El sino del marino

En tierra o en la Mar, no te librarás de baldear. Ése parece, en efecto, mi sino. Durante largos años como marinero baldeé, con frecuencia a diario, cubiertas de barcos de guerra, de barcos mercantes, de barcos de pesca… por la mañana temprano por costumbre, antes de rayar el alba. Antes de entrar en puerto por obligación. Después de las maniobras o trabajos por necesidad. Cuando no hay nada más que hacer, por evitar la ociosidad. 

Incluso como cabo de cubierta me vi baldeando. Incluso como maquinista en pesca, manejando el caballo. Incluso como contramaestre en mercante, me vi dando ejemplo a mis hombres. Incluso como armador -de mi balandra- a falta de marineros que realizaran tan encomiable tarea, me vi baldeando cubierta no menos de tres veces por semana.

E incluso ahora, en tierra, mi destino parece continuar indisolublemente ligado al balde y al brush. Aún lejos de barcos y cubiertas, cada mañana (con frecuencia a regañadientes) me encuentro a mi mismo enfundándome las botas de agua, empuñando el brush y blasfemando por lo bajo. Y la culpable de mis dedichas no es otra que esta pequeña y deliciosa bastarda:

La pequeña Audrey
La pequeña Audrey

La pequeña señorita Audrey, cachorro de labrador, nos acompaña a bordo desde el principio de este año. Está todavía en proceso de vacunación, un largo proceso que dura seis semanas y que, gracias a Dios, concluye por fin el próximo lunes. Durante este tiempo el animal no puede salir de casa, porque su sistema inmunológico está bajo mínimos y pueda agarrar cualquier cosa que la mande al otro barrio. De modo que la instruí para que hiciera sus necesidades (por el momento) en el sitio menos engorroso, esto es, la terraza que tengo en la azotea. Mejor ahí que en la cocina o el salón, ¿no?

Pero les juro que nunca en mi vida había visto un can que cagara tanto, con perdón de la expresión. En realidad creo que tampoco había visto nunca uno que comiera tanto. Y claro, lo uno lleva a lo otro. Nadie diría que le puede caber tal volumen de comida dentro, a la vista de su tamaño. Aunque pensándolo bien, tampoco es que la retenga dentro. Pero lo cierto es que cada mañana la cubierta de arriba parece un maldito campo de minas, pocas veces encuentro menos de cinco apestosos zurullos diseminados por doquier, a veces incluso bajo mi pie cuando aún en la obscuridad que precede al alba, somnoliento, salgo a dar el desayuno a la señorita Audrey; es fácil saber que detoné una mina por el sonoro juramento que rompe la serenidad del barrio.

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