La terraza de Sevilla

El Puente de San Telmo y la Torre del Oro, a orillas del Guadalquivir, al atardecer.

En tierra, Sevilla, en la ribera del Guadalquivir.

A 21 de marzo del 2011. Lunes.

 

Estoy sentado en la terraza de un bar a orillas del Guadalquivir, tomando un merecido descanso tras una tarde de deambular por la capital hispalense bajo un sol de justicia. Está ya atardeciendo y ahora el ambiente resulta agradable, a la sombra de los naranjos en flor y de los castizos edificios de la calle Betis.  Frente a mí, en la orilla opuesta del río, la Torre del Oro. La ciudad huele a azahar y me trae reminiscencias de Valencia. Disfruto de una copa de manzanilla fresca a la sombra. La orilla opuesta del Guadalquivir está aún iluminada por el sol del atardecer. La recorro con la vista: la Maestranza, la torre del campanario de la catedral, la Torre del Oro. Palmeras y naranjos, y otros árboles que mis muy limitados conocimientos de botánica no me permiten identificar. 

Observo a la gente a mi alrededor. En la terraza se mezclan turistas y visitantes con vecinos del barrio. A los primeros los delata su aspecto y actitud: sonrojados rostros norteños, acentos extranjeros; un grupo de estudiantes modernillos, bulliciosos y alegres, de ésos con estudiada apariencia de dejadez y gafas de diseño, que intuyo becarios Erasmus. Un par de parejas; una comprueba un mapa turístico de la ciudad; la otra, de aspecto fatigado, sonríe repasando las fotografías de la jornada de turismo en el visor de su cámara digital. Entre tanto forastero, entre los que incluyo a un marino gallego solitario que bebe una copa de manzanilla a la sombra mientras observa la ciudad y la gente y toma notas en su cuaderno de bolsillo, hay también algunas mesas ocupadas por gente del barrio, de la ciudad. Personas que prestan menos atención al entorno y más a sus interlocutores. Gente que sale a tomar una copa después del trabajo, o que bajan a compartir un café cuando el calor deja de apretar. Vecinos que socializan, cotillean, o cuentan y escuchan penas acodados en las mesitas de la terraza sevillana al atardecer.

El Sol se puso ya tras los edificios de Triana, y refrescó. El ambiente es aún agradable, más agradable que nunca, pero debo levantar el fondeo y ponerme en marcha. Entro de guardia en poco menos de una hora, hay una larga caminata hasta la Dársena del Centenario, donde está atracado mi barco, y comienzo a balancearme en aguas muy peligrosas. Ya trasegué dos copas de manzanilla, creo. O por ahí. Marino en tierra, terraza animada, calor y color andalusí. Guitarreo lejano de procedencia incierta, tres grupos de chicas alegres; miradas de reojo, sonrisas pícaras. A estas alturas otra copa de manzanilla puede ser letal. Lo sé. Y lo estoy deseando. El cuerpo y el espíritu me piden fiesta, es la sangre española. Pero en un atisbo de lucidez -quizás sea cosa de los años- decido cazar escotas y cambiar de rumbo y bordo, me apresuro a hacer una seña al atento camarero para pagar el importe de mis copas y me levanto con desgana, saludando con leves inclinaciones de cabeza y sonrisa taimada a varias mesas, que responden con cordialidad, vecinos de terraza con los que he compartido el atardecer aún sin mediar palabra, antes de poner proa a la Dársena del Centenario. Con voluntad. Con mucha, muchísima voluntad, dejando el bullicio y el lejano guitarreo a mis espaldas.

 

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