Luces en el fondeadero

La consola del timonel, en el puente. Al fondo la línea de luces de la costa, en la que destaca en destello del faro de Chipiona.

A bordo del Reyes V, fondeados.

En los 36º 49,8’ de latitud norte, 006º 33,7’ de longitud oeste

A 11 de marzo del 2011. Viernes.

 

He tomado la guardia nocturna hace un rato. Otro día más fondeados frente al río Guadalquivir, el río grande de los moros, a espera de órdenes. Todo parecía indicar que levaríamos anclas hoy viernes para remontar el río hasta Sevilla, pero finalmente no será hasta mañana… si no hay nuevas sorpresas.

No se está del todo mal, aquí. Las guardias se suceden monótonas, tranquilas. Vigilamos el fondeo y la posición y dejamos que transcurran las horas, aprovechando para traducir, ya con mucha más calma, libros y manuales de menor importancia a los que aún no habíamos metido mano en Villagarcía. Dispongo de una razonable cantidad de tiempo para leer, escribir y estudiar, y eso me satisface. Sin embargo esta inactividad marinera me contraría en cierto modo. Por otro lado, ahora que firmo el rol como oficial encuentro a menudo que mi trabajo resulta menos gratificante que mis antiguas tareas como contramaestre, cargo que añoro con nostalgia y que desempeñé en mi última etapa de mar antes de quedarme en tierra para estudiar y obtener una titulación superior que me permitiera alcanzar, por fin, la cámara de oficiales. Añoro también, aunque de un modo distinto, los años en los que vivía en mi velero y navegaba libremente a mi antojo, mandando mi propio barco y trazando mis propias derrotas. Esa libertad de la que gozamos los patrones al mando de nuestro velero es una sensación que jamás se alcanzará aquí, en un buque mercante. Escribo estas líneas e inevitablemente recuerdo aquella cita de Conrad, el viejo maestro, en la que afirmaba que «la auténtica libertad comienza a veinte millas de la costa más cercana».

Estoy ahora en el puente, de pie, inmóvil, observando a través de los portillos. Los acordes del jazz que escucha el primer oficial salen desde el cuarto de derrota, inundando el puente con sus melodías. El crepúsculo vespertino llega a su fin, el día tocó a retreta y la noche cayó sobre nosotros. El puente está a obscuras. Una lámpara ilumina tenuemente con su luz rojiza la mesa de cartas, sobre la que está desplegada la carta 83 del Almirantazgo: Cabo Santa María to Cabo Trafalgar. Estoy seguro de que los marinos ingleses aún se corren de gusto de cada vez que doblan el infausto cabo. Sobre la carta descansan un lápiz bien afilado, un transportador y un compás de puntas. Una imagen muy marinera, pienso. Muy típica. Muy vista. Sin embargo me acerco a la mesa y procedo a arranchar los bártulos en su correspondiente estiba; me molestan mucho las cosas desordenadas y sin trincar, más en la Mar, impreciso elemento sujeto a inesperados vaivenes y meneos.

El resto del puente está salpicado de lucecitas de diferentes colores: Indicadores, leds, equipos de navegación y pantallas. Electrónica por doquier. Más allá de los portillos del puente, por la proa, se divisa la nítida línea de las luces de la costa. Entre ellas, ligeramente más elevada, se distingue la del faro de Chipiona: Un destello solitario cada diez segundos barre la noche. Incansable, preciso; tranquilizador. Una tranquilidad que no me transmiten las pantallas que tengo cerca de mí, las de los dos radares. Sólo uno de ellos funciona, la tormenta del otro día nos arrojó un rayo que dejó fritos los circuitos del otro y causó leves anomalías y desajustes en otros equipos electrónicos. El radar que queda operativo, con la pantalla atenuada en modo nocturno, barre también la noche incansablemente, un radio de doce millas náuticas centrado en el buque. Y sin embargo, a pesar de la contrastada fiabilidad de la tecnología, de los modernos equipos de detección y navegación, de la superioridad manifiesta del ojo electrónico sobre el humano, no consigo que su probada eficacia llegue a tranquilizarme. Encuentro, por el contrario, esa reconfortante tranquilidad en los astros -estrellas y planetas- y en los faros; en lo que veo, conozco y comprendo. Es por ello que esas noches cerradas de nubarrones, o de espesa niebla, o de lluvia, olas y espuma arremolinándose en temporal, me siento tan intranquilo, preso de una inquietante congoja. Me siento como un viajero desvalido, súbitamente cegado, que se ve forzado a continuar avanzando por un camino ignoto sin poder ver los peligros que acechan en él y sin posibilidad de tantear previamente el terreno. Como un ciego que avanza fiando su destino en su lazarillo.

El viento roló a este-norleste, fresquito -unos 20 nudos-. De vez en cuando algún relámpago ilumina la noche bajo los nubarrones que hay sobre Chipiona, dando al nuboso firmamento un aspecto fantasmagórico. Me acerco a la mesa de cartas con el almanaque náutico y el papel en el que apunté los datos de la observación astronómica que efectué hace un rato, en el crepúsculo vespertino, momentos antes de que la noche cayera ocultando el horizonte. Sendas alturas: Una a Pollux -uno de los gemelos de la constelación Géminis- y otra a Aldebarán -el ojo de Tauro, el toro de la noche-. Me gusta aprovechar parte de mi guardia de nocturna para calcular astronómicamente la posición del barco, tomando alturas a diversos astros. Es un momento que disfruto intensamente. En ocasiones algún error en el cálculo o en la medición arroja resultados imposibles o poco razonables, y desde luego estoy lejos de conseguir la precisión de la red  GPS de satélites. Sin embargo nada de ello llega a descorazonarme ni a empañar mi deleite y entusiasmo. Sigo confiando más en las estrellas que en la electrónica. Sigo confiando más en mí mismo que en otros.

Sigo confiando más en la naturaleza que en el Hombre.

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