Somos carne de rolones

Vista de la popa del rolón European Pioneer atracado en el puerto de Larne, Irlanda del Norte, a finales del 2003

A bordo del Reyes V, Villagarcía de Arosa.

A 27 de enero del 2011. Jueves.

 

Mi compañero se había acodado en la regala y lanzado un espeso escupitajo por la borda. Observaba como sin ver los cerros nevados norirlandeses más allá del recinto portuario, la mirada perdida en el recuerdo. Así se mantuvo un rato, en silencio.

La carga de nuestra bodega parecía haberse detenido. La mañana era muy fresca, como correspondía a esas latitudes en pleno invierno, aunque soleada. Mi compañero Fran y yo estábamos cargando la bodega superior del Pioneer, un viejo rolón de la P&O -la Peninsular & Oriental Steam Navigation Company- que navegaba en ruta regular entre Irlanda del Norte e Inglaterra. Los estibadores parecían haber hecho un alto, hacía un rato que habían dejado de embarcar piezas. Se agradecía el descanso; en invierno toda la carga debe ir con trincado extra de mal tiempo. Seis, ocho o doce ganchos de cadena por cada pieza cargada. Y cabían muchas piezas en las bodegas del buque.

Habíamos comenzado a charlar acerca de barcos. Hablábamos de otros tipos barcos, con otras cargas y otras rutas. Otros mundos. Cargueros más clásicos -graneleros, carga generale, tanques, etcétera- en los que la vida es más cómoda y más amena. Travesías largas, trabajo más llevadero, estadías en puerto algo más prolongadas. Ambos anhelábamos el cambio.

Observé a Fran, que seguía acodado en la regala. Era un veterano en la compañía; un tipo recio y duro, de Ribeira, que había navegado muchos años en pesqueros de gran altura en los mares del sur, arrasando tabernas y burdeles de Ushuaia a Valparaíso. Debía rondar los cuarenta años. Un hombre grueso, con brazos como maromas y fuerte como un cabrestante, de rostro grande y ancho, rudo, de modos y maneras muy toscos. Pelo largo y desaliñado, barba de una semana. Su cara reflejaba cansancio, los surcos de la inclemente vida de Mar acentuados por la fatiga acumulada de la campaña en el viejo rolón. Escupió de nuevo por la borda, pareciendo regresar al presente:

-Somos carne de rolón, compañero. Una vez que caes en estos barcos no hay salida. Nadie los quiere. Claro que la agencia de embarque lleva otros barcos: los zumeros de Aleuropa que van al Brasil, containeros que cruzan el Pacífico… pero esos enroles no son para nosotros. Aquí, en los rolones del Mar del Norte, siempre hace falta gente y el trabajo es duro. Una vez que caes en estos barcos no te van a dar otros. De aquí no hay salida.

Escuchamos en el muelle el bramido de la maquinaria de los estibadores, que reanudaban la carga del buque. Me dispuse a preparar otros ocho ganchos de cadena para la siguiente pieza, cuya inminente llegada era anunciada por el estrépito de la maquinaria subiendo la metálica rampa de popa.

-Somos carne de rolones- sentenció con rotundidad y convencimiento mi veterano compañero, con gesto significativo, mientras agarraba la pesada barra de tensar cadenas y se aprestaba para recibir y trincar la pieza.

Interior de una bodega de carga de un rolón
Interior de una bodega de carga del rolón Reyes V.

 

Pasaron muchos años desde que mi viejo compañero de tripulación pronunció aquellas palabras que nunca llegué a olvidar del todo. La mitad, más o menos, de mi historial de embarques en marina mercante fue a bordo de rolones; me llevó años salir de ellos, pero lo conseguí. Creyendo desbaratado el mito comencé a sentirme seguro, casi hasta el punto de olvidar las proféticas palabras de mi compañero ribeirense.

Pero a veces parece que un hombre es incapaz de escapar a su destino. Tras varios azares y vicisitudes, quiso la Providencia dar un giro a mi vida tan inesperado como bienvenido: Fue aceptada mi solicitud para embarcar en la -llamémosle por ejemplo- Naviera Valenciana. Tenía un día y medio para presentarme a bordo.

Pero cuál no fue mi sorpresa cuando me topé con mi destino: el Envoy. Era difícil, francamente difícil, que me tocara un rolón. La Naviera Valenciana tiene una flota inmensa con muchos tipos de barcos: Portacontenedores, remolcadores de puerto y de altura, petroleros, embarcaciones fluviales, lanchas, varios pequeños pesqueros de cerco…Y dos rolones. Y, maldita sea mi suerte, de entre decenas y decenas de barcos, caí en uno de los dos rolones.

Las cosas de la vida, la naviera acaba de adquirir este viejo barco (estoy convencido de que lo compraron sólo para fastidiarme). Y no sólo eso: se trata precisamente de un viejo conocido… pues pertenecía a aquella misma compañía -la P&O- en la que yo navegaba en aquellos años en los que Fran, mi buen compañero, me enfrentó a mi destino: «Somos carne de rolones. De aquí no hay salida».

Me veo, pues, una vez más, a bordo de uno de aquellos viejos rolones de la P&O -ahora bajo la contraseña de la Naviera Valenciana-. Incapaz de escapar a mi destino, víctima de los malévolos jugueteos de la Providencia.

Pero llevo ya tres días a bordo, y debo confesar que la experiencia es ahora bien distinta. Hay una gran diferencia entre ser un inmigrante embarcado en una naviera inglesa a ser español en una española. Hay una gran diferencia entre hacerlo como antaño de marinero o contramaestre, a hacerlo ahora como oficial agredado.

Y, sobre todo, los compañeros de tripulación que tengo en este barco son, hasta ahora, magníficos. Cosa que no siempre puede decirse de los infames ingleses.

 

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s