El tratado del capitán Ciscar

D. Gabriel Ciscar y Ciscar, capitán de la Real Armada.

Siendo como soy, amante de los libros y la literatura, entre mis mayores aficiones se encuentra la de visitar librerías de viejo o de lance y librerías anticuarias, donde se amontonan obras antiguas, descatalogadas, casi desaparecidas y a menudo olvidadas. Debo admitir, no sin cierto asomo de vergüenza, que desconocía estas maravillosas cuevas de tesoros hasta que comencé a adentrarme en ellas a principios de este siglo. Sabía que existían pero nunca me había planteado poner un pie en ellas, las cosas de la vida. ¿Para qué? Las librerías convencionales están repletas de libros nuevos, en perfecto estado, de todos los temas, gustos y colores. Pero quiso el destino que, cuatro años atrás, empujado por el inexorable afán de localizar un esquivo libro descatalogado hacía algún tiempo (la historia de dicho libro, aquí), mis pesquisas y rastreos me llevaron a adentrarme en esas fascinantes cuevas de mil tesoros literarios e históricos que son las librerías de viejo. Y desde entonces soy presa de su hechizo. Cuando camino por otros puertos y otras ciudades jamás las busco; pero ellas suelen encontrarme a mí, o su influjo me guía a ellas de un modo mágico e inexplicable. Casi siempre acabo topando con alguna e inevitablemente sucumbo a su atracción, no pudiendo -ni queriendo- resistirme a la tentación de pasar bajo sus dinteles y adentrándome en esos espacios fascinantes, mágicos, misteriosos. En su penumbra reina la serenidad, el silencio, el suspenso; franquear sus puertas es entrar en la quietud de la librería de Karl Konrad Koreander, dejando atrás la lluvia de la calle y el gentío.

Desde que las conozco me gusta recorrerlas cuando tengo ocasión y tiempo. En mi cuaderno de bolsillo llevo una lista de libros que deseo añadir a mi modesta biblioteca, una lista viva, en constante cambio, con innumerables añadidos y tachones que dejan rastro de mis nuevos anhelos literarios y de mis adquisiciones e incorporaciones a mi biblioteca.

En las visitas a estos libreros no siempre se encuentra lo que se busca. Pocas veces, de hecho; pero nunca dejan de aparecer cosas interesantes, seductoras, sorprendentes o inéditas. A veces cuesta trabajo encontrar libros concretos pero es raro que, con tiempo, paciencia y la valiosa ayuda de los libreros, éstos no acaben por aflorar. Entre mis más preciados descubrimientos están, por ejemplo, un bello tratado del siglo XVIII acerca de las agujas náuticas y el arte de marear; un antiguo y hermosísimo volumen de cartografía marítima hispana; una primera edición del Arte naval de Baistrocchi; Los piratas del Defensor de Pedro, un grueso volumen publicado hace casi dos siglos que contiene el extracto de las causas y procesos contra los piratas del bergantín Defensor de Pedro, la sangrienta y fascinante historia de uno de los últimos piratas españoles; o mi ejemplar de la primera edición del Teoría del buque de don Cesáreo Díaz, obra de referencia para marinos desde los años setenta, extremadamente raro y buscado. Pero, sin lugar a dudas, mi más preciado descubrimiento es el Tratado de cosmografía del capitán Ciscar.

Fue en una de esas visitas a uno de mis libreros de viejo favoritos de Valencia, mientras paseaba entre estanterías y hojeaba vetustos volúmenes. Me detuve a charlar con Rafael, el agradable librero, y en un momento dado le pregunté si no tendría por ahí algo relacionado con la Mar. Frunció el entrecejo unos instantes, pensando, recordando, recorriendo mentalmente estantes, pilas de libros, lomos y títulos; y me pidió que esperase un momento. Subió a la cubierta superior y por allá estuvo un rato. Yo continué curioseando por los estantes, mientras desde las alturas su silencioso gato no me perdía de vista. Al rato regresó y me mostró, esbozando una sonrisa amable y taimada, un pequeño libro viejo.

Lo observé, suspicaz, antes de sostenerlo en mis manos. Las tapas, realmente viejas y cuarteadas, no mostraban título alguno, y en el lomo podía leerse, escrito a mano con anacrónico rotulador verde y trazo torpe: “CURSO DE MARINA”. Abrí el libro y me encontré con el verdadero título de la obra:

Tratado de Cosmografía.
Tratado de Cosmografía.

Se trataba de un tomo -el tercero, Tratado de cosmografía- del Curso de estudios elementales de marina, por don Gabriel Ciscar y Ciscar, capitán de navío de la Real Armada, en 1803.

De repente cambió mi percepción del libro, trocándose la inicial suspicacia en emoción y curiosidad. Miré fugazmente de reojo a Rafael, que me observaba, sonriendo, y me sumergí en las páginas del tratado, despacio, con deleite y fascinación, sintiendo las palpitaciones aceleradas. Sumergí mi nariz entre sus hojas y lo olí, aspirando su aroma: ese conocido olor a libro añejo, rancio. Olor a historia, olor a pasado. Acaricié el áspero papel, recio y basto, crujiente con cada paso de hoja. Más de dos siglos de historia transcurrieron desde su impresión; en ese tiempo el libro vivió -y sobrevivió a- las guerras napoleónicas, a la invasión francesa y a la Guerra de la Independencia, así como a los demás azares posteriores de la turbulenta historia de España, siempre ligada a la Mar. Acaso aquel mismo libro que sujetaban mis manos hubiera estado presente en la Batalla de Trafalgar, en el camarote de un capitán de la flota de Su Majestad, estremeciéndose bajo el impacto de los cañonazos ingleses, inmóvil en un estante entre el estruendo y el humo de la pólvora mientras los astillazos volaban por todas partes; o quizás en la Batalla del Finisterre, o en la del Cabo de Santa María, o en cualquiera de las muchas -tal vez en todas ellas-  que la Armada libró en aquellos años en los que una Europa convulsa se batía a cañonazos; hasta que años o décadas más tarde, relegado a un segundo plano por la aparición de obras y compendios más modernos y avanzados, fue retirado de la vida naval activa para descansar en el estante de la biblioteca de algún marino, durmiendo el sueño de los justos y siguiendo sólo Dios sabe qué vicisitudes durante estos siglos hasta acabar en mis manos aquella soleada mañana de otoño.

El tratado fue escrito en una época en la que la navegación era totalmente diferente a como es hoy. Por aquel entonces, en aquella fascinante era de «barcos de madera y hombres de hierro», los navegantes dependían de vientos y mareas para desplazarse, y de los astros y el magnetismo terrestre para orientarse. Desde entonces hasta hoy la navegación involucionó de un modo inversamente proporcional a la evolución tecnológica. Ahora inmensos buques de acero surcan los océanos guiados por sofisticados y precisos equipos electrónicos, y los vientos o temporales pasan a ser meros contratiempos, más o menos molestos o peligrosos, pero que raras veces obligan a los buques a variar su rumbo. Sin embargo, en lo que estrictamente a Cosmografía se refiere, aunque los descubrimientos han sido muchos las variaciones de lo ya conocido fueron pocas. Afortunadamente. Da una inmensa sensación de sosiego y tranquilidad saber que hay cosas que no cambian, que siempre fueron así y así permanecerán. Estrellas y constelaciones que llevan milenios en el mismo lugar y en las que puedes confiar, como en buenas amigas, porque sabes que seguirán ahí cuando lo demás falle, guiando nuestro camino y transmitiéndonos esa reconfortante sensación de tranquilidad.

Pregunté el importe pero resultó ser excesivo para mi bolsillo, a pesar de que el bueno de Rafael me lo llegó a ofrecer en casi la mitad del precio marcado. Deseé no haber visto el libro. Y lamenté dejarlo atrás.

Sin embargo el condenado libro, o su recuerdo, me acompañó el resto del día. Y de la semana. Su olor, su tacto, el sonido de sus hojas ajadas y manchadas por la huella del tiempo. Las anotaciones manuscritas de los marinos que lo estudiaron, guardiamarinas de la Academia de Cartagena o intrépidos capitanes en pleno ejercicio, a bordo de sus majestuosos buques de vela, combatiendo a los enemigos del rey a cañonazo limpio. Como Dios manda.

Acabé por telefonear al librero. Aún tenía el libro. Lo reservé. Y cuando regresé a Valencia en Navidad, lo recogí. Fue un desembolso doloroso; pero el coste de ciertas cosas se olvida con el tiempo, mientras ellas aún permanecen ahí quizás para siempre.

No fue hasta días después de tener el volumen en mi poder que, casualmente, encontré la nota. Estaba sentado en mi biblioteca ocupado en otras cosas cuando en un paréntesis decidí leer unas páginas del tratado del capitán Ciscar. Hojeando el libro llegué a las láminas desplegables del final, e intentando descifrar con sumo interés las cifras y notas manuscritas en los márgenes, desvaídas por el paso de años y siglos, fui a dar a la última página. Del interior de la tapa trasera del libro asomaba la punta de un papel con un elegante trazo. La así con cuidado, y tiré.

La misteriosa nota asomando entre la maltrecha tapa posterior y el forro.
La misteriosa nota asomando entre la maltrecha tapa posterior y el forro.

 

Poco a poco extraje una misteriosa nota de entre la maltrecha tapa posterior y el no menos maltrecho forro. Estaba cuidadosa, aunque asimétricamente, plegada. La desdoblé, atenazado por creciente emoción, y la examiné. Estaba escrita con el mismo trazo de pluma, elegante y medido, con el que está escrito el nombre del que probablemente fue uno de sus primeros propietarios, en marzo de 1812.

La nota, de una preciosa caligrafía muy cuidada, estaba respetuosamente dirigida a un tal don Francisco de Paula. Resulta inevitable que, en dicho marco histórico, acuda a mi memoria el infante don Francisco de Paula de Borbón, el menor de los hijos del rey Carlos IV, el infante que desencadenó la Guerra de la Independencia cuando los franceses intentaron llevárselo de Madrid en la memorable mañana del 2 de mayo de 1808. Nombres y fechas coincidían en el tiempo. Sin embargo mi emoción se moderó cuando una primera investigación me descubrió que el nombre de Francisco de Paula era relativamente común en aquella época.

Días más tarde, llevando a cabo indagaciones más profundas fui a dar en mi propia biblioteca con otro libro antiguo –Elogio histórico de D. Antonio de Escaño-. Fue leyendo el prólogo de este libro cuando volvió a cruzar mi derrota don Francisco de Paula… y de nuevo coincidían fechas, lugares y mar. Dice un párrafo así:

«En 1816 presentó éste el trabajo, que tuvo la mejor acogida en la Academia, para publicarlo en uno de los tomos de sus “Memorias”, publicación que fue demorándose por la escasez de medios económicos de la tan olvidada entonces Corporación.

Mediado el siglo, otro académico marino, D. Francisco de Paula Quadrado y Roo, Capitán de Navío graduado y retirado (….)»

No cabe duda de que este Francisco de Paula coincidió en el tiempo con el propietario del tratado; asimismo en el oficio, pues era también marino.  Pero… ¿cabría la posibilidad de que fuera el destinatario de la enigmática nota escrita dos siglos atrás, escondida en mi volumen del Tratado de cosmografía del capitán Ciscar?

La nota, cuidadosamente plegada y escondida, es sin lugar a dudas una nota secreta: “y me valgo de un amigo para decirle, a través de esta…”. Aquellos turbulentos años de nuestra historia se prestaban a este tipo de comunicaciones, notas secretas manuscritas entregadas por medio de amigos leales o sirvientes fieles. El propio capitán Ciscar, valenciano, insigne marino  y eminente científico, se vio envuelto en tramas e intrigas políticas, llegando a ser teniente general de la Armada Española, regente del Reino y consejero de Estado… antes de acabar exiliado tras el triunfo de la Restauración.

¿Cual es el misterio que entraña la enigmática nota secreta del capitán de Su Majestad, dirigida a un tal don Francisco de Paula, hace dos siglos?

Me queda ahora por delante una apasionante labor de investigación para tratar de averiguar todos los detalles acerca del autor de la nota, y su destinatario. Visitas a archivos y bibliotecas, rastreos, intensas emociones, profundas decepciones y… ¿respuestas?

 

Fotografía de parte de la misteriosa nota, oculta en el forro desde hace dos siglos.
Fotografía de parte de la misteriosa nota, oculta en el forro desde hace dos siglos.

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