Swäbisch Gmünd

Los verdes y altísimos árboles de las lindes del Bosque Negro, desde el Club de Caza local.

Agosto del 2010.

    Pasaron mis estivales días de azules a verdes. Cambié, durante unas semanas, los calores de la costa levantina española y el azul del Mediterráneo por el más benévolo clima del Bosque Negro germano y el verde de sus forestas. De sus lindes, en realidad. De la noche a la mañana me vi de nuevo liando el petate y largando cabos, rumbo Norleste, con día de salida pero sin fecha de retorno. Tal y como se debe emprender cualquier viaje saludable.

    Todo empezó a principios de agosto, un día como otro cualquiera, el que me encontré con la agradable sorpresa de recibir noticias de un viejo amigo… llamémosle, por ejemplo, Karl. Es un rudo hombre alemán, que anda por la sesentena, con mucho mundo y mucha historia a cuestas. Atraviesa con la penetrante y viva mirada de sus ojos de azul intenso,  su pellejo curtido por una vida inclemente y surcado por las cicatrices con que su particular historia lo marcó. Es bajo y grueso, sus manazas recias y sus antebrazos cubiertos de espesísimo vello entre rubio y canoso. Pausado y sereno en el habla, es un hombre asombrosamente cultivado a pesar de haber llevado una vida de acción.

    Nos conocimos hace años en el puerto de Burriana, Castellón. Yo vivía, por aquel entonces, en el Capitán Manuel Lara mi velero. Una mañana de la primavera del 2007, días después de mi recalada en aquel puerto, observé desde mi balandra la entrada en la dársena de un velero de pabellón alemán. Su único tripulante parecía agotado, sentado a popa, ojeroso, gobernando la caña del timón rumbo a mi mismo pantalán. Me acerqué a ayudarle a amarrar su barco y tras la maniobra entablamos conversación. Así nos conocimos, en su día, y desde entonces fraguamos una extraña amistad que conservamos hasta hoy, aún en la distancia.

    Contesté, contento, a su llamada y tras un rato de charla, de contarnos y ponernos al día, me invitó -una vez más- a ir a pasar unos días a su casa de Calpe; en esta ocasión pude, por fin, aceptar, estando libre de compromisos.

    Durante la agradable estancia como su invitado -es un anfitrión excepcional- me propuso acompañarle a Alemania unos días, pues él debía ir a su pueblo para atender ciertos asuntos y realizar algunos trabajos allí. No hubo mucho que discutir.

    Salí hacia el Norte un par de días antes que él, para parar en la casa de la Playa de Almenara a rehacer el petate para la nueva latitud de destino, y un par de jornadas después, cuando el Sol caía por occidente, me recogió a la puerta de casa y continuamos juntos rumbo a Alemania.

    Fue una travesía amena, aunque algo cansada. A diferencia de mí, que me encanta ir parando en los sitios, Karl prefiere no entretenerse. Establecimos guardias de timonel entre los tres -nos acompañaba su mujer- y mientras uno conducía, los otros dos descansaban como buenamente podían. Afortunadamente el coche que llevábamos era muy amplio, uno de esos grandes Range Rover. Sin embargo poco pude descansar, pues cuando Karl conducía no me dejaba entornar los párpados, empeñado en contarme la historia de buena parte de los pueblos y regiones que atravesábamos, anécdotas, curiosidades, episodios históricos o cambios observados desde aquella primera vez que recorrió este camino, hace tropecientos años.

    Hicimos varias paradas -las justas- para estirar las patas y comer, y fueron éstas muy agradecidas sobre todo por Tomi (el perrazo de Karl) y por mí. Tomi y yo nos llevamos de maravilla. Es un perro enorme -más de cuarenta quilos- mezcla de greyhound y pit-bull. Su pelaje es corto y gris; su cara pánfila y bonachona engaña, pues el can sólo es cariñoso con Karl y pocas personas más, de confianza -entre las que me incluyo, afortunadamente-. Es un animal muy fuerte y musculoso, y extraordinariamente obediente y disciplinado. Lo pasamos muy bien paseando o jugando, aunque me cuesta vencerle en los juegos de pelea y a la carrera. Cuesta dominarlo cuando aparece otro perro, tiene obsesión por triturarlos despiadadamente. Bueno, me cuesta a mí; a Karl le basta con una sola palabra.

    Finalmente llegamos a Alemania, con más de seis horas de retraso sobre el horario previsto, tras atravesar la hermosa Alsacia.  Eran las seis de la tarde del jueves cuando recalamos en nuestro destino, un pequeño y precioso pueblo llamado Gernsbach. Allí dejamos a la mujer de Karl (en realidad una de sus mujeres, o ex-mujeres, o compañera rotativa, o… en fin, lo suyo es complicado de definir), que muy amablemente nos invitó a una deliciosa merienda-cena en casa de su hija. Una hija casada, a todo esto, con el carnicero del pueblo, que aportó un extraordinario surtido de salchichas y carnes al banquete. Se trataba de un carnicero de aspecto arquetípico: un mozo enorme, algo más alto que yo pero como de cuatro veces mi diámetro. O más. Extraordinariamente grueso. Pelo rizado, labios carnosos y rostro de mejillas alarmantemente rojas, que me hacían preocupar por la aparente inminencia de un síncope en el inmenso carnicero durante la comilona. 

    Tras la opípara cena continuamos camino hacia nuestro destino, otra pequeña ciudad llamada Swäbisch Gmünd, unos doscientos y pico quilómetros al Este.

    Y por fin, en torno a la medianoche, llegamos al banco de Herr Karl. Sí, digo bien, a su banco.

    Y es que resulta que el buen hombre compró hace años un banco. ¡Y vaya banco! Ya me había hablado de él, pero ver el edificio ante mí, y ver después su interior, me impresionó. Se trata de un edificio construído en 1905, hace ya más de un siglo, recio pero elegante. Se encontraba en un magnífico estado, pues hasta hace poco menos de una década -cuando fue comprado por Karl- funcionaba aún como banco, y desde entonces oficia como residencia particular. El primer piso fue acondicionado, y es la impresionante casa de mi amigo y su mujer. Su otra mujer. Ésta, periodista, es un ejemplo de mujer sofisticada y urbanita, muy poco doméstica; contrasta con la que nos acompañó en el viaje desde España, que es una mujer mucho más casera y hogareña… cuando no está envuelta en aventuras, como cuando pasaba armas en su todoterreno a través de los Balcanes a la Yugoslavia en guerra, donde Karl se encargaba del adiestramiento oficial de las fuerzas fronterizas locales. Pero, como decía Ende, ésa es otra historia y será contada en otra ocasión. O no. El segundo piso fue reformado y dividido en varios apartamentos que tiene alquilados, y la planta baja se mantenía aún como en su época comercial.

    Este banco era en tiempos, en realidad, un “banco de bancos” del Bundesbank. Es decir, un banco que recibía grandes depósitos de dinero que luego distribuía a las sucursales de la comarca. Fue, afortunadamente, respetado por los combates de la Segunda Guerra Mundial, y se mantiene casi como en sus orígenes.

    El edificio es un verdadero fortín, en toda regla. Los muros son extraordinariamente gruesos: los tabiques interiores más estrechos de la estructura tienen no menos de sesenta centímetros; de ahí, para arriba. Las ventanas, de cristal blindado, son capaces de resistir el impacto de obuses  de pequeño calibre. Todos los muros y paredes son de piedra, y albergan en su interior una sólida estructura de acero. De una versión primitiva de acero, vaya, recordemos que se edificó hace más de cien años. En aquellos tiempos no se conocía aún la soldadura, por lo que toda la estructura de acero está montada con miles de tuercas. No pude evitar imaginarme un gigantesco “Mecano”, como aquel con el que yo jugaba de peque durante horas y horas en el desván de El Ponto, la casa familiar.

    Se construyó primero la armadura, que fue luego rellenada con piedras de la más excelsa calidad. Este banco fue el primer edificio de toda esa zona de Alemania hecho con este sistema de construcción. Dicho método fue desarrollado por la Universidad de Berlín, y más tarde empleado para levantar el conocido Empire State Building de Nueva York, que fue el edificio más alto del mundo durante cuarenta años. 

    Los materiales empleados en su construcción son, como decía, de la mejor calidad. Las piedras se traían desde lejísimos (lamentablemente no consigo descifrar el nombre del lugar ni la distancia en los garabatos de mi cuaderno de notas), y es asombroso observar cómo las figuras, esculturas y medallones de piedra tallada de la fachada no ofrecen atisbo de daños ni erosión, a pesar de la severidad del inclemente clima alemán, y sus más de cien años de antigüedad. Parecen esculpidos ayer.

    Ya en el interior, cada inmenso peldaño de la amplísima escalera está hecho de una sola pieza de piedra, incluídos los grandes rellanos. Los suelos originales, que en la planta baja y en ciertas áreas de las superiores están cubiertos por otros más modernos, son unos mosaicos de piedra italiana de colores, muy vistosos aunque absolutamente anacrónicos. Por lo visto eran el súmmum de la elegancia (¡y precio!) en aquella época.

    En el centro de la planta baja se conserva todavía… ¡la gran cámara acorazada! Es una gran estancia revestida de acero (éste ya del mejor y más moderno) que conserva aún la mayor parte de los sistemas de seguridad del banco, los más modernos de hace casi diez años, plenamente funcionales aunque desconectados. La impresionante puerta pesa, nada más y nada menos… 5.500 quilos, ¡cinco toneladas y media! Aunque sus rodamientos se mantienen en perfecto estado, me costó lo suyo moverla.

    La verdad es que me venía constantemente a la cabeza aquella mítica y divertidísima película bélica de principios de los setenta, Los Violentos de Kelly, en la que un escuadrón de soldados yanquis interpretado por un excepcional reparto -Donald Sutherland está inconmensurable- se interna en territorio enemigo, con el particular y descabellado propósito de robar un banco alemán, durante la Segunda Guerra Mundial.

    Abriendo una pesada puerta metálica de la planta baja, tan antigua como misteriosa, se accede a la parte que más me gustó: los subterráneos. Hay bajo el edificio varios niveles de subterráneos. El original era sencillamente una inmensa carbonera, para almacenar el carbón que se empleaba para la calefacción. Pero las cavidades originales fueron agrandadas y expandidas, y en la actualidad su uso es bien diferente. Las viejas escaleras descienden a través del túnel, hasta llegar al primer nivel. Llegados a este punto el túnel se ramifica en varios pasadizos que serpentean bajo tierra, y que llevan a diferentes estancias a las que Karl da diversos usos: almacenes, un pequeño taller de ebanistaría, trasteros, y cosas así. Caminando por ellos, observando los techos abovedados y las gruesas puertas de hierro, da la sensación de estar en el interior de un búnker.

    Abandonando este nivel, y descendiendo aún más a las profundidades…. llegamos al pub clandestino de mi buen amigo. Lo construyó él mismo (es un hombre verdaderamente polifacético) durante varios años en una gran estancia que fue excavada durante la Segunda Guerra Mundial como refugio contra los bombardeos y la aviación. Luego, en la etapa final del banco, fue donde se llevaba a cabo el cambio de moneda (a gran escala) de Marcos a Euros para esa comarca, y aún conserva varios carteles de aquellos días que ahora adornan el pub. 

    Es una estancia abovedada y alargada. La escalera desemboca en el centro; en uno de sus extremos tiene la barra, con su inevitable grifo de cerveza. En el opuesto hay una pesada puerta de hierro, con una inscripción en alemán rotulada en letras góticas. Karl me invitó a abrirla, así que me acerqué a ella y comencé a abrir las tres pesadas manillas de hierro macizo. Cuando conseguí abrir la pesada puerta, tirando de ella hacia mí, me topé de súbito con una figura justo delante de mí, y no pude evitar, preso de la sorpresa, atizarle instintivamente un derechazo… que casi me descalabra el puño. Oí las carcajadas de Karl a mi espalda…

     -¡Te presento a Lili!- me dijo, socarrón.

    Ya con la puerta abierta del todo vi a la tal Lili: una especie de maniquí de mujer ataviado con lencería negra de otra época, y una peluca raída de peinado anticuado. Estaba allí plantada, la pobre, pegada al otro lado de la puerta, que daba a un corredor de piedra desnuda muy húmeda y obscura que se prolongaba cierta distancia hasta acabar  en un túnel vertical con barrotes de hierro que hacían las veces de escala: era la vía de escape, por si los bombardeos derribaban el edificio sobre los infelices refugiados. Olía a húmedo, a rancio. A historia con cierto puntito macabro. Aunque para macabra, la grotesca imagen de Lili, a la que saludé una vez repuesto del sobresalto.

    -Guten Tag, Fräulein!

    Sobre la ciudad no tengo mucho que contar; fue un antiguo asentamiento romano, llamado “Gamundia”. Éste estaba emplazado justo en el punto en el que confluían y lindaban las provincias romanas Germania Superior y Raetia, y la llamada Germania Magna, o sea, los territorios bárbaros del norte que poblaban las salvajes tribus germanas no sometidas al imperio. El Gamundia original derivó al más germano Gmünd, pero en la época del III Reich le añadieron delante el “Schwäbisch”, para diferenciar esta ciudad de otra Gmünd que, por lo visto, había en algún lugar de Austria. Schwäbisch viene siendo el gentilicio de Schwaben, la comarca. La palabra Gamundia deriva de el término con el que los romanos se referían a un “lugar en el que confluyen dos ríos”.

    En la época del Imperio Romano, en esta ciudad lindaban las mencionadas provincias romanas con los salvajes territorios del norte. Los industriosos romanos (o quizás, más probablemente, sus esclavos) levantaron una serie de inmensas empalizadas llamadas limes que separaban el Imperio de los territorios bárbaros. En el caso de la germánica, ésta se extendía 568 quilómetros e incluía, como mínimo, 60 fuertes y más de 900 torres de vigilancia.

    Justo en esta ciudad la empalizada cambiaba: a lo largo del la provincia de Germania Superior ésta estaba construída con gruesos árboles cortados longitudinalmente, quedando la parte plana hacia el territorio bárbaro, y la parte curva hacia la provincia romana. La parte superior de los troncos había sido afilada en punta. Sin embargo, la empalizada correspondiente a la provincia de Raetia estaba construída de piedra. Me pregunto si habría sido cuestión de presupuesto o de predominancia de recursos en cada provincia.

    Distribuídas a lo largo de la empalizada había torres de vigilancia, cada una de ellas dentro del alcance visual de la siguiente. Y tras la linea de torres estaban los campamentos fortificados, que distaban aproximadamente un quilómetro, y cada uno de ellos asistía a varias torres.

    Aunque se da como fundada por los romanos, por lo visto el primer asentamiento del lugar fue un castro celta. Aún hay restos originales de él en los densos bosques cercanos, pero no tuvimos tiempo de internarnos en la espesura para verlos.

    La ciudad en sí fue fundada a mediados del siglo XII, y fue durante casi seis siglos una ciudad imperial libre dentro del Sacro Imperio Romano, esto es, regida directamente por el emperador y no por ninguno de los nobles inferiores. Fue, por lo visto, la ciudad de vacaciones de varios kaisers del Sacro Imperio.

    A día de hoy creo que no hay nada especial que caracterice a la ciudad; sin embargo durante mucho tiempo fue muy famosa por ser centro de artesanos de metales preciosos, oro y plata, que modelaban partes para relojeros suizos, entre otros.

    Confieso, con la esperanza de que Karl no llegue a leer esto, que la ciudad no me gustó mucho. Mi buen amigo me hizo especial hincapié en que debía de visitar la münster, la abadía del pueblo, explicándome que era un increíble edificio con un milenio de antigüedad, grande e impresionante. Con esa carta de presentación la visita era obligada, y una tarde que acabamos pronto con el trabajo me acerqué a visitarla, cargado de ilusión y expectativas. Me temo que mi amigo no tuvo en cuenta que, como español, provengo de un reino de arraigadísima cultura y tradición cristiana, un país con edificios de la talla de las catedrales de Compostela, Palma de Mallorca, León, Barcelona, Sevilla… aparte de nuestra ración de monasterios, abadías, edificios religiosos de menor orden, etcétera. La “impresionante abadía” era más pequeña que la iglesia de mi parroquia en El Ferrol. No era fea, pero desde luego me sentí un poco defraudado. Tanto fue así que descubro, intentando buscar alguna imagen de ella en mis álbumes, que ni siquiera me tomé la molestia de fotografiarla.

   A la vuelta nos detuvimos nada más entrar en la provincia de Castellón, en un lugar próximo a aquél en el que la primera noche de viaje atropellamos una lechuza. Ésta nos acompañó, cual grotesco mascarón de proa, durante los más de 4000 quilómetros recorridos esas semanas entre ida, vuelta y viajes por Alemania. Suponíamos, tras atropellarla, que con la marcha se caería… pero al llegar a Alemania descubrimos que seguía en el mismo lugar, y en la misma “postura”. En fin, ahí quedó la lechuza. Decidimos darle una solemne y honrosa sepultura cuando regresamos a España más de dos semanas después, en el paraje en el que la habíamos atropellado, y así se hizo aquella mañana momentos antes de que despuntara el sol.

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