Días en Villagarcía de Arosa

El portalón de popa del Reyes V, con la rampa posada en el muelle. En el centro se puede apreciar la ventana de la pequeña caseta del control de carga.

A bordo del Reyes V, atracados en Villagarcía de Arosa.

A 2 de marzo del 2011. Miércoles.

     Escribo esta entrada desde la caseta del control de carga, junto al portalón de popa del Reyes V. Es en esta caseta y sus alrededores donde paso la mitad de cada jornada desde hace un par de semanas. 

Existe el llamado ‘Código ISPS’, que es un protocolo de seguridad para buques e instalaciones portuarias, adoptado por la IMO -Organización Marítima Internacional- desde hace cosa de diez años. Es de obligado cumplimiento, y resulta importante esmerar el celo en ocasiones como ésta -puesta a punto de un buque recién fletado-, en la que recibimos constantes inspecciones a bordo. Dicho código establece que debe de haber constantemente un hombre de guardia en el acceso al buque, controlando el acceso y registrando todas las entradas y salidas de personal y material ajenos al barco en el libro destinado al efecto.

Me alterno en esta guardia con la otra agregada, hacemos cinco horas y media de guardia cada uno: Uno por la mañana y otro por la tarde. A partir de las 18:30 son los marineros de la guardia quienes ocupan el puesto.

La otra mitad de la jornada, la que no estoy de guardia en el portalón, la paso ocupándome de diversos cometidos relacionados con la preparación del buque para su entrada en servicio: Traduciendo muchos, muchísimos, infinidad de documentos, libros, manuales, mapas, esquemas, listados, diagramas, inventarios y demás papelería; o colocando los nuevos carteles traducidos por el barco; o echando una mano por cubierta en faenas marineras -picando, pintando…-; inventariando material de todo tipo, ya sea de contraincendios, seguridad, salvamento, prevención de polución, etcétera. Y también, pos supuesto, me ocupo de las tareas habituales propias de mi cargo, tales como corregir los derroteros, catálogos de cartas náuticas y demás publicaciones del Almirantazgo con los avisos a los navegantes.

En general los trabajos que nos ocupan a bordo estos días son muy poco frecuentes en los barcos; pero es que la situación del barco es también extraordinaria, o sea, fuera de lo ordinario.

Este buque perteneció en un principio y durante mucho tiempo a la mítica P&O (The Peninsular & Oriental Steam Navigation Company). Como curiosidad histórica, cabe mencionar que el Peninsular viene de nuestra Península Ibérica, pues en sus orígenes esta naviera operaba las rutas entre Inglaterra y España y Portugal. Los colores de la contraseña y la bandera de la compañía provenían de las banderas peninsulares: el blanco y el azul representaban a la bandera de Portugal de mediados del Siglo XIX, y el amarillo y el rojo a la bandera española.

Durante su período en la P&O este buque prestó servicio en diversas rutas por el noroeste de Europa. En el 2004 lo compró la naviera noruega Kystlink; tras su bancarrota el barco fue vendido al Grupo Boa, noruego, e incorporado a su división Ro-Ro. Navegó en el Báltico hasta que a finales del año pasado fue fletado por la Naviera Valenciana.

El barco fue traído desde noruega al puerto de Villagarcía de Arosa, donde aún nos encontramos, para prepararlo para la entrada en servicio con su nueva naviera armadora: Cambio de nombre, de bandera, de colores; renovación y actualización de todos sus certificados; organización del buque, traducción de toda la documentación, manuales, carteles, indicaciones. Inspecciones y más inspecciones. Limpieza, pintado, armado y pertrechado. Todo un proceso que lleva ya cerca de dos meses y que sigue alargándose, día tras día.

Yo llegué a bordo el 28 de enero -el buque llevaba ya tres semanas aquí- y, en principio, sólo estaríamos en puerto una semana o diez días más. Luego, otra semana más. Luego, hasta principios de marzo. Entonces se anticipó la salida a un martes de mediados de febrero. Luego al jueves. Al viernes. Al fin de semana. Al lunes. A finales de la semana siguiente semana. Llegó marzo. Y así van pasando los días, pendientes de inspecciones, de corregir algunas deficiencias, de recibir certificados y documentaciones, y sin saber cuánto tiempo más pasaremos atracados en Villagarcía.

Hoy la tarde transcurre tranquila. Un pequeño petrolero de unos 150m. de eslora, el Naparima, da los primeros cabos a tierra en el muelle aledaño. Arbola pabellón británico y viene a descargar combustibles refinados.

Un marinero de aspecto bonachón se asoma por la borda para colocar las rateras, unas protecciones para evitar que las ratas suban a bordo por las estachas. Hace bien; hace unas semanas, cuando arrumbaba a la taberna del puerto al anochecer, me crucé con una rata del tamaño de un autobús por el muelle del Ferrazo. Parecía llevar prisa, aunque no me importó que no parara a saludar.

Por el momento me encuentro a gusto a bordo, exceptuando el hecho de que por la particular situación del buque no navegamos.

Uno de los principales factores que influyen en la felicidad a bordo, uno de los puntos que más valoramos los marinos, sobre todo los españoles, es la cocina. Y tenemos la suerte de que, para ser un barco, es magnífica. Tenemos un buen cocinero, gallego, que cumple con creces. En el Mercadona local le apodan “Chanquete”, y el mote le viene al pelo; sólo le falta la gorra. Y un puntito de afabilidad en el trato.

Los compañeros, por ahora, muy bien. De entre casi una treintena hay dos sobre los que no tengo muy buen concepto y uno que, francamente, no puedo ver delante. Pero reina la armonía, son buenos compañeros y nunca hay disputas ni riñas. Y guardándome mis antipatías, como se debe hacer en los barcos, me llevo bien o muy bien con todo el mundo.

Mi camarote es adecuado. Individual y exterior, aunque el portillo no se puede abrir y la mesa tiene un increíble defecto: No puedo meter las piernas debajo porque tiene cajoneras en toda su eslora; por tanto tengo que escribir sentado de lado.

El Sol comienza a descender por Poniente; las sombras del muelle se alargan y refresca ligeramente el ambiente. Pronto llegará el marinero de guardia que me substituirá en el control de acceso, será hora de subir a cenar y retirarme por hoy.

Mañana será otro día. Aunque, presumiblemente, igual a los anteriores.

 

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