Esos locos inconscientes en sus aparatos voladores 

Un aeroplano sobrevuela alegremente una cordillera rocosa. (Fotografía de autor desconocido)

 

  «La aeronáutica no es ni una industria ni una ciencia. Es un milagro».  -Igor Sikorsky.

Sobrevolando la Península, rumbo a Lisboa. A 31 de marzo del 2009, martes.

    Sentado en esta especie de cigarro volador -como diría el Capitán Haddock- a miles de metros de altura, inquieto dadas las circunstancias, miro a mi alrededor, al resto de los pasajeros y tripulantes, y me asombra ver la absoluta tranquilidad que demuestran. Me resulta imposible de entender. Hay que ser un auténtico inconsciente para estar tan tranquilo en un aeroplano. En cualquier otro medio de transporte -con la posible excepción de un submarino- tienes una oportunidad, si algo sale mal, de contarlo. En un coche, en un tren, en un bus, en un barco… pero no en un avión. Si se cae, estás listo de papeles. No se salva ni el apuntador.

Miro por el portillo y veo allá abajo, entre las nubes, lejanas llanuras y picos de montañas. Nadie sobreviviría a una caída desde esta altura, medito. Durante un rato intento dirimir si no sería mejor volar sobre la Mar, que no es tan dura como esas montañas rocosas de ahí abajo. Mis pensamientos derivan entonces en el recuerdo hasta rememorar alguno de esos horribles vuelos intercontinentales en los que alguna vez me vi atrapado, como los que cruzan ‘el charco’; y desde luego no era

Rostros felices y despreocupados son habituales entre los inconscientes pasajeros.
Rostros felices y despreocupados son habituales entre los inconscientes pasajeros.

nada tranquilizadora aquella perspectiva tampoco. Encima, esos aviones tienen unas pantallitas -las pantallas del terror– en las que un estúpido sistema se encarga de mantenerte perfectamente informado de las condiciones en las que te encuentras: volando a 965km/h (como para darte un trastazo), con una temperatura exterior de 60ºC bajo cero (como para que se rompa una ventana) y a la nada despreciable altura de 9000 metros sobre el nivel de la Mar (como para caerse). Y encima si te caes a la Mar, después de los 9000 metros de caída libre aún tienes otros 4000 o 5000 hasta llegar al fondo del océano, con barracudas y marrajos y demás bichos abisales mordiéndote el trasero. No sé qué es peor, si estas montañas o la Mar salá.

Sin ir más lejos: el año pasado se espachurró un aeroplano de Spanair en el aeropuerto de Madrid. El vuelo 5022.  La palmaron casi todos, ciento y mucho personas. Creo que lo cuentan sólo diecinueve de los que iban a bordo. Y eso que el aparato ni siquiera había llegado a despegar del todo, si llega a estar en el aire, no lo cuentan ni el puñado de afortunados que volvieron a nacer ese aciago día. No, hay que ser un verdadero inconsciente para no estar, con perdón, acojonado aquí arriba. La perfección no existe. Los aeroplanos son máquinas imperfectas, construidas y mantenidas por los seres más imperfectos de la creación -los humanos-, pilotadas por la misma especie… y suspendidas en el aire a miles de metros -prefiero ni pensar cuántos- dependiendo de miles de cosas que pueden fallar para no espachurrarse. Un tornillo flojo, un fusible fundido, un cortocircuito… y todo al diablo.  Al menos antiguamente había paracaídas, tenías una oportunidad. Una aterradora oportunidad, pero la tenías.

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Imagen de lo que quedó del vuelo 5022 de Spanair, que se espachurró al intentar zarpar de Madrid hace dos años.

*     *     *

Luanda, Angola. A 1 de abril del 2009. Miércoles.

    Aunque el hechizo de África me impele a permanecer observando acodado en la ventana de mi habitación del hotel en el que me hospedo, en Luanda, me obligo a venir a sentarme a continuar el relato de este viaje. Lo retomaré donde ayer lo dejé, esto es, en el aeropuerto de Lisboa al final de la tarde.

Tras algunos azares propios de los aeropuertos conseguí subir al avión intercontinental que me llevaría hasta Angola, y me acomodé a bordo. Me irrita y enerva la gente en los aviones, no comprendo cómo demonios les puede llevar tanto tiempo acomodarse en sus asientos. Que si me quito la chaqueta, que si la doblo, que si la bolsa al compartimento de arriba, que si no-sé-qué, que si no-sé-qué-más… y la colísima esperando de pie en el pasillo, estrecho y bajo, a que la gente con exasperante parsimonia vaya acomodándose. ¡A mí me lleva tres segundos la maniobra, tres malditos segundos! No tardo más en meter mi bolsa o arriba o bajo el asiento y sentar el culo para que pase el siguiente. La gente es muy maleducada, desconsiderada y estúpida.

Tuve ventana, gracias a Dios, y me acomodé rápidamente en posición de dormir antes de que a nadie se le ocurriera empezar a contarme su vida o indagar sobre la mía. Y haciendo gala de mi capacidad para quedarme dormido al momento en cualquier situación, me perdí el despegue, aunque no por ello dejé de encomendarme a Dios y al Diablo antes de perder la consciencia. No obstante al rato, no sabría decir cuánto pero estando ya demasiado altos como para estar tranquilo, me despertó el aroma de la cena que se acercaba lentamente en un carrito servido por dos azafatas. Sin espabilarme demasiado, sin ni siquiera esforzarme por llegar a despegar del todo los párpados, me comí la frugal cena consistente en una mini-ensalada de vegetales y champiñones, resesa, y un plato de bacalao con puré de patatas y espinacas, que tampoco era precisamente suculento. Algo de pan, vaso de vino, dos cucharadas de arroz con leche -las que traía el potito- y me acomodé -en la medida de lo posible- para descansar. Y descansé. Todo el viaje, que fueron unas seis horas y media, creo. Aunque despertándome cada dos por tres cuando se me escurría la cabeza y ésta golpeaba el portillo, o cuando los músculos, agarrotados, protestaban de dolor. Una noche incómoda y cansada, la tercera consecutiva. Me despertó el estimulante aroma del café caliente que se acercaba en el carrito, y una vez más, sin esforzarme en despertar del todo, me incorporé para recibir mi escaso desayuno y engullirlo sin fruición pero con avidez.

Y con el último bocado, de nuevo a la conocida posición para aprovechar el último ratiño hasta que tocáramos tierra Africana. Lo aproveché, quedando al momento profundamente dormido. Tanto que no recobré la consciencia hasta el momento de tocar la pista de aterrizaje, con más bien poca delicadeza y un sobresalto sin parangón:

El enorme avión tocó pista con las ruedas traseras, pero rebotó bruscamente y cabeceó a proa alarmantemente, alzándose la popa tanto que pareció que íbamos a dar la voltereta completa -tuve la fugaz visión del aterrizaje de Hernández y Fernández en La isla negra-, y un alarmado murmullo entre el pasaje recorrió el avión, caras de angustia reflejadas en los adormilados rostros de los viajeros. Pero finalmente, gracias a Dios y al aviador de turno, la proa se alzó de nuevo, las ruedas traseras tocaron tierra por segunda y definitiva vez, y poco a poco el inmenso cigarro volador aminoró marcha hasta llegar a detenerse. Llegamos justo con el amanecer, nada más tocar tierra el firmamento comenzó a clarear, y cuando bajamos por la escala ya despuntaban los primeras luces del alba, aunque el cielo estaba cubierto por negrísimos nubarrones. El avión se dirigía a su punto de amarre (o como se diga en tierra), y yo por el portillo podía ver de vez en cuando unos inquietantes relámpagos violáceos recortarse contra el firmamento crepuscular y mantenerse una fracción de segundo, dando a la llegada un aire catastrófico o apocalíptico.

Tras la inevitable e irritante espera causada por la lentitud de la gente en coger sus cosas, levantarse, doblar el periódico, ponerse el abrigo, coger la bolsa, ver si se deja algo etc…(maniobra que yo culmino sin apresurarme en otros tres segundos) finalmente me acerqué a la escotilla del aeroplano. Al poner el pie fuera, en la plataforma de la escala, me vino una oleada de asfixiante calor. “Uy, debe de estar ahí al lado la turbina, o el motor o algo así” pensé, sin acordarme en ese momento que hay muchos sitios en el planeta en los que no es del todo infrecuente estar a 30ºC a las seis de la mañana y con una humedad del 80% o más. Un fornido negro armado con cara de muy pocos amigos, uniforme de campaña azul y boina escorada, observaba atentamente a los pasajeros que íbamos descendiendo por la escala. Varios negritos más uniformados estaban también en la pista, mezclándose con otros con aspecto de currantes normales. Tuve el valor y la entereza para hacer la primera foto en ese momento, entre al avión y el bus, pero lamentablemente no la enfoqué demasiado bien y el flash, que me sorprendió tanto a mí como a los demás, hizo que se giraran demasiadas cabezotas negras hacia mi zona como para animarme a intentar una segunda más atinada.

Epílogo.

Desembarqué tras dos meses en la Mar y fue, de nuevo, en Luanda. Tras diversas peripecias en el Aeropuerto Internacional Quatro de Fevereiro -nada que, en el peor de los casos, unos fajos de dólares no solucionase- acabé por montar en una especie de autobús que llevaba a los pasajeros desde la terminal al aeroplano, el primero de los tres que me llevarían de vuelta al hogar. Era un vuelo a otro aeropuerto de África -olvidé cuál- desde el que enlazaría con otro vuelo a Europa. En el extremo opuesto del autobús estaba el único otro hombre blanco entre la multitud de negros; y cuando me vio, se abrió camino como pudo hasta acercarse a mí.

-¿Marino también?- me preguntó tras saludar.

-Sí- fue mi seca respuesta.

-Ah, pero debes estar regresando a casa…?

-Sí.

-¡Vaya! ¿No deberías sentirte bastante contento, entonces?

Mi interlocutor -olvidé su nombre, si es que alguna vez lo supe- era un hombre escocés, flaco y de rostro enrojecido, ojos muy vivos azules. Le expliqué que sí estaba contento, pero que me… inquietaba lo de los aviones. Y me disculpé por no haberme mostrado algo más afable y cordial.

-No es nada personal, compañero, tiene que ver con la altura.

-¡Ah! ¿Te da miedo volar?- exclamó -¡A mí también!- Y entonces adoptó una expresión muy seria y, frunciendo el entrecejo, me expuso su teoría. Me dijo que llevaba navegando desde los dieciséis años, y desde entonces hasta sus cincuenta había cogido muchísimos aviones. Me explicó su convencimiento de que, cuántos más aviones cogía sin que pasara nada, más se incrementaba la posibilidad de que sucediera algo en el siguiente. -Pura matemática y probabilidad, compañero- sentenció alzando el dedo índice y las cejas.

Lo miré con gesto poco conciliador, creo, con esa expresión mezcla de enfado, incredulidad y sorpresa que Jason Statham clava antes de dar una respuesta sarcástica.

-¿Sabes? No me estás siendo de mucha ayuda si estás intentando alegrarme el viaje.

-¡Espera!- interrumpió mientras comenzó a buscar algo en su bolsa -¿Cuál es tu asiento?- preguntó mientras sacaba su billete y comprobaba qué butaca el había tocado a él. Miré mi billete, le respondí, y juro que pareció frustrado al ver que nos había tocado lejísimos.

-Oh, vaya. Pensé que podríamos sentarnos al lado y entrar en pánico juntos- fue su última ocurrencia antes de que yo lo mandara definitivamente al diablo.

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