente: Sillas volcadas, cajones abiertos y contenidos desparramados, ordenadores y teclados caídos al suelo a pesar de sus trincas, puertas de estantes abiertas a pesar de los pestillos. Por el suelo, de todo: Lápices y bolígrafos, cientos de hojas, libros y manuales, cajas de diversos equipos… Algunos objetos potencialmente peligrosos eran proyectados por el fuerte balance, como sillas o pesados cajones. La alumna -que se había asomado, inquieta- y yo nos afanábamos en intentar poner algo de orden y concierto en el maremágnum, recogiendo, trincando, apuntalando. Observé el clinómetro, que indicaba escoras de más de 30º a banda y banda.

Al puente llegó la voz del contramaestre desde la bodega central, a través de la radio: Informaba de que habían reventado dos de las recias cadenas de trincaje de otro contenedor, y se aprestaba a substituirlas y reforzarlas. Su voz llegaba con serenidad y aplomo, destilando mucha más tranquilidad de la que había en el puente. Entre él y el marinero -un hombre de Finisterre, de poco más de metro y medio pero recio y duro como una roca del Cabo del Fin del Mundo- consiguieron volver a trincar el contenedor y su plataforma, a pesar del fuerte balance, jugándose el tipo en la maniobra.

Algo más de una hora estuvimos al garete, zarandeados por el Atlántico en mitad de la noche, atravesados a la Mar, con escoras fenómenas que rompieron un par de cadenas y amenazaban con un desastre mayor como un corrimiento de carga o perder parte de ella por la borda. Finalmente los maquinistas consiguieron arrancar una de las máquinas, la de estribor. El capitán me ordenó ponerme al timón, y poco a poco fue intentando llevar el barco a un rumbo cómodo. No me resultaba tarea sencilla llevar el rumbo: Sólo tenía una máquina arrancada y el temporal dificultaba las cosas, con olas grandes y viento fuerte. Me esmeraba yo en tomar las olas, orzando o arribando según subiéramos la cresta o descendiéramos el seno. Y la máquina de estribor, la única que se había arrancado, se detuvo de nuevo. Raudo se abalanzó el capitán sobre el teléfono, llamando a la sala de máquinas. La obscura silueta de un inmenso mercante se aproximaba por nuestra amura de estribor, sus faroles de navegación visibles a simple vista, a pesar del mal tiempo. Estaba cerca, y se aproximaba aún más. Y nosotros, sin gobierno. Pero esta vez los maquinistas lograron arrancar en cuestión de minutos, y nuevamente goberné a rumbo, con dificultad, en la tempestuosa confusión del temporal; olas, viento, rociones de espuma que salpicaban los portillos del puente.

Tiempo después, estabilizada la situación por el momento, el capitán me dispensó de mis tareas como timonel, fijando el piloto automático y enviándome a descansar. Los demás ya hacía rato que se habían retirado, excepto el personal de guardia. El barco continuó a rumbo, propulsado por su única máquina en marcha y así, poquiño a poco, continuamos navegando hacia Santa Cruz de Tenerife donde llegaremos, si Dios quiere, con día y medio -o dos- de retraso.

 

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