El Reyes V se hace a la Mar

Avistamos un tornado navegando el Océano Atlántico, en los 42º de latitud.

A bordo del Reyes B, en la Mar.

En los 41º 40’ de latitud norte, 009º 17’ de longitud oeste.

A 5 de marzo del 2011. Sábado.

    Acabamos de terminar la comida. Sólo estábamos el primer oficial y yo en la cámara de oficiales, los salientes de guardia. Comí como un animal, la Mar me abre el apetito. Ahora me siento tremendamente pesado y voy a echar una siesta. Una agradable siesta marinera, en una litera que se mueve. No es mi movimiento predilecto, constante y a ritmo de los vaivenes de la Mar; es, por el contrario, una especie de traqueteo más similar al de un ferrocarril en una vía con baches, si tal fuera posible. Supongo -aún no conozco bien el barco navegando- que es debido a un exceso de estabilidad, a una altura metacéntrica excesiva, puesto que navegamos prácticamente descargados. Los fondos planos y los pocos finos del casco también influirán.

Todo lo contrario que mi situación personal; tras estibar tres platos cargados me encuentro con mayor peso en mi bodega estomacal y un centro de gravedad más elevado -soy de pierna larga-, por lo que acuso el movimiento del barco más que antes de sentarme a la mesa. El -moderado- trasiego de vino probablemente influye también en parte. Momento de maniobrar para corregir mi falta de estabilidad: Voy a echar mi siesta.

✽     ✽     ✽

    De un día para otro nos vimos largando cabos, por fin, rumbo al Sur. La tarde-noche del jueves llegaron los esperados certificados que le faltaban al buque. Al día siguiente, ayer, recibimos la inspección del MOU, que superamos sin aprietos. Y esta mañana largamos cabos rumbo a Huelva. Está previsto que mañana domingo a las 19:00 fondeemos en la barra de Huelva para petrolear; después remontaremos el Guadalquivir hasta Sevilla, estadía prevista de doce horas para cargar, y vuelta a la Mar rumbo a Las Palmas de Gran Canaria. Por el momento no tocaremos Agadir, como inicialmente se planeaba.

La singladura comenzó con buen cariz, zarpamos a las ocho de la mañana y salimos de la Ría de Arousa rumbo a alta Mar con el amanecer. La anécdota graciosa surgió cuando, ya prácticamente desembocados en el Atlántico, llegó al puente a través de nuestro canal de trabajo de radio la paciente voz del contramaestre, al que el capitán y el 1º oficial habían olvidado en el castillo de proa. En las salidas y entradas de puerto se deja un grupo de hombres en el castillo de proa preparados para fondear el ancla si fuera necesario, en caso de pérdida de gobierno o máquina, por ejemplo. Sobre todo si se sale a la Mar a través de una ría, canal dragada o cualquier tipo de paso angosto. Cuando el barco sale de la zona de peligro desde el puente se avisa a los hombres de proa para que trinquen las anclas y se retiren, pero esta vez se (nos) olvidaron de ellos. Si el bueno de Ángel, el contramaestre, no nos llama por la radio para pedir permiso para trincar las anclas y retirarse, probablemente aún seguirían allá en proa ahora.

Pasé el comienzo de la mañana a la paciente espera de que asomara el Sol entre los nubarrones que se arremolinaban por Levante, para tomar una altura. En el entretanto, y con los deberes de la guardia de navegación atendidos, pedí permiso para ponerme al gobernalle y llevar el timón a mano. Hacía tiempo que no hacía de timonel y quería también cogerle el tacto, el punto, a este barco. Me parece importante sentirlo a mano, conocer sus reacciones, cómo gobierna. Sentir su tacto al timón en mis manos. Me gustó, aunque navegábamos en Mar abierta, en lastre y sin excesivo viento ni corriente apreciable. A pesar de las formas del buque, muy poco marineras en mi opinión, resultó ser de gobierno noble y dócil. Incluso cuando apagamos una máquina y navegamos propulsados sólo por la de estribor (el barco tiene dos máquinas principales y dos ejes de propulsión paralelos).

Y así andaba, feliz, al gobernalle; un ojo atento al compás, el otro al horizonte, llevando el rumbo indicado por el capitán. No obstante no perdía de vista el cielo por Levante, pendiente de la aparición del astro rey.

-¡Ya está aquí, salió!- exclamé cuando por fin asomó el Sol entre los densos nubarrones -cumulonimbos que presagiaban mal tiempo- que se arremolinaban al Este. -Con su permiso paso el gobierno a automático, capitán.

Así hice, y corrí a la derrota a coger el sextante. A estrenarlo, de hecho, pues lo habíamos recibido pocos días atrás en el puerto de Villagarcía de Arosa. Lo extraje de su caja de madera y, apuntalándome con las piernas abiertas para compensar el balance, observé a través de él el Sol, regulando los filtros solares para no achicharrarme la retina. Bajé el astro hasta tangentear el horizonte y medí el ángulo de su altura, anotando metódicamente en mi cuaderno los datos medidos y la hora exacta de la observación. Luego me senté en la derrota y con ayuda del almanaque náutico y con sumo deleite calculé el horario de lugar del Sol y su declinación, así como su azimut verdadero y la diferencia entre sus alturas estimada y verdadera, datos todos ellos necesarios para determinar la posición del buque a mediodía verdadero, con ayuda de una segunda observación meridiana.

El Sol cruzó nuestro meridiano hora y media después de haber acabado yo mi guardia, pero regresé al puente para hacer la segunda observación y finalizar el cálculo de posición. Sin embargo ello no fue posible porque que los nubarrones habían encapotado el firmamento y no pude medir la altura meridiana del Sol en su cénit; tampoco despejó a lo largo de la tarde, y el cálculo hubo de quedar, por fuerza, inacabado.

Pero sí tuve ocasión de ver nuevamente un tornado durante la mañana, el segundo de este mes. Navegábamos hacia el Sur, ya rebasado el paralelo 42º. Yo había observado una especie de columna de lo que me pareció humo negro por nuestra amura de babor, una columna de humo que me hizo recordar, por lo negro de su color, aquellas que salían por la chimenea de nuestra querida fragata Extremadura cuando los maquinistas soplaban las calderas. Pero al poco, con mi atención ya puesta en otra cosa, escuché al capitán:

-¡Coño, otro tornado!.- Entonces me fijé con detenimiento y comprobé que mi “columna de humo” era, en realidad, otro tornado que con elegante y caprichosa forma se desplazaba por nuestro través. Esta vez conseguí fotografiarlo.

Otra anécdota divertida que retrata los diferentes caracteres de nuestra España tuvo lugar en el momento del cambio de guardia. Debatíamos acerca de la altura de las olas para rellenar la hoja de condiciones meteorológicas en el cuaderno de navegación.

-Ozú, las olas tienen por lo menos dos metros y medio- decía el piloto andaluz, exagerado.

-Bah, esas olas no llegan a medio metro, oye- replicaba el piloto vascongado, bruto.

-Bueeeno… por ahí andarán- apuntaba yo, sin dejar claro si estaba con el vasco o el andaluz. Como buen gallego, sin mostrar si subía o bajaba la escalera. Aunque teniéndolo muy claro para mis adentros.

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