Aforo completo

Hace siglos que alguien debiera haber colgado el cartel, cuando la situación aún podía resultar controlable sin tener que llegar a decisiones o medidas drásticas.

La Coruña, a 14 de enero del 2010. Jueves.

    Quizás, en vez de preocuparse tanto por tantísima demagógica necedad -no hay más que echar un vistazo a los titulares de prensa-, alguien debería ocuparse en colgar el cartel de ‘Aforo Completo’ en, por ejemplo, lo alto de la Torre Eiffel. Dicen que de por allí traen las cigüeñas todos los bebés, ¿no?

    Desde hace algún tiempo estoy convencido de que en la Tierra, o sobra gente -en concreto gente estúpida-, o falta espacio. Como lo de agrandar el planeta está complicado (más por los permisos de obra y demás burocracia que por otra cosa), concluyo que sobran humanos.

Este año nos acercamos ya a los 7.000,000.000 de fulanos, como podemos ver en el Reloj de la población mundial. Demasiada gente como para vivir bien y estar cómodos. Con tantísimos humanos, frecuentemente hacinados, pululando por el orbe, nos enfrentamos a desagradables problemas de muy difícil solución. Desde situaciones tan obvias como la falta de intimidad o de alimentos, a otras más complejas como la circulación, la falta de energía (en realidad el desconocimiento de cómo aprovecharla, porque haberla, haila), de ocupación, de equilibrio o de libertad.

    Personalmente, por la parte que me toca y teniendo en cuenta que probablemente no viviré mucho más de un siglo en el mejor de los casos, creo que lo que más me molesta y agobia es la falta de intimidad, de espacio, de soledad en la naturaleza. No hay lugar al que no haya llegado la presencia o influencia del Hombre. Su basura y contaminación. Incluso en los antaño vacíos océanos hay áreas que parecen auténticas autopistas. De las de muchos carriles. Y es cierto que, aunque hubiera la milésima parte de personas, los satélites, móviles, Internet, telepantallas, Pentágonos y demás inventos se encargarían de robarme mi intimidad. Personalmente me importa bien poco que, mientras escribo esto, un ojo espía pueda estar observando por encima de mi hombro, a través del portillo, desde los límites de la exosfera; pero sí resulta en cierto modo inquietante.

    Siendo un poco más serio y menos egoísta, también me preocupan -y mucho- otros problemas derivados de la superpoblación. A medida que crece el número de humanos, nos vamos comiendo las zonas verdes de la Tierra, y ellas son el pulmón del planeta: Sin ellas, no hay vida. Es un concepto tan básico y sencillo de comprender, además de importante, que se estudia (o estudiaba) en la EGB, en Ciencias Naturales. Y sin embargo…   

    Los humanos seguimos el mismo patrón de comportamiento respecto a la Tierra que un cáncer.

     El creciente número de humanos y el consecuente desarrollo tecnológico nos colocan en una situación de relativa escasez energética. Y digo relativa porque no es que no haya suficiente, es que no se sabe cómo aprovecharla. O no interesa. Por ejemplo, los océanos acumulan una barbaridad de energía procedente del Sol, el astro rey y dador de vida:

El mar como acumulador de energía
El potencial de energía solar que alcanza la superficie de la tierra es del orden de los ciento ocho billones de kilovatios, por lo que cada hora y cuarto, aproximadamente, el Sol aporta a la Tierra el equivalente a toda la demanda mundial anual de energía primaria. La radiación solar que llega a la superficie terrestre a lo largo de un año, del orden de 946 millones de TWh, es más de siete mil veces superior al consumo anual de energía primaria de todo el planeta, de 11.434 Mtep en 2005 [12].

Fragmento de La Energía del Mar (2008)
Por don Manuel Lara Coira,
para el Congreso Mundial de Energía.

    Si tan sólo supiéramos cómo aprovecharla (o quisiéramos), tendríamos más que de sobras con el Sol. Aún siendo casi siete mil millones de tipos a bordo. Afortunadamente las energías renovables van ganando terreno, y más de la mitad de la energía eléctrica de España proviene de fuentes renovables. Pero en lo que se refiere al cómputo de la energía total (no sólo la eléctrica), el aprovechamiento de las renovables cae por debajo del 4% del total. Para lo demás se utiliza petróleo (próximo a acabarse), gas (próximo a acabarse), carbón (no tanto, pero… próximo a acabarse), nuclear (duraría un poquiño más pero…) etc. todas éstas, fuentes de energía que contaminan. Algunas mucho, otras más aún. Y todas con sus peligros inherentes.

    Y al hilo de esto, enlazamos con otro problema derivado del exceso de gente: Los residuos. Desde hace tiempo nos está comiendo la mierda -con perdón de la expresión-. Y no parece que preocupe demasiado a nadie, tampoco.

 

how-to-get-rid-of-the-plastic-polluting-the-ocean
Un mar de mierda.


Desde hace décadas se viene acumulando en algún lugar del Pacífico Norte la llamada Pacific Garbage Patch, esto es, una especie de isla de más de un millón y medio de kilómetros cuadrados (es decir, tres veces la superficie de España) formada por unos 3,5 millones de toneladas de plásticos que son arrastrados a aquel lugar por diversas corrientes marinas que confluyen en un vórtice. Y allí se quedan, girando en el vórtice, y seguirán acumulándose con el paso del tiempo hasta que la ‘isla’, convertida ya en el séptimo continente, roce al girar con los EEUU (si no pasa algo peor antes). Tantísima población genera una cantidad de residuos que es imposible de gestionar de un modo razonable, responsable y saludable, y los que estamos inmersos en la civilización occidental no contribuimos lo más mínimo con nuestro estilo de vida. Ya no hay dónde meter tanta basura, ni cómo procesarla.

    Con el aumento creciente de la población, crece también el número de gente dedicada a la investigación, así como la necesidad de lograr avances que permitan mantenernos a todos alimentados y  controlados. Con mucha menos gente habría, creo yo, mucha más calidad de vida, menos necesidad y escasez, más naturaleza, equilibrio y armonía.

    Con menos humanos en danza no sería necesario (ni posible) tanto desarrollo tecnológico, ni tanto trabajo. Quizás no habría varias docenas de satélites pasándome por encima mientras garabateo estas notas, describiendo órbitas calculadas con increíble dificultad y aterradora exactitud para esquivar toda la basura espacial que los humanos dejamos en el espacio. Hace poco leí que apenas quedan ya órbitas libres para más satélites terrestres, y no se podrán lanzar más a no ser que se retiren algunos viejos o a alguien le dé por empezar a recoger la basura cósmica que flota en torno al planeta. Cosa poco probable, me temo.

Basura espacial
Basura espacial.


Ahora que lo pienso, probablemente es por eso que hace tanto tiempo que no se habla de marcianos y platillos voladores: De cada vez que se aproximan ven el percal, y nos mandan a la mierda. O nos dejan en ella, mejor dicho.

    De modo que yo sugeriría que la cosa se tomara en serio. Los chinos, con lo peligrosos que son, ya lo hacen. Hasta donde yo sé son los únicos que controlan la natalidad, y aunque a muchos les parezca un crimen, a mí me parece de lo más sensato que hicieron desde la Gran Muralla.

    Si al menos la raza humana fuera buena, agradable, inteligente, respetuosa y amable, la convivencia masiva no sería tan difícil e irritante. Pero, a diferencia del resto de los animales, el Hombre (y la mujer, matizo, para quienes no estén al corriente del uso del masculino genérico) son mezquinos. Y es precisamente aquello que nos hace despuntar, el raciocinio, lo que también nos envilece. Conductas que en los animales son naturales, instintivas, en el Hombre se convierten en malvadas por efecto de la razón. Por ejemplo, mientras un animal mata por hambre, el Hombre lo hace por dinero, placer, ambición, obligación, odio o cualquier otra causa que razone. La capacidad de razonar nos trae más comodidades, placeres y deleites… pero también nos convierte en viles y mezquinos, hasta tal punto que comportarse de un modo honorable es, con frecuencia, un verdadero ejercicio de voluntad muy difícil de cumplir.

    Desde mi punto de vista, el conocimiento nos aporta sabiduría, pero nos resta felicidad. Con frecuencia pienso que prefiero vivir en la ignorancia, feliz, sin segregar tanta bilis. Sin tener que ciscarme en todo hasta enronquecer de cada vez que leo la prensa o escucho la radio. O que salgo a la calle, que a menudo no se necesita más que eso.

    Pero todo esto es solamente mi opinión personal, como siempre, muy discutible. Y yo no soy más que un pobre diablo que se puso a estudiar en serio pasados los 30, poco cultivado y sin demasiadas luces.

    Así que leamos lo que ya opinaba Isaac Asimov -una autoridad que nadie discute- hace unos añitos:   

Si la población terrestre continúa duplicando su número cada treinta y cinco años (como lo está haciendo ahora) cuando llegue el año 2.600 se habrá multiplicado por 100.000 (..)  ¡La población alcanzará los 630.000.000.000! Nuestro planeta sólo nos ofrecerá espacio para mantenernos de pie, pues se dispondrá únicamente de 3 cm2 por persona en la superficie sólida, incluyendo Groenlandia y la Antártida. Es más, si la especie humana continúa multiplicándose al mismo ritmo, en el 3.550 la masa total de tejido humano será igual a la masa de la Tierra.

Si hay quienes ven un escape en la emigración a otros planetas, tendrán materia suficiente para alimentar esos pensamientos con el siguiente hecho: suponiendo que hubiera 1.000.000.000.000 de planetas habitables en el Universo y se pudiera transportar gente a cualquiera de ellos cuando se estimara conveniente, teniendo presente el actual ritmo de crecimiento cuantitativo, cada uno de esos planetas quedaría abarrotado literalmente y sólo ofrecería espacio para estar de pie allá por el año 5.000. ¡En el 7.000 la masa humana sería igual a la masa de todo el Universo conocido!

Evidentemente, la raza humana no puede crecer durante mucho tiempo al ritmo actual, prescindiendo de cuanto se haga respecto al suministro de alimentos, agua, minerales y energía. Y conste que no digo “no querrá”, “no se atreverá” o “no deberá”: digo lisa y llanamente “no puede”.

(Isaac Asimov, Introducción a la Ciencia, Basic Books, 1973)

    Inquietante, ¿no…?

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