Llegamos demasiado tarde a un mundo demasiado viejo

Fragata del siglo XVIII, de aquella era en la que los barcos eran de madera y los hombres de hierro. -Reproducción de un cuadro de Geoff Hunt-.

 

          «Querido  (……..), 

que no se te salten las lágrimas, esto no es lo que era. Yo ya llegué al gremio tarde, engañado por cuentos de viejos y por libros de aventuras; y ya casi nada queda de lo que nos narraron O’Brian, Salgari, Melville, London, Slocum, Conrad o Stevenson. Ya no quedan tierras por descubrir, ninguna isla que no aparezca en Google Maps, ampliable hasta poder contar los cocos de sus cocoteros. En este mundo globalizado apenas quedan ya diferencias de un país a otro, no hay nada raro o extravagante que comprar o intercambiar en tierras lejanas, que quede fenómeno sobre la chimenea como exótico testigo de andanzas marineras y recuerdo de nuestros viajes. Nada nuevo que las multinacionales no te traigan al área comercial de turno, nada desconocido.

         Y apenas quedan marinos; ahora hay gente que trabaja en barcos, transportistas marítimos. Gente que llama ventanas  a los portillos, cuerdas a los cabos, y gente que lloriquea y añora el hogar y las comodidades de tierra. Tanto es así que ni se conocen ya los términos habituales de nuestro hogar flotante, los nombres de los elementos que componen su arquitectura, de nuestros útiles, pertrechos y maniobras. Me paso las campañas intentando inculcar a mis hombres el vocabulario adecuado, con poco éxito y algunas caras de “buff, que pelmazo” como respuesta; y lo que consigo es haber llegado en una ocasión a descubrirme a mí mismo con horror mandando a varios de mis hombres limpiar un derrame de aceite de “el suelo”. 

          Las estupidísimas y enfermizas reglamentaciones de seguridad, tan en boga hoy en día, están acabando con el oficio: De unos años acá ya no me permiten hacer a bordo muchas cosas que fueron rutina habitual en los barcos durante siglos: Ni costuras, ni gazas, ni eslingas, ni montar una guindola, ni trabajar en el costado, ni tantas otras cosas para las que la IMO requiere un certificado o descabelladas precauciones de seguridad. Sin certificado, no puedes hacerlo; lo que sea tiene que venir hecho de fábrica. Olvídate de ayustar un cabo. Si Blas de Lezo, Elcano o el propio Manuel Lara levantaran la cabeza…

          Y no creo que sea cosa buena, tanto afán insano por la seguridad. Ya hace cuatro siglos Shakespeare (y Julián Marías, más recientemente) afirmaba que «La seguridad es el enemigo más principal de los mortales». Y a principios del siglo pasado el gran Conrad postulaba que «La mayor virtud de un buen marino es una saludable incertidumbre». Es esa incertidumbre -o falta de seguridad- la que lo mantiene a uno alerta y vivo. 

         Hace unas semanas estaba a bordo haciendo un pallete de doce vueltas con cabo de sisal del 16 (el abacá de toda la vida, más apropiado, hace ya tiempo que no se ve en los barcos ni en provisionista) para utilizar a modo de felpudo a la entrada del comedor (ya no hay cámaras ni camaretas a bordo; ahora se llaman ‘comedores’, como en tierra). Un pallete es como una esterilla, un trenzado de cabo grande y plano que, aunque tiene usos prácticos específicos a bordo -cada vez menos-, con frecuencia se le da una utilidad ornamental por su vistosidad. Me vio el primer oficial y observó con desdén que era “una pérdida de tiempo y material”, para luego añadir que lo que había era que “pedir un felpudo al provisionista, que limpia mejor”.  No, ya casi no quedan marinos ni conocedores del oficio, (….). Quedan, salvo contadas y honrosas excepciones, trabajadores de barcos con poquísima pericia marinera; y barcos con demasiada tecnología como para que cualquier marino u hombre sensato se sienta tranquilo y seguro en ellos.

           Tampoco hay ya largas estadías en puerto, eso pertenece a la Historia. La mejora en la logística y operaciones de descarga y carga propician que las maniobras sean cuestión de horas, ya sea un petrolero, un portacontenedores o un rolón. Y si el flete no está listo, nada de dar amarras al muelle, que las tasas de amarre son exorbitantes: Se ancla en el fondeadero de espera, y a contar las olas mientras las lucecitas del animado paseo marítimo, visibles a escasas 5 millas por la amura de estribor, invitan a la depresión y a la bebida a los pobres diablos confinados en el viejo carguero de hierro oxidado, poco marinero y nada romántico, tan lejano de la visión atávica que se suele tener de nuestro oficio. Los barcos ya no comulgan con la Mar como antaño; ya no se alían con los elementos, ni dependen de ellos, aprovechándolos, adaptándose a ellos. Un barco ya no se funde con la Mar y los vientos, quedando subordinado a sus arbitrios y utilizándolos para desplazarse por esos mares de Dios. Ahora los ingenios del hombre desafían a los elementos y las leyes naturales. Enormes barcos de acero propulsados por inmensas máquinas de combustión rompen la Mar de proa, avanzando contra viento y marea con menos esfuerzo del que yo haría al atravesar un campo de heno. Mira, para muestra un botón: te estoy escribiendo desde el Seacor Cheetah, hace una hora desembarqué de mi barco -valga la redundancia- y este otro, que es un fast supply, me lleva a tierra. Hoy empiezo mis vacaciones, y en de dos días fondearé en la vieja España.
Dentro de un rato recalaremos en Luanda, a pesar de las más de 90 millas náuticas que nos separaban de nuestro destino. Estamos surcando las tranquilas aguas tropicales a nada más y nada menos que 40 nudos, el piloto automático y los radares hacen innecesaria la presencia de los en otro tiempo habituales marineros  al gobernalle y serviola, casi hasta de un oficial de guardia en el puente. Impensable para Urdaneta o Legazpi, usual para nosotros, desdichados marinos del siglo XXI, siglo de decadencia y ocaso.  Da igual el viento que haya, en contra o a favor. Apenas influyen las olas, mientras no sean descomunales. Seguiremos una derrota loxodrómica directa que no variará como no sea para gobernar al eventual tráfico, caiga lo que caiga. Y casi sin ninguna duda entraremos en la rada de Luanda a la E.T.A. indicada en el G.P.S.  ¿No te parece triste? ¿No te parece antinatural?

         Querido (….), no lamentes no haber sido marino. A menos que desearas esta vida, no tienes motivos para la tristeza. Estoy seguro de que tu vida es ahora mucho más satisfactoria, completa  y  feliz de lo que lo habría sido de haberte hecho a la Mar. Probablemente no tendrías lo que tienes. Disfruta frente a la chimenea con un buen libro de Conrad, Delgado Bañón,  O’Brian o del que te guste, y duerme caliente con tu mujer tras arropar a tus hijos. No añores los barcos, porque ya no llevan ni sextantes. Además hay tiburones, piratas, temporales, inspecciones, y muchas cosas desagradables. Por no hablar de la comida. 

          Citando a otro clásico, James Boswell, en traducción libre: «Ningún hombre que tenga el ingenio suficiente para acabar en la cárcel se hará marinero; porque embarcarse es como estar en la cárcel, con el peligro añadido de acabar ahogado. Un hombre encarcelado dispone de más espacio, mejor comida y, comúnmente, mejor compañía.» (The Life of Samuel Johnson).

          Lo mejor a lo que puedes aspirar es a tener mucho dinero, armar un buen velero, sólido y marinero, tener muchísimo tiempo libre, y hacerte a la Mar como Dios manda. Como toda la vida, desde los tiempos del viejo Ulises, navegante primigenio. Para eso también hace falta una razonable dosis de valor, una cualidad que tampoco es ya frecuente entre los hombres. Antes la gente se hacía a la vela obligada por las levas de Su Majestad; ahora la vela es un pasatiempo de ricos y un “quieroynopuedo” para nosotros, los pobres. Incluso para vosotros, los relativamente acomodados. 

          En una ocasión leí esta acertada frase en una historieta de Astérix, en boca del centurión romano Aerobus: “Llegamos demasiado tarde a un mundo demasiado viejo”

 

Ésta es la respuesta a un emocionado correo-e de un entrañable hombre que, como él mismo dice, quiso y no pudo ser marino; un hombre admirable y sabio, con más de medio siglo de vida y experiencia, y con una encomiable carrera profesional, digna de elogio. Su correo-e, aunque breve, destilaba tristeza y cierta amarga resignación por haberse dado al secano.

Quizás, si hubiera conocido en qué se convirtió hoy el gremio, se vería libre de su pesar.

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