Las horas Mangbetú

 

(Extracto de mis Memorias)

[…]  «El día era gris y orballaba, aunque no hacía frío. Arrumbé al centro, a la Ciutat Vella. Por primera vez en casi un año llevaba puesto mi lobo de mar azul. Es de cuantas tengo, que no son muchas, mi prenda favorita. Un grueso chaquetón de mar, abrigoso, y cumple muy bien bajo la lluvia. Lo tengo desde el lejano 1996, capeó aguas, vientos, salitre, nieves e hielos en multitud de latitudes, y a pesar de ello conserva casi el mismo aspecto del primer día. Sólo tuve que reforzar algunos de sus botones, gruesos botones azules con un ancla de almirantazgo ribeteado por un cabo, alienados en dos filas. Es un abrigo recio y a la vez elegante, aunque indica a millas a la redonda que la persona que lo lleva es un marino.

Caminé hasta la Plaza de Zaragoza, sorteando charcos y apresurados transeúntes, y desde allí crucé  el antiguo cauce del Turia hacia la ciudad vieja por el Puente al Mar. Me proponía visitar varios libreros de lance que había localizado en el casco antiguo, en la calle de la Nave. Crucé a paso rápido el parque de Parterre y la Plaza de Alfonso el Magnánimo, pasando bajo su espléndida estatua ecuestre, y emboqué por el pequeño callejón. La parte definida de mi visita a los libreros era preguntar por ese esquivo libro que desde hace años persigo, Las horas mangbetú. Memorias de un marino mercante. También quería comprar un regalo para mi tío, y pensé que alguna antigüedad relacionada con su oficio y pasión sería un acierto.

Entré en el primero de los tres establecimientos, y me recibió un hombre mayor de aspecto hosco y semblante malhumorado, casi casi agresivo. Di los buenos días, sonriente, y le pregunté por el libro.

-No lo hay- fue su inmediata, seca y escueta respuesta. Le di las gracias, me despedí y salí de la pequeña librería, preguntándome cómo un tipo tan huraño y antipático podía mantener un negocio en el que tiene que tratar con clientes.

A tan sólo unas decenas de metros estaba el segundo establecimiento, y a él arrumbé; pero al plantarme frente a él constaté con desilusión que, aunque la puerta interior estaba entreabierta y había luz, la reja exterior estaba bajada y no se veía ni oía un alma. «Quizás mas tarde» me dije, encogiéndome de hombros con resignación y cruzando el callejón. Justo enfrente estaba el tercer y último establecimiento, y allí me encaminé. Abrí despacio la pesada puerta y, bajando unos escaloncitos, penetré en el interior. Un serio librero me miró fugazmente al entrar, para al momento volver a sus silenciosos menesteres tras el mostrador sin apenas moverse. Miles de volúmenes llenaban estanterías que subían del suelo al techo, y montones de libros se apilaban en el suelo, o sobre sillas, o en el alféizar de una lóbrega ventana que apenas se podía adivinar tras tanto ejemplar. Libros antiguos, más viejos aún, e incluso algunos relativamente modernos se apilaban y amontonaban por doquier. Me encantó el lugar. Aparte del silencioso librero sólo había una persona más allí, un hombre de unos cincuenta años, con espesa y cuidada perilla blanca como la nieve y profundos ojos azul grisáceo. Mejillas sonrosadas, gesto circunspecto; bajo su anacrónico sombrero asomaban mechones de blanquísimo y cuidado cabello, y el conjunto de su estampa era llamativo, entre  lo elegante, bohemio y estrafalario. Debo reconocer que me picó la curiosidad de saber qué clase de libros o lectura buscaría aquel hombre. Avancé hacia el mostrador que había en el fondo, lenta y silenciosamente, no queriendo turbar la quietud reinante, y sintiéndome como si fuera Bastian Baltasar Bux aquella mañana que entró por primera vez en la librería del señor Karl Konrad Koreander, en la maravillosa Historia interminable de Michael Ende. Sonreí al librero y di las buenas tardes -el reloj de alguna plaza cercana daba las doce campanadas de mediodía cuando entré en el establecimiento-, y pregunté si por casualidad tendría el libro que buscaba. El librero debía pasar de los cuarenta, era alto y delgado, pelo castaño, recio y escaso, y su ojo de estribor parecía ser de esos artificiales, de cristal, constantemente fijo en un distante punto y exageradamente abierto. El otro, afortunadamente, se movía y entornaba con normalidad. Si no, en aquel ambiente, habría creído estar frente a una aparición, como poco. El librero, muy serio y correcto aunque parco en palabras, se acercó a una gran estantería y observó los volúmenes durante un momento… regresó al mostrador agitando negativamente la cabeza

-No lo tenemos- y comenzó a realizar una búsqueda en una pantalla de ordenador que parecía totalmente fuera de lugar en un sitio como aquel. Su extraño ojo quedo brillaba de un modo inquietante con el reflejo de la pantalla.

-Nada, lo lamento- concluyó alzando la cabeza para dirigirse a mí. Había oído la misma frustrante conclusión cientos de veces en los últimos años, demasiadas como para sentirme desilusionado o decepcionado. Y es que la búsqueda de Las horas mangbetú creo que había dejado de ser la búsqueda de un libro recomendado y apetecible -hay muchos de ésos- para convertirse en un asunto personal, en un reto, un desafío. Un “por mis narices que lo encuentro” . Y es que soy un tipo obstinado. Cabezota o testarudo, dicen algunos; yo más bien diría tenaz, perseverante. Pero, sobre todo, alguien a quien no le gusta perder, y que no se da por vencido.

Me encogí de hombros, sonriendo, y le dije:

-Bueno, muchas gracias de todos modos. Quizás encuentre alguna otra cosa, ¿tiene inconveniente en que eche un vistazo a sus libros de índole marítimo?

Por toda respuesta se inclinó levemente, como en una ligera reverencia, bajando la cabeza y extendiendo sus brazos, trazando un arco, con las palmas abiertas, hacia la zona en la que él mismo había buscado antes el libro.

-Gracias- me dirigí a la inmensa estantería y comencé a recorrer con la vista los lomos de innumerables volúmenes. Y, de repente, sin poder dar crédito a lo que veía, leí impresas sobre un lomo de fondo naranja unas letras blancas que rezaban: Las horas mangbetú.

-¡¡Mil millones de….!!- Exclamé, rasgando la serenidad del lugar, y estirando el brazo para asir el ejemplar. Al momento aparecieron la cara y los hombros del librero asomando tras una estantería, con ambos ojos -el vivo y el muerto- desmesuradamente abiertos y las cejas enarcadas, expresión de asombro reflejada en el rostro.

-¡Que me lleven los…. ¡aquí está!- hacía mucho que yo no esbozaba una sonrisa tan, literalmente, de oreja a oreja. La vida es a veces tan previsiblemente inesperada que le dan a uno ganas de reír. Sí, allí estaba, esperándome desde quién sabe cuándo, en un apartado estante de un rincón de un librero de viejo del casco antiguo de Valencia que ni siquiera era consciente de poseerlo.

-Vaya, acabo de mirar y no lo vi; créame que lo siento, como verá no está con los demás libros de barcos y viajes, si no un estante más arriba…- se excusaba. Podría haber seguido mi camino sin pararme a ojear libros, y allí habría quedado. Nunca lo habría sabido. Pero por algún motivo, de entre los miles de libros que atestaban el establecimiento, fue aquél el que captó mi atención. De nuevo me sentí como Bastian. Pero a diferencia de él, no salí corriendo con el volumen, sino que pagué religiosamente su elevado importe -costaba más que cuando se vendía nuevo, comprobé-.

Aún curioseé un rato más, vagando por corredores entre incontables libros, y también me hice con una colección de partituras de Chopin en bastante buen estado a pesar de su antigüedad. Finalmente me acerqué al mostrador para pagar el importe de mis adquisiciones y, dejándole una tarjeta, pedí al librero que tuviera la bondad de avisarme si conseguía localizar otros dos ejemplares, uno para el compañero que en su día me habló del libro y a quien no devolvieron el suyo cuando lo prestó; y otro para el propio autor, un amable capitán de la Marina Mercante con el que contacté hace cosa de un mes en mi incansable búsqueda, y que por lo que parece también se quedó sin copia de la primera (y hasta ahora única) edición de su propia obra. No deja de sorprenderme que el libro se encuentra en perfecto estado, mejor que muchos de los que venden nuevos por ahí. Me atrevería a decir que nunca llegó a ser leído, de lo bien que está.

Salí feliz y sonriente, con mis adquisiciones envueltas bajo el brazo, al estrecho callejón. El orballo arreciaba, y como mi estómago comenzaba de nuevo a protestar con profundos gruñidos, decidí arrumbar a alguna taberna de casco antiguo para saciar mi hambre y sed. ¡Qué razón tenía el gran Homero cuando, por boca de Eumeo o Ulises, afirmaba que el hombre es esclavo de su estómago! Y es que podríamos vivir sin ninguna otra cosa, pero el hambre, el aire y el sueño son las únicas necesidades de las que el hombre no puede huir.

Tras callejear un rato desemboqué de nuevo en  el parque Parterre, y recalé en un café cuyo nombre no recuerdo, y no es que no quiera acordarme. Era de estilo clásico, espacioso, y estaba bastante lleno; muchos transeúntes se refugiaban allí de la pertinaz llovizna tomando un café o una caña. Fui atendido por un solícito y agradable camarero vestido de pingüino, a la antigua usanza. Y ahora que me paro a pensarlo, ¡qué difícil es a día de hoy topar con camareros de buen hacer! Parece que lo que se lleva, o está de moda, es la parquedad de palabras, la seriedad, la aspereza, incluso la dureza y rudeza, la falta de modales, la ordinariez y la vulgaridad, sobre todo entre los jóvenes… ¡Con lo poco que cuesta una sonrisa y lo mucho que vale! «Toma tu copa y paga, que no me pagan por charlar o sonreír» parece la consigna. Pero es este un mal que se extiende por todas las capas y sectores de nuestra sociedad, no se limita al gremio de hostelería. Quizás sea la rapidez con la que se vive, el llamado estrés, la maldita televisión, o los descabellados y estúpidos planes educativos. O será una mezcla de todo, aderezada con un algo más. Pero lo cierto es que lo que se lleva es la ordinariez, confundida con “ir de duro”. Ser, en fin, un maleducado. Tanto, que me da vergüenza ajena a veces.

Pero volviendo al café… me instalé en la barra, cerca de la puerta. Posé el envoltorio de los libros sobre la barra y desabroché mi lobo de mar. Saludé, sonriente, al camarero y pedí un bocadillo de tortilla de patata con tomate natural, y un vaso de vino tinto para acompañar. Me sentía feliz, exultante; y creo que eso es algo que se nota, se exterioriza, se quiera o no. Comí y bebí sin voracidad pero con apetito, saciando a mi protestón estómago, y cruzando algunas palabras con el camarero de buen hacer, amable y a la vez discreto, y siempre pendiente de la clientela. En algún momento de nuestra intermitente conversación observé que un anciano tambaleante intentaba abrir la puerta del local para entrar; era un hombre muy mayor, vestido elegantemente, de aspecto frágil y achacoso, que se recostaba sobre una muleta. En dos rápidas zancadas me planté en la entrada y le abrí la puerta al anciano, dándole las buenas tardes. El hombre sonrió y me dio las gracias, acompañadas de unas palmaditas en el brazo. Volví a mi lugar de la barra.

Unos metros mas allá, sentadas en sendas banquetas, había dos chicas de unos treinta y pico, calculo, tomando sus cafés y charlando animadamente. Se trataba de dos chicas arregladas, muy elegantes; con estilo. Punto justo de maquillaje, peinado discreto, vestimenta elegante. Y un cierto saber estar que las distinguía del resto de la gente, probablemente por eso llamaron mi atención que, de no ser por ellas, se habría enfocado exclusivamente en el bocadillo y el vino. Ya antes habíamos cruzado varias miradas, como por accidente, que ellas desviaban rápidamente entre sonrisas. La segunda vez, pude ver en el reflejo del espejo que había tras la barra, entre una botella de Cardhu y otra de crema catalana, que la chica que estaba sentada de frente a mí hacía un gesto con el mentón señalándome a su compañera, que se giró; y yo también. Ellas, por supuesto, se volvieron rápidamente, sonriendo y reanudando su conversación.

Cuando pedí al camarero la nota, la que estaba de espaldas se giró un poco, y la que tenía de frente alzó muy levemente la voz, sólo lo justo para que yo, a escaso metro y medio, la oyera:

-Desde luego ya casi no quedan caballeros como tú, es un gusto ver que no se extinguió la especie- me dijo. -Es raro ver a hombres educados- añadió su amiga, sonriendo.

-Gracias- acerté a contestar, ruborizándome. -Muchas gracias- esta vez dirigiéndome al camarero, que había colocado el platito con la cuenta frente a mí y se retiraba con discreción.

-También es agradable que todavía haya personas como ustedes que lo aprecien- aventuré -también eso es raro.

-¿Gallego…?- preguntó.

-Vaya, también eso se nota…- respondí, sonriendo. En ese momento estaba a punto de presentarme a ellas cuando la otra preguntó:

-¿Y qué haces por Valencia, tan lejos de tu “terriña”?- me pareció que sus profundos ojos castaños  interrogaban más allá de su exteriorizada pregunta.

Expliqué que era marino -su gesto expresó sorpresa o interés-, y que lamentablemente había conocido en estas tierras a una chica, que era ahora mi novia.

-¿Qué otra cosa, aparte de un barco, iba a llevar a un gallego más allá de Los Ancares?- concluí, sonriendo y encogiéndome de hombros. Iba entonces, por segunda vez, a hacer mi oportuna presentación; pero me contuve notando que algo había cambiado. Ya no sonreían como antes. Ya se habían medio vuelto a girar. Ya sólo respondieron con un “ah” y un “ya”, desviando la mirada. Deposité el importe en el platito, añadiendo una adecuada propina para el camarero.

-Bueno, fue un placer. Que tengan un muy buen día- me despedí. Dije adiós al camarero, abroché los botones del lobo de mar, alcé el cuello y, con el envoltorio de libros bajo el brazo, salí a la calle dándole vueltas al asunto.

Hay que ver, pensaba, hasta qué punto hemos llegado. Que un gesto tan natural como es abrirle la puerta a un anciano llame la atención de la gente. Cuando lo que debería de ser llamativo es precisamente lo contrario, que nadie se mueva al ver a un abuelete con muletas intentando abrir una pesada puerta. A qué niveles de poca educación y falta de civismo y respeto -hacia el prójimo y hacia nosotros mismos- debemos estar llegando para que algo tan sencillo y elemental y poco meritorio llame la atención.

Caminé con paso vivo bajo el incesante orballo, mi alegría por el hallazgo de Las horas mangbetú se había visto empañado por el malestar y la incomodidad en que habían derivado mis pensamientos, por la tristeza del mal rumbo que parecemos estar tomando de modo entusiasta, olvidando las buenas maneras, la educación y el civismo.

Cuando procuré desechar esos pensamientos y empecé a prestar atención a los que veía a mi alrededor mi humos no mejoró. Me llamó la atención la gran cantidad de negocios cerrados: varias agencias inmobiliarias, un concesionario de coches de lujo, y varios locales y escaparates de indefinible pasado. Sí, la crisis está ahí, y está causando estragos.»

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