A través del portillo

El atardecer reflejado en el cristal del portillo de mi camarote, mientras surcamos el Atlántico rumbo a las Islas Afortunadas. Bajo este portillo escribo estas entradas.

A bordo del Reyes V, en la Mar.

En algún lugar entre las islas y la Península, primer tornaviaje.

A 19 de marzo del 2011. Sábado.

 

Estoy escribiendo ahora en un marco delicioso. Conseguí abrir el portillo de mi camarote; costó lo suyo, debía llevar décadas herméticamente cerrado. El calor comenzaba a ser muy molesto, bochornoso. Ahora la brisa atlántica refresca el interior de mi camarote, deslizándose entre mi camisa medio desabrochada y mi piel, recién salida de la ducha tras la sesión de ejercicio. El Sol apresura su descenso por Poniente; la puesta de sol se refleja en el cristal de mi portillo abierto, y escucho el rumor de la Mar hendida por el buque en su incesante navegar mientras escribo estos renglones. 

    ✽     ✽     ✽

    Guardia de noche. Navegando al norleste, rumbo a la Península. Hoy la Luna está llena. Salió hace un par de horas por nuestra amura de estribor. Fue anunciada por un claro resplandor sobre la obscura línea del horizonte, resplandor que precedió al orto lunar. Asomó ella poco después, grande, majestuosa, serena; bañando la Mar de destellos y fulgores plateados. Ahora, a cierta altura, ya no da tal impresión de tamaño y proximidad, y su estela sobre el negro océano es mucho más ancha y difusa. Al poco de salir, dicha estela era un reflejo centelleante de mil fulgores, compacto, estrecho, brillante y definido, como un sendero recto que invitara a darse un paseo hasta la Luna. Tras ella asciende Saturno, a más velocidad, ganándole terreno a la dama de la noche; como queriendo adelantarla en su ascenso al zénit, celoso de su majestuosidad. De nuevo me afano, por enésima vez en mi vida, por intentar divisar los anillos de Saturno. Pero las lentes de los prismáticos carecen de suficientes aumentos como para percibirlos por lo que, decepcionado, enfoco a la Luna y su conocida cara visible. Recorro su superficie, preguntándome cuál de tantos será el circo de Hiparco (inventor, por cierto, de la Trigonometría -tan usada en Navegación- y de los conceptos de latitud y longitud), por el que hace décadas se pasearon Tintín y el capitán Haddock en su viaje a la Luna; pero tampoco los modestos prismáticos me permiten deleitarme en esta observación. Frustrado, oteo la línea del horizonte en busca de alguna luz de un farol que delate la posición de algún otro navegante en la noche.

Navego los mares de mi recuerdo. Fue en un marco muy similar a éste en el que, años atrás, redescubrí la música clásica. Un género que nunca me había atraído especialmente pero que aquella, aquellas noches en el Atlántico Norte, me llegó a cautivar. Fue, creo, en el 2003; en el puente de un barco prácticamente igual a éste en el que navego, el del Pioneer. En aquellos años ambos barcos, el Pioneer y éste -entonces Envoy-, pertenecían a la misma naviera, la mítica P&O. Y, al igual que esta noche, aquélla de años atrás en la que sentí con profunda intensidad la música clásica, también lucía una hermosa luna llena.

Yo, por aquel entonces aún marinero, montaba guardia en el puente con un piloto norirlandés, el señor Byrnes. Debía rondar los cincuenta; calvo y rapado, perilla entrecana espesa y corta, rostro curtido, con marcados surcos y ojillos profundos y muy vivos, febriles, casi ofensivamente agresivos, tras sus redondas gafas de montura metálica. Menudo de cuerpo, aunque nerviudo; una solitaria y descolorida rosa de los vientos tatuada en su antebrazo quizás recordara algún rumbo pasado y difuso, entre rufianes y mujerzuelas en tabernas de puertos infames. Acaso sea la impronta de los muchos años que pasó pilotando pesqueros de altura gallegos como “costa” -patrón de papeles-. El señor Byrnes era un hombre arisco y afilado, tan nerviudo en el trato como en el físico. Pero le encandilaba, casi parecía que hasta lo amansara, la música clásica. Le gustaba ponerla en el puente durante la guardia de noche, cuando era muy improbable que el capitán, marino inglés de la vieja escuela, que no aprobaba esas “conductas impropias”, apareciera por el puente. Sólo en aquellos momentos su voz se tornaba suave, casi hasta amable. Al señor Byrnes le gustaba la música clásica alta, sonora, potente. Que llegara al alma y estremeciera. Fue en aquellas guardias nocturnas donde, como decía, caí cautivado por el sentimiento y los acordes de los virtuosos clásicos y sus melodías, escuchando su música, sintiéndola. En lo alto del puente de un barco mercante que navegaba en mitad de la noche sobre las frías y obscuras aguas del Mar de Irlanda, observando la Mar y la noche través de los portillos. Había algo de solemne en ello; avanzando a buena velocidad sobre la Mar, a treinta metros de altura sobre ella, elevado aún más por los acordes de la música clásica, la cubierta oscilando suavemente bajo mis pies, la obscura esfera celeste salpicada de mil estrellas, la Luna presidiendo el concierto y la noche, y el reflejo plateado de todas ellas, Luna y estrellas, en las negras y frías aguas sobre las que nos deslizábamos, con los vibrantes acordes de los grandes compositores clásicos atronando en el puente de gobierno. Había algo especial, de mágico, en aquel ambiente o atmósfera. Algo conmovedor, emocionante.

Y esta noche, observando el firmamento a través de los portillos del puente mientas el barco surca la Mar y la noche, volvió a mí el recuerdo de aquellos lejanos días con una punzada de nostalgia. La maldita nostalgia por los tiempos perdidos.

 

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s